martes, 29 de septiembre de 2015

Día 499: El portavoz

      El extraño dijo llamarse Blanco. No por el color. Blanco por la sustancia. Tampoco hizo mayores aclaraciones. Mi mente por ese entonces surcaba parajes sexuales de los más profundos. Blanco como la... disculpe, ¿usted también toma el tren que va a Belfast? me pregunta. Claro, señor Blanco como la... mi mente estaba torpe ese día. Más torpe que de costumbre.
      Nos sentaron en el mismo vagón. Yo llevaba mi portafolio de negocios. Blanco llevaba una caja negra sobre sus rodillas. Curioso, ¿no? El tipo era un hombre de poca estatura, enjuto. Tenía unos anteojos diminutos y una mirada de cuervo moribundo. Parecía un heredero de la corona vestido de desamparado. 
      Mis clientes esperaban novedades del norte. Mejor dicho, aguardaban una venta jugosa que renovaran sus esperanzas en el capitalismo. Pero qué mierda, en esos años nadie tenía certeza de nada. Ahora tampoco, pero eso ya es otro asunto. La incertidumbre económica que me hacía trabajar como un cerdo histérico me llevó a trabar conversación con el señor Blanco.
      El hombre no trabajaba. Suertudo. Había heredado una fortuna. Más suertudo. Su abuelo le había legado millones, con una condición. Ni que lo digan. Llevar sus cenizas a Belfast y arrojarlas en un pub de la ciudad. Claro, continúe con su charla Mr. White, yo me duermo pronto. Kelly's Cellars. Casualidad, tengo que pasar por ese bar. Ese hombre, aun con el asco que desprende, sabe como atraerme. Me tiene como una mosca alrededor de un jugoso caballo. 
      Por casualidad, o vaya a saber qué capricho del destino, me topé con Kelly's Cellars. No es que sea muy aficionado de la cerveza. Los negocios eran mi prioridad. Bueno, debo decirlo sin tapujos. Mis clientes eran unos señores muy antiguos. Viejos. Viejos prestamistas. Bueno, usureros. Yo era la cara limpia de la organización. 
      Los pobres diablos acudían a mí como leprosos a Jesucristo. Nada santo salía de mi boca. Solo mentiras y más mentiras. A los comerciantes le encantaba. Se imaginaban dentro de cinco años fumando grandes puros en sus mansiones, acumulando oro en el Northern Bank y cosas así. Yo no era nadie para quitarles esa ilusión, de hecho de eso vivía. En menos de un año los pobres diablos eran aplastados por el peso de los intereses y las letras chicas de los contratos.
      Mientras tanto, yo estaba lejos, con ropas distintas, vendiendo ilusiones en el otro costado de Irlanda del Norte. Las cosas funcionaron bien hasta la crisis del 73, cuando mis inversionistas empezaron a sentir los embates de la criatura que habían alimentado hasta ese entonces. Un monstruo los miraba fijo y les exigía carne. Carne de primera. Y ahora el último eslabón de la cadena, el más pobre diablo de todos, iba camino a Belfast en busca de una solución mágica, sin más armas en la mano que un maletín forrado en cuero de segunda calidad. 
      Kelly's cellar era uno de los pubs más bulliciosos de Belfast. Ese día reinaba un silencio inaudito. Blanco y yo nos miramos. Acordamos sin mediar palabras pedir una medida de whisky para cada uno. Y algún que otro producto de charcutería para amenizar el desayuno. Eran casi las diez de la mañana. 
      Tomé mi reloj y le señalé a mi nuevo amigo que mis clientes se deben haber retrasado. Blanco tomó la caja negra y la señaló. Acá tiene a su cliente. Vaya, resoplé sorprendido. Está muerto. Eso solo pude decir. Hasta ahí llegó mi elocuencia. Mi padre quiere comprar todas las empresas de su accionista. Cada una de ellas. Hasta la última acción, ¿me entendió? dijo Blanco. Quiere que todas las ganancias sean entregadas a los comedores de Belfast que él enumeró en la carta que le envió a sus clientes, y pide reserva en su cumplimiento. Pero está muerto, dije. Eso invalida el contrato con mis clientes, agrego. 
      Blanco emitió una mueca extraña. Su aspecto turbio y magnético que me llevaba a escucharlo por más desagradable que me parezca. Tal vez ya estaba borracho. No sé. Lo único que recuerdo es que golpeó la caja negra con sus dedos y de un par de orificios salieron unos gemidos distantes. No recuerdo más que eso. Después firmamos el contrato y regresé a Londonderry en el tren de las 12.04.

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