miércoles, 30 de septiembre de 2015

Día 500: Tirar la ventana por la casa

      La corbata giraba en el lavarropas, solitaria, como un satélite plutoniano aún no descubierto. El traje, uno de segunda selección, se confiesa, lo destrozó el perro. Nadie esperaba que el hijo de puta fuese a elegir semejante juguete. Y la fiesta era ese mismo día. Bueno, ayer. Gracias, grandísimo hijo de la gran puta.
      Existen las elecciones en la vida y luego está la idea de tener perro. A veces son compatibles. En otras ocasiones es mejor intoxicarse con cianuro y ver cómo funciona la cosa. Por suerte tenía el placard congestionado de ropa para tales ocasiones. Traje B de emergencia. Apolillado. Traje C. Mancha de chocolate. El traje D lo prestó a su primo de Burzaco. No hay trajes.
      A la mierda la elegancia. Una bermuda. Un par de ojotas. ¿qué más necesita un hombre para ser feliz? La ropa es un bien accesorio de felicidad limitada. Algo así le dijeron en la escuela de marketing antes de abandonar la carrera al carajo. ¿qué más necesita un hombre para ser feliz? claro, un perro trituradora. Eso es felicidad garantizada. Hijo de re mil puta.
      Preocupaciones. Preocupaciones ¿así es volverse adulto? Cuando era más pequeño uno se imaginaba ser grande como algo divertido. Tan divertido. Como un tratamiento de conducto. O una quimioterapia. Cosas divertidas de gente grande. Nos equivocamos.
      Ahora pensamos que la vejez va a ser divertida. No me quiero imaginar lo que deben pensar los viejos entonces. Bah, en realidad lo presiento. Algo así como que la tumba debe ser divertida. Más allá de eso, no me imagino qué más puede ser divertido. En realidad preferimos ser serios la mayor parte del tiempo. Uno no le compraría un seguro de vida a un tipo que se le ríe en la cara como si tuviese monos en la cara.
      La fiesta de la ocasión. 500 días contra la pared. Aturde a nivel de espanto los kilómetros de pelotudez que puede desandar el hombre si se le da un mínimo de espacio. De ahí los accidentes de tránsito. Me imagino que en exotránsito esas cosas también deben ocurrir. El estado de la especie nos trasciende.
      500 días del más rudo esperpento convertido en letra y frase. Descorchen. Descorchen. Y olvídense del perro hijo de puta. Y el disfraz de gala. Todo se perdona. Todo se perdona. A la larga, todo se perdona. Después se castiga. Pero eso ya se reserva para un día 1000, o algo por el estilo. Lo importante, el recuerdo. Lo esencial, una vez más: nos equivocamos.

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