sábado, 17 de octubre de 2015

Día 517: La invocación

      En una tarde apacible de Otoño un grupo de niños juega en la plaza. Están tomados de la mano. Juegan. Así parece. Aunque el rito de invocación no es ningún pasatiempo. Para realizar el correcto llamado al demonio se necesitan seguir los pasos al pie de la letra, caso contrario se puede pagar con la muerte de los iniciados.
      Uno de los niños dejó caer un chorro de moco de su nariz. Estaba mezclado con sangre y un líquido negruzco. A los pocos minutos se trabó en una convulsión propia de un contorsionista. Cada cartílago de su cuerpo estaba puesto al borde de su misma resistencia. La torsión quebraría pronto al pequeño. 
      El demonio asomó desde el centro de la ronda. Saludaba con amplios ademanes a los niños sobrevivientes. Se necesita sangre, explicó. Con una sonrisa beata preguntó los motivos de la invocación.
      Un pequeño envalentonado se arrimó al costado del demonio. Queremos una torta, dijo. Un niño de unos seis años se quejó: ¿no le íbamos a pedir que nos baje la pelota del techo? En realidad el acuerdo era una torta y que luego nos lea un cuento, convino el muchacho que se había acercado al demonio.
      La única niña que se encontraba en el grupo dijo: Recuerdo bien, dijimos torta y luego cuento. Y después, si había tiempo, que nos baje la pelota. Así fue. Todos los niños asentían. Mejor no discutir con ella. Tiene ese caracter. Como de mamá enojada, decían por lo bajo. 
      El demonio empezaba a impacientarse. No tenía tiempo para perder con estos monos subdesarrollados. Desaparecería sin decir palabras. Tenía negocios por delante. Fue cuando sintió que una navaja acariciaba su rostro. 
      Dijimos torta y cuento, agregó el niño. No fue un deseo, es una orden. Átenlo. Entre dos encadenaron al demonio con unos cables de cobre. No opuso resistencia, sus poderes durante los ritos de invocación eran mínimos como para detenerlos. Qué mierda, podría morir si así se lo propusieran esas horribles criaturas.
      Nunca hice una torta, dijo el demonio con voz casi inaudible. Vas a aprender, dijo el muchacho, y lo palmeó en la espalda. Vas a aprender.

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