sábado, 5 de septiembre de 2015

Día 475: Realidades del nuevo mundo

      Seguimos las normas de un diseño poco inteligente. La mente alerta, el corazón dispuesto. Ustedes nos alienaron. Porque seguro les pareció. Ahora déjenme contarles una historia. No es un cuento de los agradables, pero puedo asegurarles que tiene un final si no feliz, al menos adecuado al martirio de aquellos que nos precedieron.
      Debemos remontarnos al tiempo de nuestros tataratataratataraabuelos. Un grupo de prisioneros escapó de la cárcel. No hubieron planes elaborado para la fuga. En realidad no existían guardias que cuidaran el edificio. Solo tenían que salir por la puerta. Sin necesidad de pedir permiso a los cadáveres destrozados por la lluvia ácida. Nuestros abuelos desconocían fenómenos semejantes. La mayoría de los hombres ahí cumplían condenas de larga duración. Perdieron contacto con el mundo y sus realidades. Y el mundo había cambiado. Bastante. Un nuevo mundo, si se puede decir. 
      Nuestros abuelos caminaron kilómetros de extensión sobre suelo contaminado. Se cruzaron con una de las tantas alcantarillas que resguardaba los restos de humanidad que vivían bajo las cloacas y fueron rechazados como perros con sarna. Fue un duro revés para nuestros antepasados. Aún así, el tiempo supo recompensar. 
      El grupo de prisioneros se autodenominaba la cohorte de los reos. Eran hombres curtidos en mil batallas y otros tantos crímenes. Por cierto, estaban armados hasta los dientes. Por cierto, el mundo de allá arriba, así contaminado y todo, les pertenecía por completo. Pero ninguno lo sabía aún. Todavía tenían que vivir unos cuantos meses como para terminar de digerir las realidades que ocurrían allá arriba. 
      Abajo, mientras tanto, los bienes comenzaron a escasear. La cultura, convertida en un fenómeno desechable, se ausentó en la vida de los nuevos ciudadanos de la Infratierra hasta desaparecer. No hace falta agregarlo. 9 de cada 10 personas acusaba un severo grado de idiotez. Así fue como la falta de sol y comida terminó por condenar a los últimos restos de lo que se dio por llamar humanidad.
      La cohorte, en cambio, pertenecía a otra clase de animales. Si, es verdad, corría por su ADN la vertiente homo sapiens. Es claro. Pero algo más se gestó en la fábrica química de aquellos hombres barbados y repletos de tatuajes. Un par de genes inéditos se preparaba para salir a la luz. Genes que a la larga se volverían la salvación de los nuevos hombres. El germen de lo que pronto serían llamados los Pacíficos. O sea, nuestros padres y abuelos, y por cierto nuestras esposas, hijos y demases parientes. 
      Los Pacíficos, a diferencia de sus primos hermanos, contaban con estos genes de ventaja. Una modificación aerodinámica. Acorde a los tiempos que se vivían. Cualquiera podría pensar que fue el resultado de una relación sexual entre un hombre y un reptil. Pero no. El capricho de la naturaleza operaba en todo su esplendor.
      Otros caprichos, más del destino o la casualidad, le dejaron una salida al océano y una barca suficiente como para llevar a los sobrevivientes a un nuevo puerto. Pasaron años recolectando comida. La poca comida que quedaba. Cada isla estaba tan vacía de vida como en el continente. Hasta que dieron con nuestra pequeña nación. Completa. Inmaculada. Con las lluvias ácidas que se avecinaban desde el continente, pero con la cantidad de mujeres suficientes como para repoblar la Tierra con este nuevo ADN que aún no se dejaba descubrir. 
      Nuestro nuevo pequeño mundo. Acá, con nuestras pieles callosas, duras como la de un lagarto. Pero resistente a todos los fenómenos que envenenan la superficie. La naturaleza sobrevivió. Encontró sus maneras. Nosotros volvimos a descubrir la cultura de nuestros primos humanos. Y nos prometimos, de algún modo, no volver a cagarla.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...