martes, 6 de octubre de 2015

Día 506: Redistribución

      Advirtió un dejo de desprecio en su mirada. No es que el amor esté muerto. Tampoco es que exista una animosidad semejante. No, para nada. El hombre está enojado sin motivo alguno. Mira, observa y odia, así de sencillo. Es como esa vez que lo mordió el perro. De golpe lo tenía prendido del culo como un broche rabioso con dientes.
      Y no podía dejar la cosa así, ese tipo era su paciente. No puedo mandarlo a otro psicólogo, pensó. Tengo que indagar un poco más en su cabeza. Algún cabo suelto. Por algo me odia. Que yo sepa, no soy su padre, se dijo y emitió una risa que sofocó con la mano. Tenía personas que aún esperaban ser atendidas del otro lado. A nadie le gusta que la persona en quien confian su cerebro se vuelva así de loca. Pero lo estaba, y cada vez podía evitarlo menos.
      Todo por una sola persona. Un caso sin mayor sentido. Un tipo de unos cincuenta años, sin mayores traumas familiares. Una vida feliz, sin sobresaltos. No esconde nada detrás de sus palabras. No hay secretos oscuros en los placares. Un tipo demasiado común como para odiar con tanto desdén. 
      El psicólogo inició una tarea reservada para los detectives. Averiguaría todo lo que pudiera sobre ese hombre. Detrás de ese desprecio debe esconderse una cara conocida. No hay una razón mayor como para pensar otra explicación. Ese tipo me conoce, y por eso me odia, no queda otra, pensó el psicólogo. 
      Un par de teléfonos después. Sin resultados. El hombre, aparte de compartir su gusto por la pasta, no tenía nada en común con su persona. No hay un solo hilo que comuniquen sus historias. Dos gotas de agua. Él podría haber nacido en China muy tranquilo, que eso lo iba a tener sin cuidado. Pero no, el tipo entraba y salía en su vida una vez a la semana desde hace 8 años, 3 meses y 17 días.
      Nunca necesitó atención psicológica. Nunca. Podría considerarlo el hombre más sano del planeta. Feliz y sano de cabeza. Sin embargo se dedicadaba una semana a gastar el dinero en sus servicios. Quería que lo curaran. Pero no había nada para curar. Y lo peor de todo, la sonrisa. Era diabólica. Reía y reía y no paraba de mostrar los dientes. Parecían como si alguien les hubiese sacado punta durante la noche. Ese hombre debe ser el diablo, pensó una noche, cuando se acercaba el octavo aniversario de su llegada. 
      Y no lo era, aunque la explicación distaba mucho de considerarse lógica. La cosa era más sencilla de lo que pensaba, aunque no por ello de fácil comprensión. Necesitó dedicarle unas horas de tiempo al asunto. Revisar viejos cuadernos de anotaciones. Cotejar datos con las fichas de la PC. Leer algunos artículos para refrescar algunos conceptos olvidados. Y ahí cayó en la cuenta. Eureka. 
      Ese hombre es el perro. El perro. Ese perro. ¿Cómo murió? No recuerdo. Lo olvidé. ¿O lo reprimí? Recordá. Recordá. Te mordió. Le echaste bronca. Un día saliste con el auto. Y sin querer. Sin querer. Con ganas. Lo agarraste justo al medio. Sangraba mucho por el costado. Lo viste. Tenía esa misma mirada de desprecio. Y detrás de tanto odio pedía ayuda. Ayuda.

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