martes, 15 de septiembre de 2015

Día 485: Anómalo

      Ya podrás decirle que la amo, aunque te pido que guardes el secreto por otro milenio más. Así somos los inmortales, rencorosos y poco preocupados por la cuestión del tiempo. ¿Que si traté de matarme? si, claro, muchas veces. No siempre se tienen las mismas ganas de vivir por toda la eternidad.
      Aunque sí debo reconocer que nunca flaqueé en mis intenciones de amarla. En realidad siempre fue un poco el motor de mi existencia. Ella y sus cabellos de ángel. No los fideos, por supuesto. Por desgracia el amor de mi vida murió siglos atrás. Ella era una simple mortal. Traté de revivirla. Pero fue una cosa inútil, una pérdida de tiempo. No existe una ciencia oscura tal que pueda develar los misterios de la vida y la muerte.
      Mil veces he tratado de comprender aquel capricho de la naturaleza que me hizo vivir por siempre. Nunca logré dar en la tecla. Incluso llegué a pensar que me encontraría con personas parecidas a mí, como en las películas. Eso nunca ocurrió.
      Decidí, por el bien de mi salud mental, no volver a encariñarme con las personas que puede acarrear el devenir de la vida. Así es como le tomé el gusto a los bienes más imperecederos que trae la cultura, como la música y los libros. Placeres eternos, tal como yo los llamo.
      Busqué refugio en el hedonismo, no por falta de amor. Al menos primó un amor no altruista, un deleite para con la vida. Tácticas de supervivencia, digamos. Y lo peor de todo, mantener el cuerpo.
      No es como se piensan. No es lo que dicen los libros. Tampoco las películas. El cuerpo envejece, y no para de hacerlo. Los huesos se descalabran hasta hacerse cenizas. La piel se cae hasta el piso. Con más de doscientos años encima, cualquier ser humano se convierte en una babosa.
      Igual no me quejo de mi vida de invertebrado. A pesar de lo que se crea, la mente envejece como el mejor de los vinos, y si se la sabe cuidar, rinde muchos milenios. Muchos, lo aseguro. Aunque desearía a veces tener el cuerpo de joven.
      Al menos sé que así todo arrugado mi amada no me reconocería. Yo sí, a pesar de mis casi quinientos años de vida, tengo buena memoria. Viví buenas épocas, y otras no tanto. Dejé de preguntarme muchas cosas, y empecé a preguntarme otras. Es para pasar el rato, ¿saben? Ninguna pregunta tiene el sentido suficiente como para definir una vida, por más corta o larga que sea, eso ya lo aprendí con la experiencia.
      Ahora sé que puedo decir cuánto amo a un cadáver y eso poco va a importar. La vida es la consecución de las cosas sin trama aparente. De eso se trata. Y a mí poco me importa lo que sea amor u ocio o joda. De lo que venga es lo mismo. Se los puedo asegurar.

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