martes, 13 de octubre de 2015

Día 513: Síndrome de pito chico

      Hay una pequeña diferencia entre llorar y llorar. Seguro debe ser tácita. Aunque todavía no la descubrimos. De hecho, es la puta tendencia de buscar diferencias entre y entre. ¿Por qué toda las putas cosas tienen que ser diferente? ¿Me quieren decir? Lennon soñaba con cosas iguales, o parecidas. Al menos decía algo de eso la canción por la que se mereció que le atravesaran el cráneo con una bala. Algo de eso dijo, estoy seguro.
      ¿Porqué no ser iguales? ¿dónde está el pecado? Me imagino, si una persona se acerca a mí y me dice, creo que a Pedro hay que cortarle el culo con una motosierra, y yo pienso igual, ¿dónde está el pecado? ¡Qué viva las igualdades! En el mundo, no, digo, en el universo, hay más igualdades que diferencias. Hay muchos planetas y muchas estrellas, y quichicientos asteroides, todos flotando por ahí, y están compuestos de cosas similares, o al menos eso dice la ciencia, entonces, ¿por qué hacer un culto de la diferencia?
      Es el síndrome del pito chico, eso digo. Nosotros, la Tierra, somos un planeta tan insignificante, tan pito chico que buscamos creernos algo que no somos. Diferentes. Únicos. Como ese tipo que se compra un auto último modelo tamaño Titanic. Síndrome de Pito Chico. ¿Ese celular de veinticinco pulgadas de tamaño? Síndrome de pito chico. ¿El planeta que busca lo diferente cuando en realidad es más igual que otra cosa? Síndrome de pito chico. 
      A veces pienso que nuestro planeta no debe ni siquiera tener pito. Capaz que somos como un Ken, así con un bulto de mentira. Y eso nos hace como una especie de deficientes mentales que alaban la diversidad por sobre todas las cosas.
      Somos como una especie de prostitutas de las complejidades. Así caemos con tanta facilidad en las estupideces del new age, el posmodernismo, el tren bala y Arjona. Eso sin contar con la píldora del año después, Coelho y los celulares reciclables. Seamos diferentes, hagamos culto de la diferencia.
      ¿Y donde está ese genio que pueda decir: tenemos todos dos piernas y dos manos, hablamos y morimos de cosas parecidas, veneramos cosas iguales y estamos todos encerrados en la misma puta roca? ¿Dónde está? Claro, encerrado en el Congo belga, o tapado por la maroma de pedos en escala dodecafónica, así de diferente. 
      Si alguien allá arriba o allá abajo quisiera que seamos tan especiales como pretendemos ser, quédense tranquilos, en un planeta con millones y millones de especies con la capacidad de pensar, alguien se habría dado cuenta, o incluso lo habría intuido. Pero no, no pasó todavía. Seguimos esperando al tren fantasma. 
      Al fin, síndrome de pito chico. Y diferente. Queremos agrandarlo de algún modo y con tristeza descubrimos que si existe un dios, ese fue el responsable de colocarnos las costillas de por medio para separarlo de nuestra boca. Gracias, Freud.

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