lunes, 31 de agosto de 2015

Día 470: Acto final

      Sin nada más que un cigarrillo en la boca Richards se internó en la sala del hospital. Oteó a la izquierda. Dos personas en la sala de espera. Una mujer y lo que supuso sería su hijo. O su sobrino. Muy pequeño para ser su amante. Richards aspiró y exhaló una nube de humo. Eran las cuatro de la mañana.
      El hombre estaba confundido. Había recibido veinte disparos, para ser exactos. Dos de ellos habían llegado a zonas comprometidas para su cuerpo. Siete con chances de convertirse en heridas mortales, y el resto, el resto arruinaba su bello cuerpo, un boicot estético. Se metió en la balacera equivocada, en el sitio equivocado. El bebito ese, ese que le dicen bebito, ese tarado maloliente los vendió a la policía.
      Más allá de una infancia tranquila, al menos hasta los dos años, Richards no había conocido otra cosa por fuera del mundo de la delincuencia. Ya robaba desde pequeño. A los ocho años ya sabía manejar armas de fuego. Con once años, Richards manejaba un pequeño grupo de asalto. A los quince, la familia ya lo consideraba un hombre hecho y derecho.
      Richards era visto ante sus pares como un cosmopolita. Un tipo con mundo. Era capaz de las hazañas más bajas como de los robos más sofisticados, aquellos que precisaban el guante blanco. Y por cierto, su suerte parecía no acabar. Todo asalto llegaba a buen término, sin heridos y con todo el botín a cuestas.
      La suerte lo acompañó hasta ese día en que bebito los mandó a una muerte segura. Así y todo, su fortuna lo dejó a escasas cuadras del hospital. Llegó malherido a la guardia y pensó: "acá hay un hombre muerto, ¿quién quiere tener un pedazo de hombre muerto?".
      El nombre es el pasado. Ese monstruo que no muere bajo una lluvia de balas. No puede apagar esa voz que dice lo mucho que faltó en su vida. ¿Quién quiere tener un pedazo de hombre muerto? ¿quién? Y lo que falta, esa falta. La única. Simple. Acercarse al orificio de una mujer. Y penetrarlo hasta el fin. Esa falta.
      Y ahí lo tenía. Una enfermera sonreía, cómplice. Sonreía al hombre muriente. Acabaría su vida en el room de enfermería, sin llegar a terapia intensiva. Sonreía. Y así se dejó acabar, en todo sentido.

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