jueves, 1 de octubre de 2015

Día 501: Remembranzas del presidente del mundo

      Una docena de vidrios astillados. ¿Qué carajo pasó acá? El dolor de cabeza abotargaba los sentidos. Ahí vienen las promesas. No tomo más. Basta de fiestas. De ahora en más juguito. Y otro tanto de payasadas similares. No. Nadie se atrevería a decírselo en la cara. Era un borracho incurable. Un idiota también, por cierto.  Y más que nada, el presidente del mundo.
      ¿Cómo contradecir a semejante sujeto? Te puede mandar a matar con un solo guiño. Así de tanto poder tenía el hombre. Dicen que una vez mandó a construir un inodoro en el medio del salón de conferencias. Solo por las dudas. Hay que perdonarle las excentricidades. Debe estar sometido a la responsabilidad del cargo. Si se lo tomara en serio, por supuesto.
      El hombre es un mercachifle con resaca. Es el tipo más poderoso de la galaxia, aunque en este estado cualquiera podría matarlo con una cuchara. Menuda contradicción. Poder de testaferro, podría decirse.
      Por ahí el hombre desbarrancó cuando perdió a su esposa. No, para nada, agrega uno de sus ministros, ya era idiota de mucho antes. Y lo más extraño, las circunstancias en que llega al poder. Se recordará por mucho tiempo el corleonazo del Parlamento, cuando un loco con ametralladora al grito de "Vengan con Sigmund, bastardos" asesinó a cada miembro del gobierno. Desde el presidente, hasta el ministro más insignificante. Todos muertos. No. Casi todos. Un notario regresó a su banca unos quince minutos después con un café y un crossaint. Venía del baño. 
      Por ciertas leyes inexplicables de los hombres, este notario se convirtió, por defecto, en el nuevo presidente del mundo. Debido a la muerte de todos sus compañeros, había heredado cada uno de sus cargos. Ahora sobre su idiota cabeza reposaba todo el Estado. En realidad él era el Estado. 
      Así que el hombre en cargo era con creces un imbécil. Un imbécil con imaginación. Pero imbécil. Es la bebida. Alguna razón había que encontrarle a tanta falta de raciocinio junta. Su cargo duró unos joviales veinte años, hasta su muerte. Grandes delegaciones de científicos investigaron el cerebro del presidente, y nadie pudo encontrar la solución al enigma.
      Su muerte también fue un trágico accidente. Jugaba al golf en la salón de conferencias. La mala fortuna quiso que la pelotita cayera dentro del inodoro. Trató de sacarla, pero la pelotita se resbaló. El presidente metió la cabeza hasta el fondo. Y no la volvió a sacar hasta que vinieron los forenses. Dicen que cuando lo velaron, aún tenía olor a pis y restos de excrementos. 

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