sábado, 31 de octubre de 2015

Día 531: Canción de cuna

      Acunamos en nuestro regazo una bomba y le pusimos nombre. Por supuesto le enseñamos a caminar y todas esas cosas que hacemos los humanos. Hasta dijo mamá antes de explotar. Una hermosa bomba que se llevó todo.      
      Allá camina mi querido junto a los restos de otras personas. Es el nieto de Hiroshima, la madre de todas las bombas. Es el invento de todas las palabras de adulto juntas. Un mejunje técnico sin pies ni cabeza.      
      El niño detonado no conocerá su futuro. Solo sabe lo que pasa. Es víctima del instante. Ya. No antes no después. Ya. Y no mas diplomacia. Todo al reverendo carajo.      
      Una moneda del descontento, acuñada en las sombras. Es lo que vale la desaparición de todo lo a punto de no ser. Quisimos tener el momento, mas la bomba se lo llevó. Allá, allá abajo. Donde no existen las palabras.

viernes, 30 de octubre de 2015

Día 530: No mires el suelo

      Un minuto imperfecto. Podés pensarlo. Retratar la figura del miedo agazapado debajo de la cama. Una sombra paciente que aguarda su momento. Manipula sus papeles. Esta noche le toca atacar. Y la presa gritará y gritará, como nunca antes. 
      En ese minuto de tantos segundos. Veinte de más. Ochenta segundos para terminar lo que muchos empezaron y nadie crea. Un cinto renuente a abrir la carne en varios pedazos. Quiere ser herramienta y no castigo. Tizne gris cubre memoria.
      Cuando haya viento a favor podrás decirlo. La costa cada vez más cerca. El barco cada vez más grande. Un choque inminente de naciones acaudaladas. O muchas pobrezas unidas en una sola. Un traje de neoprene nos queda chico para tantos. En la senda resbaladiza caminamos hasta que los pies no den más.
      Pusimos ese poroto asesino sobre las cuentas que restan. Andamos, como funciona la cosa. Inercia, magia, relatos del Señor. Brujería y albúmina. Un cóctel de pirañas.
      De ahí nacen todos aquellos sueños pervertidos. Esas mañanas vacías frente al espejo, con la promesa jurada y la cara con nada. En ese minuto imperfecto que ya nada vale una pesadilla de cotillón renace. Es quererlo. Desearlo. Y en un determinado segundo, morir.

jueves, 29 de octubre de 2015

Día 529: Otra declaración de amor

      Fuimos víctimas de un amor confeso, ¡oh, luz de mis ojos! Aunque no puedas decir palabras yo te adoro con el alma que ya no tengo, pues perdida por ti se encuentra. Impórtame un rábano las opiniones ajenas, chusmeríos, cotilleos, el devaneo del que poco tiene para ver por debajo del ombligo. Dejadlos que hablen. Que mueran bajo el peso de sus propias lenguas. Vivamos, mi querida, y amemos, como dijo alguna vez el poeta.
      Esas habladurías ponzoñosas me tienen con el poco cuidado que la vida me lleva. Se me atraganta y no puedo dar con las palabras precisas. Es amor y lo sé. Amor del grande. Del bueno. Mi preciosidad, hermosa. Y pueden seguir esas voces cantando al unísono. Es diferente a vos. Son incompatibles.
      Nacimos bajo diferentes situaciones, es cierto. Vos del campo, yo de la ciudad. Pero, ¿el amor se trata de espacios en común o de sentimientos compartidos? Me inclino por lo segundo. Poderosísimo néctar de los dioses. Me subyuga tu presencia. Y pueden hablar, hablar y hablar. ¿Qué más dicen? Me llegan sus murmullos. Rumores del más allá.
      Por tan poco caen. Tan poco valen esas absurdas pantomimas. Ese asco que despierta a las calles el vernos transitar juntos. Más allá de las fronteras. De la especie. El amor todo lo trasciende. Es así, mi querida gallinácea. 
      Acaricio tus plumas y vienen a mí recuerdos de los más dulces. Noches de pasión, mañanas de ternura. Soñar con criar nuestros propios pollitos. Y si tiene que ser zoofilia, que sea bajo el hechizo de Cupido. Quiero ser tu gallo. Aunque me lo impida este trasto humano que acarreo. 
      Beberemos nuestros jugos bajo las velas del corral. Serás mi gallina clueca, mi bataraza. Cacaréame al oído y dime cuánto me amas, aunque nada entienda del lenguaje de una gallina. Ámame, mueve tus plumas. Y vuela, tan sexy como un gran cóndor, o el esbelto zorzal. Entre todas las aves sos mi favorita.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Día 528: Empuje

      Un abrazo fuerte como para ser borrado por el viento. Estrujar hasta que regurgite la viscera y chorree la sangre. Luego hincar el diente en el cuello y proclamar la victoria del hambre saciada. Hasta ahí, todo bien. ¿Y después? Las crisis de los después. Señores después se devanan los sesos en cotilleos de escaleras escherianas.       
      Vamos a conducirnos adonde comienza todo. Dirigidos a ese puntito ínfimo en donde no cabe una lapicera. Desde ahí partimos, hacia el final, y luego hacia el comienzo. El camino es el movimiento masturbatorio de la vida, con sus giros, sus idas, sus vueltas, frotados contra la superficie de las almas, de los tiempos, de las otredades. Una mañana con sol y muchos árboles.
      Una mañana que empieza, porque el minuto cero existe. Y la ansiedad. Ese esperar esperando de lo que quiere venir y no aparece, pero que pronto aparecerá, a la vuelta de la esquina. Ofuscado. Sin saber qué hacer. Mover. Detenerse. Y volver a transitar. El eco onanista detrás de la inercia del cuerpo. Y el sol cae sobre el mediodía.
      Poder en la ilusión. Del sueño despierto. Volátil. Confite etéreo. Otorgar las correctas señales a quienes desean observarlas. Pero hay más. Tendrán su recompensa.

martes, 27 de octubre de 2015

Día 527: Remembranzas de unas marmotas

      Atronadores llamados de lo que debiera ser un elefante. En realidad provienen de una marmota con ínfulas de paquidermo. Este pequeño roedor ha logrado engañar a la madre naturaleza. Y con creces, ya que miles de elefantes caen en la trampa de este sanguinario animal.
      La marmota con síndrome de elefante es una de las especies más peligrosas de la Tierra. Su voz es diez veces más poderosa que el de una sirena entrenada. Como aun ignoran gran parte de los etólogos, la capacidad imitativa de la marmota supera con creces a la humana.
      Una marmota adulta con síndrome de elefante puede reproducir alrededor de 114 voces de diversos animales, contada la humana. Aunque su preferida es la del elefante. No hay muchos secretos detrás de esta curiosa predilección. La marmota conserva una herencia carnívora que proviene desde épocas en que reinaban los dinosaurios.
      A decir verdad, la marmota come con gusto cualquier pedazo de elefante, sea carne, cartílago o marfil. Su estómago está capacitado para digerir con facilidad la gruesa piel de los elefantes.
      Más sorprendente aun son sus rutinas amatorias, con curiosas similitudes, también, a la raza humana. Una jornada sexual entre marmotas suele arrancar a las cuatro de la mañana, con un baile erótico suministrado por la hembra de la relación. Luego suelen ir a bañarse al lago e intercambian besos húmedos.
      Al final, antes de llegar a la etapa del desmadre, las marmotas suelen dar un paseo para digerir la comida y de paso, aminorar la carga hormonal que subyace en sus cuerpos. Así, cuando se sienten listos, inician el apareamiento sin dilaciones.
      El síndrome de elefante causa otros cambios notorios en el comportamiento de la marmota. Existe una mayor tendencia al suicidio y, en menor instancia, choques contra árboles o superficies duras. Se han registrado también severos casos de crisis de identidad y creaciones de sectas rituales por parte de los grupos más radicales de marmotas.
      Un amplio grupo de marmotas invadió múltiples ciudades del planetas. Promocionaron una estampida de elefantes y así avasallaron kilómetros de carne humana. Carnívoros. Recordaron así de dónde venían. 

lunes, 26 de octubre de 2015

Día 526: C5

      Podrás decir muchas palabras, que las del viento se quedan. Porque por muchos somos pocos. Anoche, al anochecer la noche, juramos, volvimos, desaparecimos y nos erguimos en un solo monumento, de los eternos. Nuestra muerte impiadosa. 
      Pudimos recuperar ese espanto de las sombras. Maquinar una historia para nuestros nietos. Una de las buenas, por supuesto. Esas muchas palabras con destino. De las que puedan quedar en los oídos del tiempo. Que persisten aunque la cosa no suene bien. 
      Poder decirlo, alto. Más alto. Elevar el tono de voz. Una cosa aguda. Agudísima. Hasta el límite de lo insoportable. Porque juramos decirlo. Pusimos nuestros ideales sobre la mesa. Eso queríamos. Ser fieles a lo que representamos.
      Muchos, para los que tildan de raros subterfugios de soledades aparentes. A la verdad no se la engaña. La verdad está por encima de todo, de lo corto o a lo largo. Puede tardar, pero aparece. Se desvanecen los engaños. Queda sostenida esa estructura de cartón de las que los monos quedan colgados. 
      Por todo lo que parezca, eso es lo obvio del dictamen. Pueden cortar las alas de una mariposa disidente. El muerto acaba por revivir. Siempre. Nunca. A veces. Dispondremos de los mejores hombres. Para la guerra. Para la paz. O lo que venga. 

domingo, 25 de octubre de 2015

Día 525: Ida y vuelta

      La nave parte de la Tierra. Para ganar aire necesita piso. Plataforma de despegue. Tanque lleno. Una travesía al espacio sideral. Una aventura para pocos. O para nadie. Una nave vacía sale de la vía láctea y se pierde, más allá de los confines del universo.
      Una parte de sí despide una nube de humo. Contaminar, Girar a la izquierda. Saludar a esa estrella a punto de morir. Vecinos del espacio. Una charla de té. Y mientras más pronto mejor. Un brillo se aleja hasta desaparecer en el negro vacío.
      Dispositivo mayor de despedida. Saludos al por mayor. Desde arriba los saludan. Viajantes interestelares. Les gusta jugar con el destino de las personas. Es por placer. 
      Pueden ser esos momentos felices a la luz de la luna, los que perdemos, y de abrigar una esperanza, de las perdidas. Salen a la noche con sus preguntas de humanidad. Indagan aquello que no saben. Por ser fiel a una de las tantas verdades. Fragmentos de cielo.
      Una despedida. Abrazo fraternal de civilizaciones. De los pocos que con vida siguen. Alejan a los malos espíritus. Más carne para los asadores.
      Volvió otro día. Una noche más fría. Volvió para regresar. Tendrá su chance de parecer un algo demostrado. Trae un regalo del futuro. Con la maestría del abismo y los pasos de las generaciones.

sábado, 24 de octubre de 2015

Día 524: Marrón

      Con el corazón constipado. La caca queda adentro. Aparece entre los ventrículos y diarrea las áreas. Ese imperativo de sumar, ¿quién los contrata? Ejércitos de coprófagos golpean a mi puerta. Aprietan sus estómagos y dejan sus desayunos en el medio de la calle.
      Y ese extraño de culo angosto que no deja salir nada. Tiene el ojete amurado. Es una vida demasiada marrón para tanto verde. Podemos jugarnos la vida. Por lo que más se quiere, se come toda la mierda. Cuchara tras cuchara. Hasta el borde del asco mismo.
      Nos regalamos un morboso momento para pensar las cosas que hacemos mal y nos gusta. Ese dedo en el ojete que gusta y no deja de gustar. Que aprieta. Que hace de tapón. Es un dedo de los peligrosos. Activa el placer. Desarma el abismo de nuestras esperanzas. Sumergido en caca. Marrón oscuro.
      Un nuevo abrigo. Calor de los mejores. Manos. Erótica de un ensueño. Atrincherado el esfínter busca despedir a un amigo. Es el fin de toda guerra. Sucio. Marrón.
      Y por detrás, un palo enjabonado. Un palo encacado. Persiste en introducir su sexo. Por detrás. Un océano virgen, por descubrir. Colón anal. Marrón.

viernes, 23 de octubre de 2015

Día 523: Marte

      Solo mañana, dejame soñar. Quiero que la persiana quede abierta y los vecinos sientan todos los ruidos. Que sepan que así se hacen los bebés. Así puedo ser un manual abierto. Vida, véase página 132, inciso B. 
      Si puedo. Si me dejan. Siempre pido permiso. Ante todo la educación. Si tomo un café, permiso. Si me siento, permiso. Si asesino, permiso. Mi mamá me hizo así. Yo la quise mucho a la vieja. Ahora ya no. Los muertos no se dejan querer.
      Puedo pertenecer al pasado. Todo lo que se me antoje. Lo considero una virtud, que pocos entienden, que pocos alaban. 
      Digamos que mi condición es la del señuelo. Una carnada para que pique el pez gordo. Luego vendrán más. Luego vendrán más. Esa es la promesa. Van a venir con sus palos llenos de fuego y sus máscaras blancas. Van a decir: prendamos fuego al negro.
      Y yo, en un atisbo de piedad, grito. Porque no sé hablar claro. Soy un pobre negro pobre. Y las astillas que se clavan en mi corazón. Ya ardo por mi cuenta, ¿quién puede necesitar un abrazo de fuego? Desperté en el campo, desnudo, vacío de ideas.
      Quise correr, hacia el abismo. Hacia donde sea. Escapar. Pagar un precio, comprar mi libertad, como un patrón acaudalado. Dueño de mi destino. Dueño de mis cadenas.
      Puedo soñar con lo que se me antoja, el pasado me pertenece. Si, tal vez mañana, haga el amor entre trozos de carbones, restos de huesos, quizás. Tendré un hijo de fuego. Un monumento de los eternos. Para que lo sepan. Para que lo escriban. De lo que tengo todo en mí.

jueves, 22 de octubre de 2015

Día 522: Acá viven personas

      Un jugo gástrico que duele. La panza regurgita sus latidos y me parece que lanza una espuma de perro muerto. Hace como un ruidito extraño. Un kaprum. Un oturbcam. Una sucesión de ruiditos extraños. Hasta que el sujeto muere. Y ruega por favor. Por favor. Que lo entierren. Que le recen unas cuantas frases sin sentido. Eso pide. Y muere. Muere hasta el infinito. No deja de morir muriendo.
      Esa pócima de antiguos druidas es el veneno de los tiempos. Es un salto con garrocha pero sin garrocha. Un suicidio asegurado. Buscado. Encontrado. Más que menos. Si vamos a lo obvio esto es lo que queda. Un silencio fantasmal. Sentido de victoria. Ganamos por poco. Es casi perder. Sentido del casi.
      No golpeen esa puerta. No la derriben. Acá viven personas. Hacinadas. Entrelazadas con la vida y la muerte. Acá viven personas. Personas con aire. Personas con cabezas. Personas con manos y palabras. Personas. Acá viven personas. Hay oidos. Hay intenciones. Sueños. No avasallen la libertad. De lo que queremos. De lo que deseamos. Poner un cuentalatidos al cerebro. Bomba de tiempo.
      Si pueden. Es un claro estigma. Las heridas de un santo. Si pueden. La libertad valedera. Esa posibilidad de asesinar sin prurito. Esa posibilidad de despertar sin haberse dormido. Esa posibilidad de ser posible. Imposible. Cuando los cuentalatidos fallan. Y las almas golpean el techo. Caen. Caen. Es la gravedad. Es Newton. Es la manzana de Newton. Es el árbol que da la manzana. Es la tierra que planta la semilla del árbol.
      Antes. Hay un tiempo antes. Siempre antes. Nunca después. De lo tarde y seguro. De esa muertebomba que late debajo del esternon. Un circuito fallado. Clave roja. Señales de leucocitos. Ejércitos de glóbulos rojos caen. Por debajo lo que duele. Y no deja de doler. Un ruidito extraño. Acá viven personas.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Día 521: Para pensar un acuerdo

      Estamos para vindicar el silencio de una promesa. Porque fuimos víctimas de un abrazo crudo. Y la pregunta del ángel que cae indefinido en tierra desconocida. Dejamos caer la carne podrida. De la serpiente que sisea ya no más.
      En un parque nuestras almas vagaron sin leyes. Trastabillaron por el placer de la equivocación. Y el sueño muerto de Edipo. Una roca pesada clavada en el maxilar izquierdo. La herencia de nuestros padres. Memorias del no recuerdo.
      Para algún lado fuimos por no tener adonde ir. Nosotros, sin techo, sin cabeza. Desestabilizados. Un cielo precario, accidental. Nuestro poco tino para las palabras. Esas que hacen del hombre poeta. Nos queda tan largo el disfraz.
      Nadamos hacia donde las aguas dejan de existir. Hacia los límites del aire. Un algo que se confunde con la nada. Un momento asible entre tantos. Sin caer. Nada especial. Una marca en la guerrilla de las frases lindas y esperadas. Un inacabamiento a lo que se da. Un poder decir no puedo más. No sé. No me sale. Queda ahí trabado. Un qué atorado.
      Adonde el ir nos deje. De ese señuelo dorado teñido de blanco. Y por supuesto, la inquietud de la enfermedad. Ahí. Esclavos de una lengua que nos hace decir algo. Por más inutil, por más vacio que sea. El decir inllenado. El decir de lo dicho que sea y pasa esa frontera de lo que ya no somos.
      Vagabundos. Noctámbulos. Verborrea hemorrágica. Nadie nació sabiendo. Nadie nació. Nadie.

martes, 20 de octubre de 2015

Día 520: Termidor

      Pero por supuesto puedo atestiguarlo: el tipo era un idiota. Total. No recuerdo su nombre, creo que era Mario o Mariano, algo así. La cosa sucedió en la parada del micro. Eran las cuatro de la mañana, creo. Habían dos o tres personas, para salir a trabajar, estimo. Y estaba este tipo, que gritaba algo respecto al fin del mundo.
      Los que estábamos ahí lo tomamos por un borracho más. Luego de chequear un poco su coordinación corporal, llegamos a la conclusión de que este hombre había perdido la chaveta. Loco total. Al final resultó ser un idiota, pero no quiero apurar mi relato.
      Luego de los gritos vinieron los giros. Marcaba una trayectoria en el suelo. Círculos. A la izquierda, después a la derecha. Sin marearse. Sin perder la coordinación. Parecía como manejado a control remoto.
      Un detalle importante. El hombre iba desnudo. Creo que alcancé a escuchar algo respecto del futuro. Ah, si, el tipo venía del futuro. Lo enviaron para matar a alguien. El líder de una rebelión.
      Ahí fue donde caí. Esperá, esto lo conozco de algún lado. Pero claro, es el argumento de una película vieja. Un robot es enviado del futuro para matar a un niño. Como falla, después envían a otro para matarlo cuando es adolescente. Y cosas así. Al menos hasta que el tipo envejece.
      Como les decía, ahí caí en la cuenta de que el hombre es un idiota. Está así porque no vio la película. Si alguien se la contara, podría ahorrarle todos los disgustos. Porque al final al robot no le va bien, lo destruyen.
      Claro que después vuelven a reprogramarlo. Pero ya no es lo mismo. O al menos no creo que pueda hacerse con un ser humano. En todo caso nunca probamos.
      En realidad pasó otra cosa. Un juego de palabras. Confundir la película con el vino y se lo tomó. Un tinto de cartón. Ni loco ni tarado. Solo borracho, pero con buena coordinación. ¿Increíble, no?

lunes, 19 de octubre de 2015

Día 519: Inanición ritual

      Desde dentro cerraron la puerta. Alguien pudo oler el hedor de la muerte acercándose. Nada que se pueda impedir. El viejo lo querría así, pensó Mabel. Si al menos se dejara llevar al hospital, viejo cabrón. Dejó escapar una lágrima que aplastó al piso.
      Huelga de hambre, en eso estaba el papá de Mabel antes de morirse. En realidad estuvo cerca, no le agreguemos dramatismo. Lo llevaron al hospital, estuvo unos días en cama y salió sano. Murió unos quince años después de otra cosa diferente. Pero esa fue la primera vez que la parca estuvo cerca de llevárselo. De eso sí podemos estar seguros.
      En realidad la historia de los últimos quince años de Omar es lo que amerita gastar unas cuantas letras antes del punto final. El viejo había encontrado en la falta de comida un secreto inaccesible a gran parte de la humanidad. La cura contra la muerte. Increíble, ¿no? Omar sabía que lo que mata es el estímulo en exceso y no saciar la necesidad. 
      El hombre era analfabeto. Eso no le habría impedido cruzarse algunas palabras con Freud si hubiesen sido contemporáneos. La teoría revolucionaria murió con Omar ya que, como era de esperarse, alguien hizo lo que no debía. 
      Fue como pasó con los Gremlins. No debían alimentarse después de cierta hora. Y así pasa con los seres humanos. De acuerdo a los estudios particulares de Omar, el ser humano a partir de los 65 años (promedio) puede vivir sin recurrir a la comida por un período de trescientos a cuatrocientos años. Incluso llegar a los setecientos si se lo propone.
      La clave estaba en la Biblia. La manzana podrida. Dios no castiga a Eva y Adán por comérsela, en realidad los castiga por comer. El pecado es comer. Eso lo entendieron a la perfección los primeros hombres. Por eso vivían tanto. Con Sodoma, Gomorra, llegaron los pecados. Mejor dicho, con las comilonas. 
      Mabel no entendía a su padre. Le atribuía la locura a un achaque de los años. Papá, no podés dejar de comer, ¿vos te querés morir? Y no, no quería eso, por eso había dejado de comer. Pero su hija poco entendía estas cuestiones de la ciencia. 
      Su hija lo trataba como un pequeño caprichoso. Y encima eso de teñirse el pelo. Cosa de viejos. Omar nunca alcanzó a explicar que nunca un solo químico de tintura cayó sobre su cabeza. Era el hambre que lo rejuvenecía.
      La falta de comida, cada vez que las huelgas de hambre funcionaban, tenían resultados extraordinarios sobre su cuerpo. El pelo retomaba su color original. La piel se volvía tersa. 
      En vano trató de convencer al viejo que la ciencia, la verdadera ciencia pensaba lo opuesto. Mejor dicho, había comprobado lo contrario. El hambre mata y punto, viejo, entendelo, metelo bien dentro de esa cabeza de melón. Comete algo. Mabel luchaba contra un paredón de concreto. Omar no cedía de su posición.
      Les falta fe, m'hija. Estoy sano, entendelo. Eso por no comer. Lo que no sabía es que por las noches, mientras dormía, una sombra furtiva le daba de comer. Alguien se preocupaba por Omar y así lo cuidaba, con ahínco. Mabel también lo desconocía. La sombra tenía bien en mente el plazo. Quince años. Cuando expire el contrato, lo llevamos. Este hombre está para cosas más importantes.

domingo, 18 de octubre de 2015

Día 518: Tratado acerca de la imprevisibilidad

      Hasta 2518 se emitieron los neuromanuales de Prospección histórica de las ciudades, en donde se detalla de manera precisa cada etapa modélica de una civilización, desde su génesis hasta su ulterior destrucción. Los editores, cansados de tantas quejas, decidieron cerrar el área de Profecías varias. Así se llamaban los libros que tenían como centro de su acción el futuro.
      Antes, unos cuantos cientos de años atrás, a esos libros se los llamaba Ciencia ficción. Claro que, a diferencia de lo que podían hacer tipos como Heinlein, Sturgeon o Ellison, las dataciones de estos estudios tenían un índice de precisión absoluta. Y todo se reducía a un algoritmo. Uno solo. Pequeño. Más pequeño que todo el cúmulo de información abarcado por la extinta Supranet. 
      El descubrimiento surgió de un niño. Mejor dicho, el sentido común de un niño, que se preguntó, ¿qué pasa si todos juntáramos nuestras cabezas para crear una cabeza gigante? y eso realizó la ciencia del siglo XXVI, luego de un primer intento fallido que tomó en sentido literal esta pregunta. 
      El manejo de la información tenía que reducirse a una mínima partícula. Algo más ínfimo que la totalidad de ceros y unos que abarca el código binario. Una partícula. Algo que se desarrolle de modo tal que cubra todo el espectro de intención humana respecto a la germinación de su existencia en la Nueva Tierra (ex Marte).
      El proyecto se mantuvo en secreto por años. Las velocidades de transmisión de datos asombraban hasta al científico más incrédulo. Las redes neuronales tenían una capacidad de generar recursos energéticos a bajo costo, y con ello el reinado de lo que se llamó Supranet observaba de cerca su fin. 
      Durante el siglo XXV la emisión de neuromanuales se convirtió en un furor de ventas comunitarias. Millones de libros fueron compartidos a través de las mentes insertadas en el sistema. La editorial de la Nueva Tierra publicó neuromanuales de lo que se nos pueda ocurrir. Prospección histórica de los perros. Prospección histórica de la semilla de maiz. Prospección histórica de Marte. Prospección histórica de la diarrea. Futuro para todo los gustos. A Darwin le habría agradado presenciar como un fenómeno tan complejo como la evolución se convertía en un tema de conversación tan trivial y predecible como decir que uno más uno suman dos. 
      De los miles de neuromanuales que atravesaban las neuronas compartidas por el sistema Particular, el de mayor éxito era el llamado Prospección histórica de las ciudades. De acuerdo al autór (anónimo), el ciclo vital de una ciudad es de 150 años, con la posibilidad de extenderse a 2000 años, en los casos más extraordinarios. Ese era el promedio. Más allá de eso, nada. Solo muerte y final.
      La industria aprovechó la fama de estos neuromanuales. Surgieron parques de diversión que permitían caminar por las ruinas de una ciudad de 1999 años. También se inauguraron museos de ciudades, en donde se conservaban restos de antiguas ciudades, como Nueva York, Paris o Buenos Aires. Y otros proyectos de intereses económicos similares. 
      Claro que los neuromanuales no podían profetizar acerca de su propio futuro. A ningún editor en la Nueva Tierra se le ocurrió emitir una Prospección histórica de los neuromanuales. A nadie. Y así fue como llegó 2518. Con el mercado atorado y la gente cansada. Las editoriales dejaron de considerar a los neuromanuales como un producto con grandes réditos económicos. Ahora el futuro estaba en los libros. Hojas de papel con historias creadas a partir de la cabeza. Algo nunca visto. Imprevisible.

sábado, 17 de octubre de 2015

Día 517: La invocación

      En una tarde apacible de Otoño un grupo de niños juega en la plaza. Están tomados de la mano. Juegan. Así parece. Aunque el rito de invocación no es ningún pasatiempo. Para realizar el correcto llamado al demonio se necesitan seguir los pasos al pie de la letra, caso contrario se puede pagar con la muerte de los iniciados.
      Uno de los niños dejó caer un chorro de moco de su nariz. Estaba mezclado con sangre y un líquido negruzco. A los pocos minutos se trabó en una convulsión propia de un contorsionista. Cada cartílago de su cuerpo estaba puesto al borde de su misma resistencia. La torsión quebraría pronto al pequeño. 
      El demonio asomó desde el centro de la ronda. Saludaba con amplios ademanes a los niños sobrevivientes. Se necesita sangre, explicó. Con una sonrisa beata preguntó los motivos de la invocación.
      Un pequeño envalentonado se arrimó al costado del demonio. Queremos una torta, dijo. Un niño de unos seis años se quejó: ¿no le íbamos a pedir que nos baje la pelota del techo? En realidad el acuerdo era una torta y que luego nos lea un cuento, convino el muchacho que se había acercado al demonio.
      La única niña que se encontraba en el grupo dijo: Recuerdo bien, dijimos torta y luego cuento. Y después, si había tiempo, que nos baje la pelota. Así fue. Todos los niños asentían. Mejor no discutir con ella. Tiene ese caracter. Como de mamá enojada, decían por lo bajo. 
      El demonio empezaba a impacientarse. No tenía tiempo para perder con estos monos subdesarrollados. Desaparecería sin decir palabras. Tenía negocios por delante. Fue cuando sintió que una navaja acariciaba su rostro. 
      Dijimos torta y cuento, agregó el niño. No fue un deseo, es una orden. Átenlo. Entre dos encadenaron al demonio con unos cables de cobre. No opuso resistencia, sus poderes durante los ritos de invocación eran mínimos como para detenerlos. Qué mierda, podría morir si así se lo propusieran esas horribles criaturas.
      Nunca hice una torta, dijo el demonio con voz casi inaudible. Vas a aprender, dijo el muchacho, y lo palmeó en la espalda. Vas a aprender.

viernes, 16 de octubre de 2015

Día 516: Apagar una hoguera

      Luego de la caída del Tercer Reich en 1945 muchos oficiales del nazismo abandonaron una Alemania en llamas. Gracias a las bondades de la red Odessa, gran cantidad de oficiales de las SS encontraron refugio en los paraísos nacionalsocialistas de Latinoamérica, en especial Argentina.
      Esa fue la suerte del Hauptsturmführer Müller. Un avión con destino a Buenos Aires lo salvó por un pelo de caer a manos de los rusos. Muchas noticias llegaban, y no eran del todo buenas. Siberia aguardaba. Los Gulags tenían hambre de carne nazi.
      Müller podía respirar tranquilo. Su avión ya estaba lejos de Berlín, Europa y la mar de fuego que había dejado la segunda guerra mundial. La suerte, como cualquier tipo de energía, no se destruye, más bien se transforma. Eso le ocurrió a la fortuna de este oficial nazi. Para su desgracia, la suerte tenía grandes planes que tenían a Müller como protagonista central de la historia.
      Primero, el viraje dramático. Un desperfecto mecánico que obliga al avión a cambiar el rumbo, y con ello su destino. Ahora habría que llegar a la Patagonia. Nueva parada. Nuevos planes. Claro que nunca llegarían al lugar. El pequeño desperfecto mecánico resultó ser más grave de lo que se pensaba.
      Con las últimas gotas de combustible, el avión cayó en picada a unos cuantos kilómetros de la base más próxima. Allá al sur. Más allá del sur. Un reino blanco. La Antártida daba una gélida bienvenida al ex SS del Tercer Reich. El piloto, único acompañante de Müller, falleció en el acto. Blanco. Solo la nieve y Müller. Müller y la nieve.
      El avión destrozado le serviría de refugio hasta que consiguiera un pronto rescate. La radio estaba averiada, así que tendría que caminar y caminar para sobrevivir. No esta noche, pensó. El frío le calaba los huesos. Eran casi las cuatro de la tarde. Ni un rayo de sol asomaba. Veinte grados bajo cero. Eso indicaba el termómetro.
      Tendría que encender pronto una hoguera o pronto se convertiría en un helado humano. Müller arrancó de cuajo los asientos del avión y se dispuso a prenderlos fuego. Los elementos ardieron al instante. El súbito calor encendió el rostro de Müller. Esta noche viviría, pensó.
      El destino tenía otros planes. Justicia poética, tal vez. Una ráfaga de viento se coló por el hueco que había dejado el avión destrozado. El hueco había dejado de existir. Ahora el avión estaba tapado por la nieve. 
      El fuego, ajeno a los caprichos del viento, no menguaba. Por el contrario, crecía. Crecía. Se extendía más allá de su radio. El avión se incendiaba, no cabía la menor duda. Y Müller no tenía escapatoria. Debería arrojarse a la hoguera o morir en el intento. 
      Su cuerpo giró entre las llamas. Las nuevas heridas se mezclaban con la nieve, y la nieve generaba más heridas. El fuego seguía su carnaval maníaco sin dar señales de apagarse. 
      La nieve caía y no paraba de caer. El fuselaje del avión pronto fue cubierto por su níveo abrazo. Algo dentro se cocinaba. Un pingüino pasó por el lugar. Utilizó su olfato desarrollado para sentir el olor de la carne de un animal desconocido. Eso le recordó que hacía horas que no comía. Sin más dilaciones, el pingüino se deslizó por la nueva ladera hasta llegar al lago más próximo. La pesca ese día fue todo un éxito. 

jueves, 15 de octubre de 2015

Día 515: Proyecto Ícaro

      Quedan diez puestos vacantes. Para mañana, a eso de las 15 horas (de acuerdo al meridiano de Greenwich) diez afortunados jóvenes serán lanzados directo al sol como parte del nuevo  experimento de la NASA llamado: ¿El sol quema?.
      Los detalles acerca del lanzamiento serán develados en las próximas horas. Se espera una cobertura a nivel mundial. Un espectáculo que será televisado e internetizado, además de diarizado y hablabizado a cerca de cinco mil millones de habitantes terrestres (y dos selenitas) (y cinco visitantes de la estación espacial) (y cuatro perros alterados genéticamente).
      La plataforma de la cápsula espacial se encuentra en la Guyana francesa a la espera de diez afortunados voluntarios que serán elegidos a la fuerza por el democrático sistema de elección a dedo. Estos jóvenes, de acuerdo a los científicos de la agencia aeroespacial estadounidense, serán expuestos a quemaduras de segundo y tercer grado. No perdemos la esperanza de descubrir un cuarto grado, el eslabón perdido entre el tercero y el completo chamuscado, nos sonríe un operario.
      El optimismo reina en el mundo a horas de esta histórica odisea. Eso se refleja en la gran demanda de muñecos de astronautas prendidos fuego. Quiero saber de qué se trata, nunca vi una incineración en vivo y en HD, nos relata un pequeño de cuatro años.
      La señora mamá nos agrega: Adolfito no durmió en toda la noche con esto del proyecto Ícaro. Me dice que cuando sea grande quiere ser también un astronauta solar. Claro, Adolfito, de acuerdo a las reglas democráticas del sorteo de astronautas voluntarios, existe la posibilidad estadística de que seas seleccionado para tal importante misión, ¡Mucha suerte!.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Día 514: Sueño nebuliano

      El espacio es negro y silencioso. Por cierto, no es comunista. En el negro espacio silencioso y no comunista se encuentra una forma de vida extraterrestre, más precisamente un nebuliano, que maldice, maldice y no para de maldecir. Tiene la nave averiada y por lo menos una espera de dos años para que llegue el auxilio mecánico.
      Los nebulianos, mercaderes del universo por excelencia, detestan más que nada en el mundo quedarse parados De acuerdo a su visión, la economía es la única máquina de energía perpetua, y lo saben más que nadie, por eso defienden sus tesoros con uñas y dientes.
      No en balde se ganaron el mote de ser los Leprechauns de la galaxia de la nube de Magallanes, entre tantas otras peculiaridades de su raza. También es bien conocido el hecho que un nebuliano atorado en un predicamento mecánico, como una avería del motor de una nave, no intervendrá a menos que exista un auxilio al respecto.
      Y otra cosa más. Un nebuliano no sabe qué hacer con su tiempo libre. Un año detenido puede deparar varias sorpresas. Estas criaturas tienen unos poderes extraordinarios cuando se encuentran en situación de ocio.
      Un nebuliano puede viajar en el tiempo, y también clonarse a sí mismo. Incluso puede hacer desaparecer un planeta si así lo desease. Son las cosas que ocurren cuando estos pequeños no piensan en economía. Podrían realizar milagros, si se lo propusieran, pero la beneficencia no forma parte de su sistema neurológico.
      En el espacio negro, silencioso y no comunista un nebuliano espera. Ha creado hasta ahora la no menor cantidad de cinco universos. Así son los ciclos de ocio nebulianos. También ha diseñado un planeta habitado con simios de inteligencia media. Lo llamó Tierra, porque le recuerda a una receta de cocina de su abuela. También decidió colocar en sus cerebros una pequeña disfunción. Un detalle ínfimo.
      Esa pequeña disfunción tardaría miles de años en evolucionar. Es lo que se llamaría inteligencia humana. Gracias a eso nace la ciencia humana y los estudiosos de ella. Los creadores del proyecto Diógenes. Aquellos que sirvieron su venta en bandeja a los nebulianos
El año se cumplió y la espera llegó a su fin. Todas las fantasías, los universos, la Tierra implotaron como una burbuja. El nebuliano se despabiló del sueño y volvió a su realidad económica, de la que nunca, hasta su muerte, volvió a salir. 

martes, 13 de octubre de 2015

Día 513: Síndrome de pito chico

      Hay una pequeña diferencia entre llorar y llorar. Seguro debe ser tácita. Aunque todavía no la descubrimos. De hecho, es la puta tendencia de buscar diferencias entre y entre. ¿Por qué toda las putas cosas tienen que ser diferente? ¿Me quieren decir? Lennon soñaba con cosas iguales, o parecidas. Al menos decía algo de eso la canción por la que se mereció que le atravesaran el cráneo con una bala. Algo de eso dijo, estoy seguro.
      ¿Porqué no ser iguales? ¿dónde está el pecado? Me imagino, si una persona se acerca a mí y me dice, creo que a Pedro hay que cortarle el culo con una motosierra, y yo pienso igual, ¿dónde está el pecado? ¡Qué viva las igualdades! En el mundo, no, digo, en el universo, hay más igualdades que diferencias. Hay muchos planetas y muchas estrellas, y quichicientos asteroides, todos flotando por ahí, y están compuestos de cosas similares, o al menos eso dice la ciencia, entonces, ¿por qué hacer un culto de la diferencia?
      Es el síndrome del pito chico, eso digo. Nosotros, la Tierra, somos un planeta tan insignificante, tan pito chico que buscamos creernos algo que no somos. Diferentes. Únicos. Como ese tipo que se compra un auto último modelo tamaño Titanic. Síndrome de Pito Chico. ¿Ese celular de veinticinco pulgadas de tamaño? Síndrome de pito chico. ¿El planeta que busca lo diferente cuando en realidad es más igual que otra cosa? Síndrome de pito chico. 
      A veces pienso que nuestro planeta no debe ni siquiera tener pito. Capaz que somos como un Ken, así con un bulto de mentira. Y eso nos hace como una especie de deficientes mentales que alaban la diversidad por sobre todas las cosas.
      Somos como una especie de prostitutas de las complejidades. Así caemos con tanta facilidad en las estupideces del new age, el posmodernismo, el tren bala y Arjona. Eso sin contar con la píldora del año después, Coelho y los celulares reciclables. Seamos diferentes, hagamos culto de la diferencia.
      ¿Y donde está ese genio que pueda decir: tenemos todos dos piernas y dos manos, hablamos y morimos de cosas parecidas, veneramos cosas iguales y estamos todos encerrados en la misma puta roca? ¿Dónde está? Claro, encerrado en el Congo belga, o tapado por la maroma de pedos en escala dodecafónica, así de diferente. 
      Si alguien allá arriba o allá abajo quisiera que seamos tan especiales como pretendemos ser, quédense tranquilos, en un planeta con millones y millones de especies con la capacidad de pensar, alguien se habría dado cuenta, o incluso lo habría intuido. Pero no, no pasó todavía. Seguimos esperando al tren fantasma. 
      Al fin, síndrome de pito chico. Y diferente. Queremos agrandarlo de algún modo y con tristeza descubrimos que si existe un dios, ese fue el responsable de colocarnos las costillas de por medio para separarlo de nuestra boca. Gracias, Freud.

lunes, 12 de octubre de 2015

Día 512: Proyección

      Alquilamos un castillo inflable. Y lo usamos. No tenemos vergüenza. Es que en el geriátrico no hay mucho para hacer. Nos gustó esa película en que los viejitos rejuvenecen. Digamos que eso inspiró bastante lo que hicimos esa jodida tarde.
      Hasta lo de la calle pintada la cosa vino bien. Un policía nos advirtió que el grupo se portó mal. Y nos llevaron de vuelta a la jaula. Sería una cago en reversa. Nos drogarían y nos meterían en la cama temprano. Para nuestra desgracia eso no ocurrió. Veníamos drogados de antes, eso sí. 
      Y también perdimos la noción de tiempo. Y espacio. Como esa película en que un grupo de personas se pone en pedo y no sabe lo que hizo la otra noche. Algo parecido. Pero no esperamos lo que pasó después. Matamos a ese tipo y metimos sus pedazos en una torta sin cocinar.
      Luego vendimos cada porción en diferentes casas. Y con la plata que ganamos compramos una botella de whisky. Tenemos que creernos esa versión de la historia porque no recordamos nada.
      Debe existir alguna película con un tipo con memoria a corto plazo que no recuerda que mató a otra persona, pero nunca nos pasaron alguna así en el geriátrico. Así que suponemos que no debe existir una película así.
      Si la cosa habría quedado en un solo tipo. Pero no. Compramos muchas botellas de whisky. Y no se dieron cuenta de lo que hicimos hasta muy tarde. Así son las cosas en la ciudad. Siempre se enteran tarde.
      Éramos diez personas. Hombres entre 75 y 90 años. Uno murió de un infarto al pasar por debajo del portón de la cárcel. Tres enmudecieron. Algunos fuimos lastimados por los reclusos.
      En mi caso zafé. Hace dos años que nos tienen en la gran jaula. Seguro nos vamos a morir acá todos. Salvo uno que parece un diablo inmortal. Nos tratan de viejitos asesinos. Y poco nos importa. A veces la vida puede grabar su propia película. Y seguro que vamos a ser buenos espectadores.

domingo, 11 de octubre de 2015

Día 511: Indigente

      Me muero de hambre, ¿sabés? El día que menos te lo esperes te voy a morfar la pata. Es la puta sociedad que te deja en la vereda caníbal de la vida. A mi me gustaría morfarlo todo hasta llegar a los 120 kilos, pero apenas rasco los cuarenta.
      Tendrías que ver qué lindas me quedan las costillas. Algunas veces pensé en robar pero me arrepentí. ¿Te imaginás? Así flaco y chorro y muerto de hambre. A mí no me joden. Puede irse todo al carajo.
      Vamos a lo bueno. A lo que quieren los chantas de arriba. Esos hijos de puta que comen con tenedores de oro usando nuestras cabezas como plato. Hijos de puta. Y después quieren que los voten. Dame de morfar, hijo de puta. Engordame. Así como un pollo de fábrica. Se puede ir todo al carajo.
      Hablar de pollo me da hambre. Nunca probé. Me dijeron que era rico. Igual desconfío. Se dicen tantas cosas que no son ciertas. Una vez estaba en la plaza. Bien duro. Y vino un tipo que me pone un billete entre las piernas. Pienso, ¿Querrá que me lo coja? No soy puto, cortá pa'llá.
      Mi vida no es dura. Es áspera. Una lija. Vivo así, lija. Pero al menos me queda un tiempo acá, aunque no sé para qué me sirva. No fui a la escuela. No aprendí a leer. Y vivo así. Qué se yo.
      Dame comida. Vamos a los bifes. Eso también me da hambre. Podría vivir del aire pero esas cosas son para los robots o las modelos. Por fuera aparento tipo duro, pero por dentro me muero de hambre y dolor. Dolor de estómago, ¿saben? El día que menos te lo esperes te voy a morfar la pata. 

sábado, 10 de octubre de 2015

Día 510: Nariz de botella

      Tengo una suerte de sonrisa amigable. Me la otorga el desparpajo intelectual. Y el hecho de saber un secreto que nadie conoce. Estamos-siendo-observados. Nombre clave: D-E-L-F-I-N-E-S. Es cierto, esas porquerías resultaron ser mas inteligentes de lo que suponíamos. Pero no me importa. Soy una especie de supercientífico.
      He cometido errores en mi vida, lo acepto. Mi hijo lo sabe mejor que nadie. Ya no tiene relevancia. De nada sirve que me sigan recordando el desastre del teletransportador o el colisionador de hadrones. El asunto es ahora y acá. Estamos por ser conquistados por los D-E-L-F-I-N-E-S  y solo van a contar con mi gran intelecto para salvarlos. 
      Para los que no me conocen, mi nombre es Hans Gustav Coniglio, profesor y científico de renombre. Sé que un año fui candidato al Nobel. Me llegaron rumores. Esas cosas se hablan, ¿saben? No importa. A los bichos de pico nos referiremos. Están evolucionando. Más rápido de lo que un ser humano pueda percibir. Y sé de muy buena fuente, la mía, que su raza planea algo muy feo, que no nos va a gustar. 
      No estoy autorizado a decir mucho más. Es información que maneja mi hijo, también científico. Información clasificada. Él es el gran cerebro detrás de esta enorme operación para erradicar a los D-E-L-F-I-N-E-S de la faz de la Vía Láctea. Debemos ser temerarios. Osados a más no poder. El futuro de nuestra especie depende de ello.
      Disculpen si me pongo así de emocional, no estoy acostumbrado a esta clase de discursos...


      - Pedazo de idiota, ¿Cuándo te van a callar? ¡Queremos ver televisión en paz con tu madre!

      - Perdón papá, estaba grabando un video, ya sabés, eso que te dije de los D-E...

      - ¿No sabés decir la palabra delfín? Delfín, delfín. Ya ni siquiera podés hablar como la gente, vas a lograr que me de un inf...

      Nuestras condolencias a la familia Coniglio. El señor Coniglio sufrió una vez explosión masiva en su cuerpo producto de un rastreador colocado por los D-E-L-F-I-N-E-S. El doctor Coniglio juró sobre la tumba de su padre vengar su muerte. Y comprar un desodorante de ambiente. Las cosas en el garaje empezaron a ponerse feas.

viernes, 9 de octubre de 2015

Día 509: Siempre

      Unos cuantos decires galopantes van a parar al fuego. Fuego. Si supiera lo que digo. Ya no sé. Todo me da vueltas en el cerebro. Estoy drogado sin haberlo estado. Es un reino del siempre jamás nunca tal vez. No hay hadas ni reyes, tan solo seres humanos. Caníbales. Drogas psicotrópicas. 
      Nunca caeré de vuelta en el mismo palo. Siempre. Es la rueda de una carreta. Lento. Que me atrasa. Me posterga hasta el infinito. Una vida en delay. Espera. Y el muro que camina. Un gesto de sol y sombra. Siempre. O tal vez.
      Mi moño está rojo. Mi sed caníbal se viste de gala. Un uruguayo no es un pokemon. O al menos no lo parece. Así son las reglas. Yo lo las escribo. Quisiera. Deseo. Espera. Y la vuelta al mundo en 79 días. Y uno de regalo. Verne en gotas.
      Solución fisiológica. Drogas. Y un mar profundo. Donde se adentra el tiburón. Y otras cosas. Algo más. Sueño. Vida. Espanto. Una vida en delay. Retraso. Un vuelo a Ezeiza postergado. Como la vida misma. Basado en una historia real.
      Y por supuesto el maremoto. Cine catástrofe. Pochoclo. Mondo. Trazos de la muerte. El cogido se hace virgen. Y ese tontuelo que se olvidó de rebobinar el Vhs. Nostalgia. Recuerdos tontos. Un café vencido. Un yogurth podrido. El sandwich comido por los gusanos. Nostalgia. Sed de pasado y recuerdos tontos.
      En la tele vi algo. Me asusto. El miedo es una semilla. Un semen bueno. Me asusto. Apagaron las luces. Mamá no está. Chau, mamá. Olvidame por favor. Borrame de la lista. Tachame la doble. Cerrame la cuatro. Nostalgia y recuerdos tontos. La vida que pasa por arriba de todo, como un maremoto, y no deja nada. Solo espuma. Solo recuerdo. Y terror. Y espinas. Y más recuerdos tontos. Siempre.

jueves, 8 de octubre de 2015

Día 508: El que lleva la pala

      A veces pienso que Watergate está basada en una historia real. No como una cama a Nixon. No. Algo real. Con substancia. Después me recuerdo qué tan loco debería estar el mundo como para creer semejantes boludeces y se me tiende a escapar esa idea. 
      De todos modos creo en las conspiraciones. Estoy seguro que de cada diez rumores que circulan en la web al menos dos son verdaderos. Quizás sin fundamentos, lo acepto, pero verdaderos. Pasa que a veces existen intereses. Reales también. Son esas personitas insignificantes que se encargan de tapar el pozo. Los que transpiran con la pala. Esos son los verdaderos héroes detrás de esta historia. No los imbéciles como Snowden que solo quieren luces y cámaras. Humo y sombras. Una técnica vieja de disuasión.
      Estoy curtido en el arte de los engaños. Vivo de eso. Es mi trabajo y me sale bien. Soy un operario feliz, si se quiere decir. Ojo, no soy la personita de la pala. En mi caso solo tengo que llevar cuerpos. Y si, no se asusten. ¿O acaso conocieron alguna de revolución, por más pequeña que sea, que no se haya llevado consigo algún muerto? Es como la historia. Es una corriente que se lleva todo. Inclusive los cadáveres malolientes.
      Como les decía, soy un operario feliz. No me quejo. Entiendo que la realidad a veces necesita ser escondida. Si la sociedad conociera todo, todo, TODO, seguro enloquecería. Mis compañeros de trabajo ya lo están.
      A mí la locura me esquiva. Vi mucha sangre y a esta altura poco me importa. Creo que vivimos en un sueño largo del que nadie va a despertar. Eso me reconforta.
Me gustaría compartir más acerca de mí, pero no hay mucho más para decir. Hay personas que nacieron para hablar, otras para escuchar. Y después tienen un tercer caso, como el mio, al que todo le importa un rábano. 
      No quiero preocuparlos, pero no puedo evitarlo, tengo la lengua floja. Imaginen una cuenta regresiva. Para algo. No importa. Sea bueno. Sea malo. Algo va a ocurrir. Y yo lo sé. Y cuando ocurra van a decirme. Yo se los dije.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Día 507: No prendan fuego la habitación

      Noche tras los sueños del hombre que espera. Un corpúsculo de silencio se agiganta, nace de a poco. El portento de los caídos, saludan con la sangre de las manos cruzadas. Consigan la semilla. Rastreen el genoma y atornillen el problema a la causa. Señalen y apunten el momento en sus agendas.
      Adormilado en su recámara un príncipe piensa cosas en su mente. Pone un triste recuerdo pegado a un océano de alegría. Luego coloca una montaña y un giro inesperado. Desde arriba hasta abajo. Hasta lo profundo. Hasta que nadie sabe. Hasta que las cabezas giran sobre el piso. 
      Desde un racimo de aquella planta de uva que sostiene el mundo, que presenta un motivo valedero. El nativo desperdiciado, arropado en mantas sucias. Desde un otro lado. Sueña y pervierte. Esos hombres que tanto envilecen cuando las causas aterran. 
      Un bonito segundo es demasiado para la eternidad de una nada. Nocivo y obsecuente, decí lo que podés con lo que te tocó tener. A veces toca vestir el traje de neoprene. A veces toca deslizarse hasta lo profundo del precipicio. Un nuevo entretenimiento envejece.
      Y esa curiosidad que nos puede mantener amurados a la silla. Esas piltrafas sobre la carne. Una historia aparte. Es pasar la noche en vela moviendo los muebles. Hacer parecer la casa nueva. Engañar a los fantasmas. 
      De la nueva villanía nadie sabe. Quedaron pegados a la imagen del príncipe y su siesta mágica. Olvidan la tiranía y los sesos aplastados contra el pavimento. Cuántas viejas anécdotas para sumergir en cloroformo. Ahogar las penas en un vaso lleno de cianuro. Brindamos por los que no están y por los que no van a estar. O estaremos.
      Oprimimos el botón y expulsamos los restos. Ya no queda lo que queda. Y la soga disponible al borde del cuello. Aprieta. Ese príncipe empuja la silla. Sueña por siempre y vive. A veces toca vestir el traje del muerto. A veces toca armar el velorio y decir: no prendan fuego la habitación. 

martes, 6 de octubre de 2015

Día 506: Redistribución

      Advirtió un dejo de desprecio en su mirada. No es que el amor esté muerto. Tampoco es que exista una animosidad semejante. No, para nada. El hombre está enojado sin motivo alguno. Mira, observa y odia, así de sencillo. Es como esa vez que lo mordió el perro. De golpe lo tenía prendido del culo como un broche rabioso con dientes.
      Y no podía dejar la cosa así, ese tipo era su paciente. No puedo mandarlo a otro psicólogo, pensó. Tengo que indagar un poco más en su cabeza. Algún cabo suelto. Por algo me odia. Que yo sepa, no soy su padre, se dijo y emitió una risa que sofocó con la mano. Tenía personas que aún esperaban ser atendidas del otro lado. A nadie le gusta que la persona en quien confian su cerebro se vuelva así de loca. Pero lo estaba, y cada vez podía evitarlo menos.
      Todo por una sola persona. Un caso sin mayor sentido. Un tipo de unos cincuenta años, sin mayores traumas familiares. Una vida feliz, sin sobresaltos. No esconde nada detrás de sus palabras. No hay secretos oscuros en los placares. Un tipo demasiado común como para odiar con tanto desdén. 
      El psicólogo inició una tarea reservada para los detectives. Averiguaría todo lo que pudiera sobre ese hombre. Detrás de ese desprecio debe esconderse una cara conocida. No hay una razón mayor como para pensar otra explicación. Ese tipo me conoce, y por eso me odia, no queda otra, pensó el psicólogo. 
      Un par de teléfonos después. Sin resultados. El hombre, aparte de compartir su gusto por la pasta, no tenía nada en común con su persona. No hay un solo hilo que comuniquen sus historias. Dos gotas de agua. Él podría haber nacido en China muy tranquilo, que eso lo iba a tener sin cuidado. Pero no, el tipo entraba y salía en su vida una vez a la semana desde hace 8 años, 3 meses y 17 días.
      Nunca necesitó atención psicológica. Nunca. Podría considerarlo el hombre más sano del planeta. Feliz y sano de cabeza. Sin embargo se dedicadaba una semana a gastar el dinero en sus servicios. Quería que lo curaran. Pero no había nada para curar. Y lo peor de todo, la sonrisa. Era diabólica. Reía y reía y no paraba de mostrar los dientes. Parecían como si alguien les hubiese sacado punta durante la noche. Ese hombre debe ser el diablo, pensó una noche, cuando se acercaba el octavo aniversario de su llegada. 
      Y no lo era, aunque la explicación distaba mucho de considerarse lógica. La cosa era más sencilla de lo que pensaba, aunque no por ello de fácil comprensión. Necesitó dedicarle unas horas de tiempo al asunto. Revisar viejos cuadernos de anotaciones. Cotejar datos con las fichas de la PC. Leer algunos artículos para refrescar algunos conceptos olvidados. Y ahí cayó en la cuenta. Eureka. 
      Ese hombre es el perro. El perro. Ese perro. ¿Cómo murió? No recuerdo. Lo olvidé. ¿O lo reprimí? Recordá. Recordá. Te mordió. Le echaste bronca. Un día saliste con el auto. Y sin querer. Sin querer. Con ganas. Lo agarraste justo al medio. Sangraba mucho por el costado. Lo viste. Tenía esa misma mirada de desprecio. Y detrás de tanto odio pedía ayuda. Ayuda.

lunes, 5 de octubre de 2015

Día 505: El pueblo de los estúpidos

      Pedí una justificación al acto y solo recibí silencio. Los nuevos acólitos pedían mi carne. En el paroxismo del deseo un hombre se me arrojó a los brazos. Debió haberse creído todas esas mentiras que se decían de mí.
      Me trataron de santo por una estupidez. Una casualidad. Reviví a un tipo que en realidad no estaba del todo muerto. Así fueron las cosas. Después la gente empezó a hablar.
      Todo creció como una gran bola de mierda. Quise desmentirlo, pero no quisieron creerlo. Prefirieron acercarse a una explicación mágica del asunto.
      Hasta un cierto punto no me molestó el trato que recibía. Eso hasta que todo empezó a irse a la mierda. La gente del pueblo se preocupó. Y los entiendo, cuando la crisis aflora, las personas enloquecen. 
      Primero trataron de solucionar el problema. No lo lograron. Así que siguieron con los chivos expiatorios. Ahí es donde caí en la volteada. Yo, sin comerla ni beberla. Nunca me preocupé por el destino de esta pobre gente corta de mente. Nunca. Pero ellos sí. Oh, sí, ellos sí.
      Me ataron a un palo. Me tuvieron desnudo por dos noches. Trataron de prenderme fuego. Pero después se arrepintieron. No querían parecer unos salvajes. Tarde. Ya lo eran. 
      Después quisieron exorcizarme. Yo les dije, lo más calmado posible, que el problema que tenían no era conmigo, sino con su política económica deficiente. No me entendieron. Eran demasiado imbéciles para comprender. Así que se la siguieron agarrando conmigo, a ver si algo pasaba.
      Claro que algo pasó. Como es lógico, las cosas empeoran cuando se les deja de prestar la atención debida. Toda esa atención derivada en mi asunto acentuó los signos de la crisis. Ellos creyeron que eso era una especie de mensaje de algún dios desconocido. Creían en demasiadas estupideces. Tampoco estaba en una situación de discutirlo mucho. Mi vida estaba en riesgo.
      Y agrego. Aun lo está. Todavía sigo atado y desnudo. Pasaron dos semanas. Por suerte aun se acuerdan de alimentarme. Aunque no creo que sea por demasiado tiempo. Van a morir todos, lo sé. Dejaron de cosechar y hacer sus cosas por dedicarme todo su tiempo. Va a llegar el día en el que los huesos del pueblo de los estúpidos se sienten a juzgar mis acciones. Y yo, por supuesto, eso espero.

domingo, 4 de octubre de 2015

Día 504: Nociones de paganismo

      Con el monedero vacío una señora esperaba al micro en la parada. Hacía un frío de cagarse. Pensó que debería haberse quedado en su casa. Esta noche era el ritual de extirpación. Nadie se lo pierde. Sería su bienvenida al club.
      Primero debería operar en la lástima de algún pasajero. Su apariencia de viejita inofensiva ayudaría. Un par de moneditas, joven. Si tan solo supieran lo bien que manejaba el cuchillo. 
      La mayoría solía incurrir en el error de las malas interpretaciones. Todos hablaban de una secta de asesinos. Ellos preferían considerarse más bien reguladores de las circunstancias. La entrada no era fácil. Muy pocos atravesaban todas las pruebas... vivos.
      A ella solo le restaba el ritual de extirpación. Una biopsia manual sería el nombre más acertado. La señora debería clavar un cuchillo en su cuerpo y retirarse un órgano antes de morir desangrada. Todo un desafío. 
      Si se manejaba el ritual con asepsia, era posible vivir sin perder demasiada sangren. Para ello se necesitaba un manejo impecable del cuchillo. Extracción quirúrgica.
      Las horas hasta la noche se acercaron y con ellas la prueba definitiva. La señora vestía la túnica violeta de los iniciados. Luego del juramento le preguntaron adónde iba a cortar. La señora señaló en su espalda.
      Debajo de las máscaras asomaron varios gestos de asombro. Nadie en su sano juicio vive luego de extirparse un pulmón. Podía ofrecer un dedo y serviría al ritual, ¿Estaba segura? Estaba segura.
      Clavó el cuchillo con firmeza. Luego metió la mano y arrancó el pulmón de cuajo. No cayó una sola gota de sangre. 
      La piel de la señora empezó a derretirse. Numerosos tentáculos asomaban de su cuerpo. Un enorme calamar despedía tinta negra de la parte baja. Cthulhu, el salvador había regresado.

sábado, 3 de octubre de 2015

Día 503: Acceso denegado

      Privado de aire. A decir verdad, Marte era una mierda. No era lo que vendieron en el folleto. El cuerpo nunca se acostumbra. Nunca. Un nuevo vómito. ¿Cuándo terminaría ese suplicio? Nunca. Y lo sabía.
      Recordó a su madre. Nunca te metas en una aventura sin antes usar la nariz. Olé el peligro, nene. No seas impulsivo. Después tosió sangre y murió. No dijo más nada. El cáncer dijo lo que tenía que decir.
      Turismo aventura. Debería caminar cinco kilómetros hasta llegar a la colonia. No había avanzado ni cien metros todavía. El conserje del hotel no le envió ayuda para llevar sus maletas. Claro, si es que existe un conserje. O un hotel. 
      Sus sospechas se confirmaron. El gran Martian Splendid era una nube de polvo. En un montículo había una nota y una pala. La nota decía: "cavá". Excelente, ejercicio en Marte. Ideal para combatir el frío que le helaba hasta la punta del pito. 
      Y así pasó gran parte del día. La pala subía y bajaba al ritmo de su pecho. Privado de aire. Todavía no se acostumbraba a la atmósfera marciana. Por que claro, Marte era una mierda. 
Estaba muy cansado por tanto cavar así que se tomó una siesta. No cavaría más. Ese pozo podía irse bien al carajo. Y habría cumplido a su promesa de no aparecer la segunda nota: "Seguí cavando. Te estamos mirando ". 
      ¿Y por qué no me mandan ayuda, manga de idiotas? Gritó al vacío marciano. Recibió una bala por respuesta. El proyectil pasó a centímetros de su cabeza. A lo lejos sintió que el francotirador recargaba el fusil.
      Gruñó una mala palabra y volvió a tomar la pala. La situación era exasperante. Si no comía algo sustancioso pronto, moriría de hambre. Sin dudarlo.
      Un nuevo descanso. Una nueva nota: "Cavá. Estás cerca" Cerca de hacer una pileta olímpica en el medio de la nada marciana. De eso estoy cerca, suspiró.
      Le quedaban pocas baterías. Era un robot de los modelos viejos. Recibía aire y comida, como un ser humano, pero tenía que recargar la batería solar una vez a la semana. Pronto colapsaría por el esfuerzo. 
      Un par de paladas más y esa fue toda la historia. El robot cayó al suelo. Descarga total, anunciaba el sistema. Un fuerte viento corrió por Marte. Eso ayudó a descubrir un cartel debajo de la improvisada excavación. Un cartel amarillo, pintado en letras rojas, que decia Martian Splend...

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