lunes, 7 de septiembre de 2015

Día 477: El Dios meón

      Ese día llovió como para dos semanas, aún lo recuerdo. Es el monzón, aseguraba mi padre. Y no, en realidad, a pesar de que éramos una de las pocas familias ateas que existían en la India, la lluvia no era más que lágrimas de un dios desconocido.
      Algo bajó del cielo. Es algo. Lo podían jurar algunas fuentes. Y esa cosa que bajó se dispuso a regar los sembradíos, las calles y las personas que transitaban por los diferentes pueblos del sudeste de la India. Pero no eran lágrimas. Pis de Dios. El Dios meón, le empezaron a decir.
      O el Dios con problemas de micción. O el Dios con problemas de retención urinaria. Y cosas así, dependiendo de qué zona de la India vivieras. En el cielo se asomaba una nube-sombra similar a un pene de kilómetros de ancho, y a los pocos minutos caía una lluvia que de acuerdo a algunos tenía gusto a azúcar o a remolacha.
      Nosotros salíamos a tomar ese regalo del cielo, porque el agua dulce faltaba. Así que con mi padre desechamos un poco nuestra herencia atea y empezamos a venerar a este Dios meón. Le dedicamos extensos mantras. Porque ante sus necesidades satisface las nuestras. El Dios meón completa el círculo. Y sí, debo confesarlo, ese día botamos nuestro ateísmo por la ventana. Obtuvimos pruebas suficientes para comprobar su existencia. Con método científico y todo.
      Lo que nadie pudo prever es las consecuencias de esta agua divina que caía del cielo. A diferencia de la lluvia común y corriente, el pis de Dios tenía propiedades un tanto peculiares. A un calvo de por vida le creció pelo tanto como si fuese un Tío cosa. Una mujer estéril dio a luz una tarde, sin necesidad de esperar nueve meses. Un hombre en silla de ruedas volvió a caminar. Los mudos empezaron a hablar como si toda la vida fuesen expertos oradores. Y qué diablos, nosotros, ateos irremediables, nos convertimos en los más fieles servidores de este Dios con poco control de esfínteres. Un cúmulo inconmensurable de milagros y eventos inesperados.
      Esas son las cosas que a uno le dan motivos para creer. Después hay otros motivos más increíbles para dar la razón. ¿Por qué aumenta la nafta? ¿Quién es John Doe? ¿Dónde está Wally? Misterios a la orden, sin necesidad de apelar a Scooby Doo. Igual debo decirles que la cosa acabó pronto. El reinado del Dios meón llegó a su fin el día que su hermano pisó las nubes. Ese hermano que, contrario a los designios meones de su familiar, tiene unos problemas divinos en la uretra. Retención de líquidos. Sequía en sus riñones ultraterrenales. Así dejaron de caer lluvias por un transcurso de cinco años. Fue en ese tiempo cuando dejamos de creer en el Dios meón y nos volvimos de nuevo al ateísmo. 

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...