viernes, 2 de octubre de 2015

Día 502: Viaje de estudios

      Arresten a ese hombre con pinta de árabe, dijo, y las alarmas sonaron. No por la calidad racista de su composición sino por el peligro que representaba para la seguridad nacional. Un peligro con mayúsculas. Además, nadie quería a los árabes. Nadie.
      El hombre detenido era un catedrático musulmán de la Universidad de Oxford. Accedió con gentileza a los pedidos de los guardias, sin hacer caso del mal trato recibido. La documentación estaba en orden. Esa fue su bienvenida a la tierra de las oportunidades.
      Su estadía sería breve. Siete días, lo que dura el Congreso. Luego retornaría a Inglaterra. Nunca supo que enloquecería al poco tiempo. Nunca sabría que moriría, muy pronto.
      Pero nada de eso ocurrió hasta el viernes. Los primeros días fueron más que ordinarios. El investigador inglés salió a pasear un par de veces. Una noche fue al teatro. Pidió dos veces comida en el hotel. Comió el jueves en un restaurante del centro de la ciudad. Y el viernes todo su mundo mental se vino abajo. 
      El cambio fue inadvertido por sus colegas. Leía un abstract a un grupo de veinticinco personas. Tuvo que detenerse. Traspiraba como un levantador de pesas.  Un par de personas se preocupó por que le fuera a dar un infarto. A los pocos minutos el investigador inglés retomó la calma y explicó a los presentes cómo deberían manejarse ahora que estaban siendo observados.
      Todos aplaudieron la broma. Recordaron el incidente del aeropuerto y lo asociaron a eso. La bendita política de seguridad estadounidense. Pero tuvo que aclarar. Siempre hay que aclarar.
      Los pitufos. Están con nosotros. Nos observan. Quieren asesinarnos con sus diminutas manos y tomar el poder. Un colega amigo se acercó al escritorio y lo palmeó en la espalda. Necesitás un descanso, viejo. El aire de Nueva York te cae pésimo a tu sentido del humor inglés.
      El investigador tomó a bien el consejo de su amigo y salió a la calle. Necesitó desnudarse. Tenía calor. Además así sería inrrastreable para esos malditos pitufos de piel azul. El hombre entró a una casa de empeños y pidió un arma y un racimo de granadas. 
      El vendedor tomó las libras entre sus manos con una mirada libidinosa y entregó la mercadería sin agregar comentario. Y un lanzallamas. Y un rifle automático. El vendedor asintió, parco. Dijo la cifra. El investigador inglés pagó con cambio exacto. 
      Ahora, armado hasta las pelotas y desnudo, tomó la calle. Las personas caminaban por la vereda sin inmutarse. Algunos sacudían revistas como si fuesen abanicos. Era un día caluroso.
      Los peores miedos del catedrático de materializaron. Estaba acertado acerca de la tasa de reproducción del pitufo. Sus crías nacían a niveles inauditos. Reproducción acelerada. En cuestión de minutos, la quinta avenida y gran parte del Central park se encontraban infestados de pitufos deseosos de acabar con la humanidad.
      Nadie tuvo tiempo de aclararle al investigador que todo lo que veía solo ocurrió en su mente. En realidad nadie tuvo tiempo de nada. Por miedo al árabe desnudo y armado nadie se atrevió a levantar la mirada. Muchos otros más lo ignoraron. Y el inglés se despachó contra kilómetros y kilómetros de personas. Cientos de casquetes de balas cayeron al piso. Pedazos de pavimento volaron por los aires por efecto de las granadas de fragmentación. El investigador inglés se movía como un soldado de película.
      Tuvieron que morir unos cientos más para que el Ejército neutralizara al catedrático. En su fantasía de pitufos, sus balas atravesaban la carne azul de los pequeñitos. 
      Cuando su arsenal se terminó, el investigador tomó asiento. Su frente hervía de la fiebre. Estaba insolado. Y nadie se dio cuenta. Ni siquiera en el hospital. Por sus pertenencias lo identificaron. En estado de semiinconsciencia lo devolvieron a la habitación de su hotel. 
      El catedrático inglés durmió por tres días y tres noches. Se levantó con hambre, así que pidió un desayuno completo. No se acordaba de nada acerca de los pitufos. Encendió la televisión. Las noticias de la mañana. Su cara adoptó una mueca de terror. La visa. Ayer se me venció la visa, pensó.

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