lunes, 21 de septiembre de 2015

Día 491: Viaje al centro de la nostalgia

      Un viejo papel amarillo reclama su lugar. Advirtió que esos sentimientos de amor cubiertos de tinta tomarían un rol importante en el decurso de las acciones. Hall no paraba de gritar, el pasado volvía en forma de castigo. Un látigo se clavó entre sus carnes. El verdugo jugueteaba con la espalda roja de Hall.
      Podría haber tenido un acuerdo para reducir la pena, pero no quería verse como menos hombre frente a su verdugo. Hall, tenés que comportarte como un hombre. Crecé, mierda, crecé. Pero aun así no podía resistir los gritos. Esa pequeña bola de músculos vestida de negro quería obligarlo a recordar. 
      Juntos, castigador y castigado, iniciarían un viaje que los conduciría al centro mismo de la nostalgia. Visitarían lugares en los que los que las cosas se pintan de sepia por que sí. Momentos del pasado que son mejores que los actuales vaya uno a saber por qué. Esa estúpida idea que le inculcaron sus padres acerca de las bondades del pasado. Hacia esos lugares lo querían encaminar. 
      Pero Hall se resistía con todas sus fuerzas. Se aferró con uñas y dientes a su mecanismo de represión y creyó lograrlo. Hasta que las cosas de su infancia comenzaron a salir a chorro por su boca. Contó sus penurias. Sus placeres eróticos más secretos. Aquel día en que rompió esa taza de porcelana china de su abuela. O la noche en que escuchó ruidos extraños que provenían de la pieza de sus padres y se asustó. Entró a la habitación y el susto fue peor. Sus padres estaban peleando. Como había visto alguna vez en la televisión, esas tomas de lucha libre. Un amigo de la escuela le había dicho que era todo mentira. Está todo arreglado. Salvo lo que estaban haciendo sus padres ahora. Tenía cinco años. 
      Después volvió a tener treinta y nueve. No era una mala edad. Al menos si no se detenía en esa panza que no para de crecer. O en las arrugas y el pelo casi gris. No era mala edad. Bueno, en realidad sí. El castigo corporal que recibía lo hacía sentir más viejo aún. Todo por negarse a compartir sus recuerdos.
      ¿Cuándo fue que ocurrió? ¿Hace quince? ¿diez años? El tema es que existía un gobierno que utilizaba a sus ciudadanos como si fuesen una batería a partir de sus memorias y los exprimían. Naranjas para el sistema. O una cosa así. Negarse a compartir los recuerdos equivalía a una sentencia de muerte. O a una intimación poco amigable. 
      El camino hacia el centro de la nostalgia. Hacía allí lo llevarían, tomado de la punta de las narices. Por haber tratado de evadir al gobierno, ahora Hall sería vaciado. Y no es esa clase de eufemismos que suelen inventar las personas para hablar de algo malo. No. Vaciado es vaciado, sin otras interpretaciones. Sacarían de su cuerpo hasta el último cúmulo de energía. Lo que algunos científicos locos del sistema llamaban "la muerte lenta". Eso sí es un eufemismo. Hall sintió poco a poco como su boca dejó de pertenecerle. Sus neuronas dijeron una a una adiós. Y así fue como todo empezó a terminar. 

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