domingo, 18 de octubre de 2015

Día 518: Tratado acerca de la imprevisibilidad

      Hasta 2518 se emitieron los neuromanuales de Prospección histórica de las ciudades, en donde se detalla de manera precisa cada etapa modélica de una civilización, desde su génesis hasta su ulterior destrucción. Los editores, cansados de tantas quejas, decidieron cerrar el área de Profecías varias. Así se llamaban los libros que tenían como centro de su acción el futuro.
      Antes, unos cuantos cientos de años atrás, a esos libros se los llamaba Ciencia ficción. Claro que, a diferencia de lo que podían hacer tipos como Heinlein, Sturgeon o Ellison, las dataciones de estos estudios tenían un índice de precisión absoluta. Y todo se reducía a un algoritmo. Uno solo. Pequeño. Más pequeño que todo el cúmulo de información abarcado por la extinta Supranet. 
      El descubrimiento surgió de un niño. Mejor dicho, el sentido común de un niño, que se preguntó, ¿qué pasa si todos juntáramos nuestras cabezas para crear una cabeza gigante? y eso realizó la ciencia del siglo XXVI, luego de un primer intento fallido que tomó en sentido literal esta pregunta. 
      El manejo de la información tenía que reducirse a una mínima partícula. Algo más ínfimo que la totalidad de ceros y unos que abarca el código binario. Una partícula. Algo que se desarrolle de modo tal que cubra todo el espectro de intención humana respecto a la germinación de su existencia en la Nueva Tierra (ex Marte).
      El proyecto se mantuvo en secreto por años. Las velocidades de transmisión de datos asombraban hasta al científico más incrédulo. Las redes neuronales tenían una capacidad de generar recursos energéticos a bajo costo, y con ello el reinado de lo que se llamó Supranet observaba de cerca su fin. 
      Durante el siglo XXV la emisión de neuromanuales se convirtió en un furor de ventas comunitarias. Millones de libros fueron compartidos a través de las mentes insertadas en el sistema. La editorial de la Nueva Tierra publicó neuromanuales de lo que se nos pueda ocurrir. Prospección histórica de los perros. Prospección histórica de la semilla de maiz. Prospección histórica de Marte. Prospección histórica de la diarrea. Futuro para todo los gustos. A Darwin le habría agradado presenciar como un fenómeno tan complejo como la evolución se convertía en un tema de conversación tan trivial y predecible como decir que uno más uno suman dos. 
      De los miles de neuromanuales que atravesaban las neuronas compartidas por el sistema Particular, el de mayor éxito era el llamado Prospección histórica de las ciudades. De acuerdo al autór (anónimo), el ciclo vital de una ciudad es de 150 años, con la posibilidad de extenderse a 2000 años, en los casos más extraordinarios. Ese era el promedio. Más allá de eso, nada. Solo muerte y final.
      La industria aprovechó la fama de estos neuromanuales. Surgieron parques de diversión que permitían caminar por las ruinas de una ciudad de 1999 años. También se inauguraron museos de ciudades, en donde se conservaban restos de antiguas ciudades, como Nueva York, Paris o Buenos Aires. Y otros proyectos de intereses económicos similares. 
      Claro que los neuromanuales no podían profetizar acerca de su propio futuro. A ningún editor en la Nueva Tierra se le ocurrió emitir una Prospección histórica de los neuromanuales. A nadie. Y así fue como llegó 2518. Con el mercado atorado y la gente cansada. Las editoriales dejaron de considerar a los neuromanuales como un producto con grandes réditos económicos. Ahora el futuro estaba en los libros. Hojas de papel con historias creadas a partir de la cabeza. Algo nunca visto. Imprevisible.

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