viernes, 16 de octubre de 2015

Día 516: Apagar una hoguera

      Luego de la caída del Tercer Reich en 1945 muchos oficiales del nazismo abandonaron una Alemania en llamas. Gracias a las bondades de la red Odessa, gran cantidad de oficiales de las SS encontraron refugio en los paraísos nacionalsocialistas de Latinoamérica, en especial Argentina.
      Esa fue la suerte del Hauptsturmführer Müller. Un avión con destino a Buenos Aires lo salvó por un pelo de caer a manos de los rusos. Muchas noticias llegaban, y no eran del todo buenas. Siberia aguardaba. Los Gulags tenían hambre de carne nazi.
      Müller podía respirar tranquilo. Su avión ya estaba lejos de Berlín, Europa y la mar de fuego que había dejado la segunda guerra mundial. La suerte, como cualquier tipo de energía, no se destruye, más bien se transforma. Eso le ocurrió a la fortuna de este oficial nazi. Para su desgracia, la suerte tenía grandes planes que tenían a Müller como protagonista central de la historia.
      Primero, el viraje dramático. Un desperfecto mecánico que obliga al avión a cambiar el rumbo, y con ello su destino. Ahora habría que llegar a la Patagonia. Nueva parada. Nuevos planes. Claro que nunca llegarían al lugar. El pequeño desperfecto mecánico resultó ser más grave de lo que se pensaba.
      Con las últimas gotas de combustible, el avión cayó en picada a unos cuantos kilómetros de la base más próxima. Allá al sur. Más allá del sur. Un reino blanco. La Antártida daba una gélida bienvenida al ex SS del Tercer Reich. El piloto, único acompañante de Müller, falleció en el acto. Blanco. Solo la nieve y Müller. Müller y la nieve.
      El avión destrozado le serviría de refugio hasta que consiguiera un pronto rescate. La radio estaba averiada, así que tendría que caminar y caminar para sobrevivir. No esta noche, pensó. El frío le calaba los huesos. Eran casi las cuatro de la tarde. Ni un rayo de sol asomaba. Veinte grados bajo cero. Eso indicaba el termómetro.
      Tendría que encender pronto una hoguera o pronto se convertiría en un helado humano. Müller arrancó de cuajo los asientos del avión y se dispuso a prenderlos fuego. Los elementos ardieron al instante. El súbito calor encendió el rostro de Müller. Esta noche viviría, pensó.
      El destino tenía otros planes. Justicia poética, tal vez. Una ráfaga de viento se coló por el hueco que había dejado el avión destrozado. El hueco había dejado de existir. Ahora el avión estaba tapado por la nieve. 
      El fuego, ajeno a los caprichos del viento, no menguaba. Por el contrario, crecía. Crecía. Se extendía más allá de su radio. El avión se incendiaba, no cabía la menor duda. Y Müller no tenía escapatoria. Debería arrojarse a la hoguera o morir en el intento. 
      Su cuerpo giró entre las llamas. Las nuevas heridas se mezclaban con la nieve, y la nieve generaba más heridas. El fuego seguía su carnaval maníaco sin dar señales de apagarse. 
      La nieve caía y no paraba de caer. El fuselaje del avión pronto fue cubierto por su níveo abrazo. Algo dentro se cocinaba. Un pingüino pasó por el lugar. Utilizó su olfato desarrollado para sentir el olor de la carne de un animal desconocido. Eso le recordó que hacía horas que no comía. Sin más dilaciones, el pingüino se deslizó por la nueva ladera hasta llegar al lago más próximo. La pesca ese día fue todo un éxito. 

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