domingo, 20 de septiembre de 2015

Día 490: Radiología de un virus

      Que no te tomen por sorpresa. Una mañana, por no saberlo, podés estar muerto. Así funciona el virus. En realidad actúa por un factor aleatorio. Y nunca se sabe bien si la cosa te va a hacer mal o bien. Es 50 y 50. Como tirar un dado. O una raspadita.
      De todos los funcionamientos del azar lo mejor es la sorpresa. Pero es mejor en todo caso encontrarse prevenido. Usted lo sabe. Puede pasar. De levantarse una mañana muerto, como el gato de Schrödinger. Ese hombre no amaba a los animales, puedo jurarlo. Yo tampoco.
      Con la suavidad del algodón el virus ingresa por las fosas nasales. Crea su desbarajuste y sale, a buscar nuevos huéspedes. Es un virus fugitivo, raro en su especie. Toca la puerta y no deja que se prenda la luz. Así funciona.
      Después nos enferma. Claro. O también puede hacer cosas mejores, como multiplicar las interconecciones sinápticas. En resumen, promueve la capacidad neuronal de producir múltiples pensamientos en cuestión de segundos. Pensamientos de avanzada. Algo muy sofisticado que poco entenderían las pobres mentes que andan a dos por hora.
      Pero el virus de la inteligencia no viene sin sus contras. El pensar algo rápido enloquece. Más rápido de lo que la mente está dispuesta a aceptar. Pero después se va. Se desvanece. Como un tormenta de verano. Así de rápido. Es un chasquear de dedos.
      Déjenme presentarles a la sorpresa. Ese evento inesperado. Eso que viene a torcer el destino de la galaxia. No pierdan la capacidad de asombrarse. Porque es un perro. Es un perro flotando a la deriva del espacio. Se escapó del vecindario interestelar y cayó en un agujero negro.
      Su ADN lo tomó prestado y se reimprimió como la segunda edición de un diario. Pan caliente. A todos los confines de la galaxia se reparte la noticia. El virus perruno. Nadie espera que el can salga indemne. Sus pedazos se esparcen hasta infinitos granos de polvo. El virus perruno que dura centurias. Eso es. 
      Y nos vuelve inteligentes. O tarados. De acuerdo lo que nos toque. Es aleatorio el efecto. Ya lo dijimos. Lo mío, lo nuestro, es un caso especial. El efecto fue múltiple. Me convirtió en un tarado inteligente. La idiotez puede convivir con la lucidez. Ahora puedo demostrarlo.
      Puedo enarbolar una enorme teoría del tamaño de Kansas para decir que las ideas abrevan en el vacío de la imbecilidad. Es algo acorde a la realidad del virus del perro. Algo inimaginable para nuestros abuelos, que solo pensaban en comer y tener hijos. A veces este virus mata. Pero no es mi caso. Se los puedo jurar. Hagan la prueba. 

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