miércoles, 9 de septiembre de 2015

Día 479: De la burocracia y otras yerbas

      El plazo se vencería en cinco días. Para ese entonces, la muerte vendría a llevárselo, sin ningún tipo de contemplaciones o prórrogas. Es que tenía asuntos pendientes sin resolver. Primero, debería pagar sus impuestos, como todo buen ciudadano. Luego retiraría todos sus ahorros y los prendería fuego en el medio de la calle. Luego se suicidaría. La muerte tendría un trabajo fácil. 
      Las cosas no resultaron salir de acuerdo a sus planes. Primero, el banco se encontraba de paro. Así que no pago de impuestos y no retiro y quema de ahorros en la calle. Eso tendría que esperar. Lo mismo el suicidio. Al tercer día el problema en el banco se solucionó. 
      Allá se encontraría con una situación inaudita. Una larga, larga, larga, larga, larga fila. La cola tenía miles de kilómetros. La última persona de la fila ya estaba en otro pueblo. El sistema está caído, le dijeron. Otros agregaron que va y viene. Así que atienden de a poco.
      Nadie se fue a su casa. Nadie quería ceder ese lugar que tanto le había costado obtener. Porque a pesar de todo, eran buenos ciudadanos y las cuentas hay que pagarlas. Las noches frías de invierno cayeron, el banco, por supuesto, cerró a las tres de la tarde. La gran muchedumbre de personas, en total un 47,58 % de la ciudad, acampó en las inmediaciones del lugar.
      Y el quinto día llegó. El del plazo. La muerte tenía anotado el nombre de la persona prorrogada en su agenda. Pero no contaba con este imprevisto. Muchas muertes inesperadas por el frío.La muerte paseaba por la fila y se llevó a todos aquellos carne de gusanos. 
      Cuando la guadaña caía sobre la cabeza del prorrogado una alarma sonó. El reloj de arena detuvo su cuenta. La muerte suspiró. No podría llevarse su alma hasta que renovara su licencia de conductor de las almas al otro mundo. Para ello, debería hacer esa larga cola, y abonar, como todos, las tasas necesarias para retomar la actividad.
      Claro que la caja del más allá está, a pesar de compartir el mismo plano físico de la Tierra, en otra dimensión. Pero, curioso detalle, comparte el mismo sistema de su par en el mundo de los vivos. Así que la fila de muertos era igual de larga, larga, larga, larga, larga que la larga, larga, larga, larga, larga fila del mundo de los vivos. 
      A diferencia del mundo de los vivos, en el más allá los tiempos se manejan de modos distintos. Un día podía equivaler a siglos vivos. La cosa, por tanto, iba para rato. La muerte volvió a suspirar. Pensó, lo perdiste, amigo. Es posible que mueras en esta cola, no serías la primer muerte que muere en cumplimiento del deber.

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