sábado, 12 de septiembre de 2015

Día 482: Psicopompo

      El taxi giraba en círculos. Cada tanto subía a la vereda. Estuvo a punto de pisar un peatón. De milagro el hombre se percató que estaba por ser atropellado. Se tiró a un costado. El vehículo le pasó como a unos cuarenta centímetros de distancia. Cerca.
      A unos 70 kilómetros por hora transitaba por las pequeñas calles de la ciudad. Los peatones en vano trataban de detener el taxi con sus señas. Nada podía detener a un vehículo fuera de control. Dentro. Al volante. Un hombre en sus cuarenta se erigía en un grito persistente, agudo e irritante. Cerca.
      Así manejaba, como un émulo de GTA, ese videojuego que le suele gustar a los niños viciosos. Solo un divertimento. Ocio. Nada de trabajar En realidad tampoco lo necesitaba. Esta persona había heredado una cuantiosa fortuna de su difunto abuelo. El viejo hijo de puta lo único que supo hacer en la vida es dinero y morirse. Las dos cosas las hizo bien por igual.
      Luego de gastar una fortuna en kilómetros de papel higiénico compró el taxi. Es un divertimento, se dijo. Haría como que trabaja, una actividad que hasta ese entonces desconocía. La sensación era agradable, para qué negarlo. No tanto como comprar papel higiénico en forma compulsiva, pero se le parecía. 
      Con el tiempo entendió su tarea. Si. Era manejar, y manejar. Sin detenerse. Cargaría un poco de nafta, y luego repetir el proceso. El auto estaba cargado de alimentos. Viviría semanas arriba del taxi. Hasta hacer desaparecer la raya del culo. Cerca. 
      Hasta el día cinco la cosa fue bien. Comer y mear dentro de un auto no es mayor inconveniente. Lo perjudicó la falta de sueño. Y la policía. Cada tanto el taxi atropellaba a una persona. Las persecuciones no se hicieron esperar. 
      La ciudad se agitaba en las venas de los motores que rugían a sus alrededores. El millonario pisaba el acelerador del taxi para escapar de los embates de la ley. Su corazón estaba a punto de estallar. Prefirió antes que lo haga el auto. Con firmeza tomó el volante y se dirigió a una casa comercial del centro. Atravesó la galería. Los maniquíes volaban como si estuvieran en el recital más violento de toda la historia. El pasillo se convirtió en un espacio improvisado de picadas. 
      El taxi aceleró hasta los 130 kilómetros por hora. 140. 145. Y así hasta los 165. Una escalera mecánica detuvo su paso. Detrás, las patrullas de policía auspiciaban de sombra. Luego siguió una gran humareda. Ruido de frenos. Un gran choque y la explosión final. El mensajero había entregado su paquete. 

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