miércoles, 21 de octubre de 2015

Día 521: Para pensar un acuerdo

      Estamos para vindicar el silencio de una promesa. Porque fuimos víctimas de un abrazo crudo. Y la pregunta del ángel que cae indefinido en tierra desconocida. Dejamos caer la carne podrida. De la serpiente que sisea ya no más.
      En un parque nuestras almas vagaron sin leyes. Trastabillaron por el placer de la equivocación. Y el sueño muerto de Edipo. Una roca pesada clavada en el maxilar izquierdo. La herencia de nuestros padres. Memorias del no recuerdo.
      Para algún lado fuimos por no tener adonde ir. Nosotros, sin techo, sin cabeza. Desestabilizados. Un cielo precario, accidental. Nuestro poco tino para las palabras. Esas que hacen del hombre poeta. Nos queda tan largo el disfraz.
      Nadamos hacia donde las aguas dejan de existir. Hacia los límites del aire. Un algo que se confunde con la nada. Un momento asible entre tantos. Sin caer. Nada especial. Una marca en la guerrilla de las frases lindas y esperadas. Un inacabamiento a lo que se da. Un poder decir no puedo más. No sé. No me sale. Queda ahí trabado. Un qué atorado.
      Adonde el ir nos deje. De ese señuelo dorado teñido de blanco. Y por supuesto, la inquietud de la enfermedad. Ahí. Esclavos de una lengua que nos hace decir algo. Por más inutil, por más vacio que sea. El decir inllenado. El decir de lo dicho que sea y pasa esa frontera de lo que ya no somos.
      Vagabundos. Noctámbulos. Verborrea hemorrágica. Nadie nació sabiendo. Nadie nació. Nadie.

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