lunes, 19 de octubre de 2015

Día 519: Inanición ritual

      Desde dentro cerraron la puerta. Alguien pudo oler el hedor de la muerte acercándose. Nada que se pueda impedir. El viejo lo querría así, pensó Mabel. Si al menos se dejara llevar al hospital, viejo cabrón. Dejó escapar una lágrima que aplastó al piso.
      Huelga de hambre, en eso estaba el papá de Mabel antes de morirse. En realidad estuvo cerca, no le agreguemos dramatismo. Lo llevaron al hospital, estuvo unos días en cama y salió sano. Murió unos quince años después de otra cosa diferente. Pero esa fue la primera vez que la parca estuvo cerca de llevárselo. De eso sí podemos estar seguros.
      En realidad la historia de los últimos quince años de Omar es lo que amerita gastar unas cuantas letras antes del punto final. El viejo había encontrado en la falta de comida un secreto inaccesible a gran parte de la humanidad. La cura contra la muerte. Increíble, ¿no? Omar sabía que lo que mata es el estímulo en exceso y no saciar la necesidad. 
      El hombre era analfabeto. Eso no le habría impedido cruzarse algunas palabras con Freud si hubiesen sido contemporáneos. La teoría revolucionaria murió con Omar ya que, como era de esperarse, alguien hizo lo que no debía. 
      Fue como pasó con los Gremlins. No debían alimentarse después de cierta hora. Y así pasa con los seres humanos. De acuerdo a los estudios particulares de Omar, el ser humano a partir de los 65 años (promedio) puede vivir sin recurrir a la comida por un período de trescientos a cuatrocientos años. Incluso llegar a los setecientos si se lo propone.
      La clave estaba en la Biblia. La manzana podrida. Dios no castiga a Eva y Adán por comérsela, en realidad los castiga por comer. El pecado es comer. Eso lo entendieron a la perfección los primeros hombres. Por eso vivían tanto. Con Sodoma, Gomorra, llegaron los pecados. Mejor dicho, con las comilonas. 
      Mabel no entendía a su padre. Le atribuía la locura a un achaque de los años. Papá, no podés dejar de comer, ¿vos te querés morir? Y no, no quería eso, por eso había dejado de comer. Pero su hija poco entendía estas cuestiones de la ciencia. 
      Su hija lo trataba como un pequeño caprichoso. Y encima eso de teñirse el pelo. Cosa de viejos. Omar nunca alcanzó a explicar que nunca un solo químico de tintura cayó sobre su cabeza. Era el hambre que lo rejuvenecía.
      La falta de comida, cada vez que las huelgas de hambre funcionaban, tenían resultados extraordinarios sobre su cuerpo. El pelo retomaba su color original. La piel se volvía tersa. 
      En vano trató de convencer al viejo que la ciencia, la verdadera ciencia pensaba lo opuesto. Mejor dicho, había comprobado lo contrario. El hambre mata y punto, viejo, entendelo, metelo bien dentro de esa cabeza de melón. Comete algo. Mabel luchaba contra un paredón de concreto. Omar no cedía de su posición.
      Les falta fe, m'hija. Estoy sano, entendelo. Eso por no comer. Lo que no sabía es que por las noches, mientras dormía, una sombra furtiva le daba de comer. Alguien se preocupaba por Omar y así lo cuidaba, con ahínco. Mabel también lo desconocía. La sombra tenía bien en mente el plazo. Quince años. Cuando expire el contrato, lo llevamos. Este hombre está para cosas más importantes.

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