miércoles, 16 de septiembre de 2015

Día 486: Heliogábalo

      Cuando Publio Quinto Flavio fue nombrado nuevo gobernador de la Tarraconense recibió el cargo con desconfianza. En realidad, nadie lo sabía, aun le duraba la resaca de la noche anterior. Una fiesta de las más fastuosas se había desarrollado en el palacio del César. Fue el mismo Heliogábalo, en medio de una orgía de alto desenfreno sexual y vino, quien lo nombró procónsul. Partiría a Hispania dentro de una semana con un séquito acorde a las circunstancias.
      Publio Quinto, quien se jactaba de inexistentes vínculos familiares con la dinastía Flavia a pesar de compartir el cognomen , tomó el nombramiento como una bendición. Aunque estaba demasiado borracho para apreciarlo. Y ahora ya recuperado, al menos en parte, de la desquiciada fiesta de anoche le quedó sembrada la duda. ¿Esa bonita mujer con la que fornicó anoche? ¿Era un mujer? ¿O acaso los rumores respecto al emperador serían ciertos? No quería ni pensarlo. Armó sus enseres con prisa y tomó un carruaje directo al puerto.
      La comitiva, un tanto peculiar, estaba conformada por su familia, doce lictores, un baúl repleto de joyas, víveres, atados de ropa y una torada conformada por veinte esbeltos animales. Aparte de la bebida y las relaciones sexuales dudosas, los toros eran la mayor afición de Flavio.
      Tarraco recibió al nuevo procónsul con los brazos semiabiertos. Durante esa época la región tenía muchos apremios económicos que databan de la época de Caracalla, y aún anterior. Es así como en medio de la pobreza que se acrecentaba Publio Quinto montó una enorme bacanal. Desde muy temprano los excesos del vino hacían efecto en Flavio. Una vez más. Temió despertarse en la cama junto a una bella mujer, convertido en el nuevo emperador de Roma. Pero eso no pasó.
      Por el contrario, lo encontraron tirado en la calle, dormido. Sería la primera vez que la región de Hispania presenciaba una suelta de toros. A Publio Quinto le resultó divertido ver a sus hijos correr por las calles, mientras corneaban a quien se le cruzase por su camino. Para desgracia de los tarraconenses, esa no sería la primera y última vez.
      Las sueltas de toros se hicieron moneda corriente. Lo mismo para las orgías. Flavio estaba decidido a enriquecerse y beber todo lo posible antes que finalizase su cargo. Además siempre existía la posibilidad de que alguien le clavase un puñal al emperador, puesto que muchos le tenían una gran antipatía a Heliogábalo. Muchos en las calles lo llamaban la princesita iconoclasta. A Flavio le importaba un carajo las habladurías. Estaba demasiado borracho para oír las cosas que se decían por ahí. 
      Una tarde Publio Quinto Flavio despertó una vez más en la calle. Tuvo una genial idea. Montaría la orgía más grande de toda la historia de Roma. Una orgía que llegue a los oídos del emperador y lo haga morirse de la envidia. Para ello necesitaría un lugar grande. Y mucho, pero mucho vino. 
      La invitación se extendió a amplios sectores de la sociedad tarraconesa. Se convocaba a quien desease divertirse que se acercaran al anfiteatro. Los habitantes se encontraron con una gran sorpresa. Hoy no habría lucha de gladiadores. Un gran tanque que cubría casi toda la arena. Dentro nadaban muchas mujeres y hombres desnudos. En el centro del tanque, Publio Flavio saludaba a todos los habitantes y repetía su llamada a desnudarse y nadar en el tanque de vino. Acto seguido se zambulló y nadó de punta a a punta sobre el lago bordó creado para complacencia del procónsul. 
      En algunos bordes del tanque había platos con manjares de todo tipo. Los pobres eran quienen bebían y comían con mayor fruición. Bendecían al gobernador con grandes loas. Publio Quinto recibía los cumplidos con tímidos saludos del político que conocía el paño del fervor popular. 
      "¡Y ahora, el acto final!" gritó Publio Quinto Flavio con las fuerzas que le quedaban. "¡Que suelten a Valerio!" indicó a dos de sus lictores, mientras se bajaba tambaleando del tanque de vino. Aplausos. Eructos. Gemidos. El anfiteatro era un hervidero. 
      Valerio se acercó a la arena. De los veinte animales que vinieron con el gobernador, Valerio sin dudas era su toro favorito. Un precioso, precioso toro, decía Publio Quinto, que no paraba de gritar y hacer ademanes a las personas que lo observaban, embelesados. 
      El toro se acercó al gobernador a gran velocidad. Los tarraconenses se preocuparon por la vida de su dirigente. Publio Quinto, con un torpe movimiento, esquivó el embate del toro y lo tomó por la espalda. Hombre y toro se fundieron en un abrazo. Valerio se había criado desde pequeño en la finca de Publio Quinto. Era tan dócil como un perro. 
      El público se fundió en un gran aplauso. Quieren más. Es obvio que quieren más, pensó Flavio. Acá les va lo que quieren. Desnudo, frente al toro, el gobernador enarboló una preciosa erección. Luego, tomó al toro de la cintura y lo penetró por el ano. En semejante estado de ebriedad tuvo una revelación. Claro, sí, era él. Tuve relaciones sexuales con el emperador. Después se olvidó y continuó con el acto sexual hasta culminar dentro del toro. 
      A Valerio no le hizo mucha gracia el juego de Flavio. Aunque podría decirse que también lo disfrutó. Sin embargo el juego terminó pronto. El hombre ahora vestía una toga cubierta de vino. La coloración bordó de la vestimenta inyectó de furia al toro. Sin avisar, clavó su cornamenta derecho en la parte baja de Publio Quinto Flavio, quien se desangró en escasos segundos. Así terminó una de las orgías, quizás la mejor, más grandiosas en la historia de Roma.

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