viernes, 11 de septiembre de 2015

Día 481: Sonambulismo

      Algunas preguntas más vale no responderlas. Es mejor que queden en la intriga de aquellas mentes curiosas, ávidas de información. Lo que en un principio fue un rumor, en meses se convirtió en una frondosa movilización hacia el parlamento. El pueblo exigía saber quién se había cogido a la pobre cerda. Un zoofílico, seguro. Un pervertido, gritó otro desde atrás. Córtenle la cabeza, gritaba el herrero. Fuego, fuego, animaban un par de niños de unos cinco años desde el fondo de la horda.
      Por supuesto, nadie descubrió a la persona que metió a su lecho nupcial a la cerda. Un precioso ejemplar de 57 kilos. Ese año había parido una prole de seis cerditos. Ahora la pobre caminaba con miedo. Ese pervertido, lo vamos a agarrar, y le vamos a introducir un fierro caliente por el ano.
      Después de un tiempo, cuando los ánimos del pueblo se calmaron, un nuevo incidente sacudió la calma de los habitantes. Por la noche se escuchaban extraño maullidos. Ahora le tocaba el turno a los gatos. Acá no hubieron mayores manifestaciones. La chancha era sagrada, pero los gatos no tanto. En realidad, dado que algunos gatos en celo habían muerto por hemorragia anal, eso brindaba a los pobladores una gran fuente de alimento.
      Aún el paradero del loco zoofílico se desconocía. Muchos pensaban que era el alcalde. El hombre solía tener intereses peculiares. Trataron de hacerle confesar sus crímenes, pero lo único que lograron fue sacar a la luz sus gustos por las niñas menores de 8 años. Era un gran placer para él llevarlas a la cama y desvirgarlas. Eso dejó tranquilo a los pobladores. Este hombre es inocente.
      Y el pueblo siguió indagando, sin encontrar culpable, a medida que los animales eran violados de manera sistemática. Por casualidad lo descubrieron una noche, con las manos en la masa.
      Resultó ser un hombre joven. Común. De unos trece años. También era inocente. Bueno, al menos en parte, ya que nunca estuvo enterado de sus fechorías. Nadie en el pueblo conocía esa enfermedad, la que lo llevaba a hacer cosas dormido. El sonámbulo tuvo la gracia del pueblo y por eso su muerte fue tranquila.

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