lunes, 5 de octubre de 2015

Día 505: El pueblo de los estúpidos

      Pedí una justificación al acto y solo recibí silencio. Los nuevos acólitos pedían mi carne. En el paroxismo del deseo un hombre se me arrojó a los brazos. Debió haberse creído todas esas mentiras que se decían de mí.
      Me trataron de santo por una estupidez. Una casualidad. Reviví a un tipo que en realidad no estaba del todo muerto. Así fueron las cosas. Después la gente empezó a hablar.
      Todo creció como una gran bola de mierda. Quise desmentirlo, pero no quisieron creerlo. Prefirieron acercarse a una explicación mágica del asunto.
      Hasta un cierto punto no me molestó el trato que recibía. Eso hasta que todo empezó a irse a la mierda. La gente del pueblo se preocupó. Y los entiendo, cuando la crisis aflora, las personas enloquecen. 
      Primero trataron de solucionar el problema. No lo lograron. Así que siguieron con los chivos expiatorios. Ahí es donde caí en la volteada. Yo, sin comerla ni beberla. Nunca me preocupé por el destino de esta pobre gente corta de mente. Nunca. Pero ellos sí. Oh, sí, ellos sí.
      Me ataron a un palo. Me tuvieron desnudo por dos noches. Trataron de prenderme fuego. Pero después se arrepintieron. No querían parecer unos salvajes. Tarde. Ya lo eran. 
      Después quisieron exorcizarme. Yo les dije, lo más calmado posible, que el problema que tenían no era conmigo, sino con su política económica deficiente. No me entendieron. Eran demasiado imbéciles para comprender. Así que se la siguieron agarrando conmigo, a ver si algo pasaba.
      Claro que algo pasó. Como es lógico, las cosas empeoran cuando se les deja de prestar la atención debida. Toda esa atención derivada en mi asunto acentuó los signos de la crisis. Ellos creyeron que eso era una especie de mensaje de algún dios desconocido. Creían en demasiadas estupideces. Tampoco estaba en una situación de discutirlo mucho. Mi vida estaba en riesgo.
      Y agrego. Aun lo está. Todavía sigo atado y desnudo. Pasaron dos semanas. Por suerte aun se acuerdan de alimentarme. Aunque no creo que sea por demasiado tiempo. Van a morir todos, lo sé. Dejaron de cosechar y hacer sus cosas por dedicarme todo su tiempo. Va a llegar el día en el que los huesos del pueblo de los estúpidos se sienten a juzgar mis acciones. Y yo, por supuesto, eso espero.

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