lunes, 30 de noviembre de 2015

Día 561: El mal matrimonio

      Para su décimo aniversario Mara le pidió a Facundo que se quite las costillas flotantes. De acuerdo a lo que leyó en la Cosmopolitan, así iba a ser capaz de realizar una autofellatio o, como lo decimos en nuestro buen criollo, chuparte a vos mismo la pija. 
      Facundo nunca entendió la sugerencia. Mara recibió a cambio una mirada consternada y un pedido de divorcio. Los papeles no tardaron demasiados. A fin de año el divorcio era una realidad.
      Y la soltería les vino bárbaro. Mara cogió como loca. Facundo otro tanto. No había hijos ni perros rehenes de por medio. Así que no tenían que disculparse con nadie por el uso y desuso de sus genitales.
      Pero la novedad del libertinaje a la larga cansa. Aburre. Por culto a la novedad de lo mismo volvieron a probar. Fue Mara la de la iniciativa. Facundo accedió, pero con sus condiciones. Claro que luego de una tremenda cogida, sus defensas, y la de cualquiera, estaban ya debilitadas. 
      Al año de convivir estalló la crisis. El boludo de Facundo se jugo a cuernear a Mara y le salió la cosa para la mierda. Se olvidó de un detalle: la discreción.
      Facundo anduvo otro año detrás de Mara, como perro faldero. Y la cansó. Y la convenció. Por insistencia. Se decidieron por un ballotage. Una tercera vuelta.
      Ahora sería Mara la de las condiciones. Libres. Sin ataduras sentimentales. Así sería el asunto. En el fondo quería estar bien con el flaco, pero no se iba a arriesgar de nuevo a terminar con el corazón hecho mierda de nuevo. Vamos despacio, le digo. Y Facundo asintió sin decir palabra.
      En un primer momento las cosas se dieron de maravilla. Parecía que iba a funcionar, después de todo, si estaban destinados a estar unidos, más allá de toda el agua que haya corrido debajo del puente. Pero no.
      Mara y Facundo se tomaron muy en serio sus libertades, y eso trajo aparejado un caso severo de celos. Un día, sentados en el living mientras miraban televisión, la miró y le dijo: Mara, ¿hace cuánto ya que estamos juntos? Perdí la cuenta, le dijo. 
      Si la memoria no me falla, son 45 años. 45 años de idas, vueltas, y también idas y vueltas, y vueltas e idas, dijo Facundo con precisión. Ambos se encontraban cerca de morir. Ancianos. Facundo tomó las manos de Mara entre las suyas, sin dejar de mirarla, sus ojos despedían un brillo extraño, acentuado por el reflejo del televisor. Mara, le dijo, ¿por qué no te quitás las costillas flotantes?.  

domingo, 29 de noviembre de 2015

Día 560: Euronymous

      Volviste porque nadie te lo pidió. Tengo todavía en mi cabeza el recuerdo de ese hijo de puta. Aun recuerdo muchas cosas. Nos despedimos en circunstancias extrañas, lo acepto. Pero entiendan, por esos años tenía una usina privada de drogas dentro de mi cabeza. No es la confusión. Fue más bien la claridad de un evento impostergable. 
      Podría decirse que me golpeó la luz. Esa misma luz que hace miles de años atrás drogó a Platón con toda su fuerza. Las cosas pasaron de un día para el otro, está bien que uno pueda atribuirle a la confusión de los tiempos el no haber sabido procesar bien la información. Y mierda que fue bastante.
      La separación desencadenada por el asesinato de ese cura nos trajo de vuelta a los caminos ya huecos de tanto transitar. No sé si llamarlo amor, porque creo que es un sentimiento demasiado trillado. Ponele mancomunión. Un corpúsculo mancomunado. 
      Decidimos que así sea a pesar de nuestras diferencias ideológicas. Vos querías atarlo de los huevos al campanario, yo pensaba matarlo despacio. Al final no sufrió ni nada, el curita murió bien rápido. Fuimos estúpidos, debimos saber que el pavote iba a intentar escapar. Fue una bala bien gastada, igual.
      Le echamos la culpa a la juventud. Así quisimos expurgar la culpa. Yo me fui al sur. Vos abandonaste el país. Escribiste libros sobre ateísmo que dieron vuelta por el mundo. Te hiciste conocer, hijo de puta. Y pensé, en mi ignorancia, que nunca más te iba a cruzar. El sur me resguardaba de tu recuerdo. Craso error.
      El frío, más bien, me resguardaba de todo. No me dejaba pensar ni nada. Solo el frío. Un frío de cagarse. Nieve en invierno, nieve en verano. Y la primavera. Y Otoño. Un año blanco. Así me mantuve lejos de las trifulcas religiosas. No más peleas contra el Dogma. Así con mayúsculas.
      Pero no me pude esconder por mucho tiempo. No sé cómo carajos, al final me encontraste. Fuiste un buen sabueso. Preguntaste a todas las miguitas de pan que dejé en el camino y reconstruiste de la nada el GPS de mi vida. Incluso mejor que yo, debo decirlo.
      Golpeaste a mi puerta aquella noche. Nevaba, para variar. Hacía frío, para variar. Tenías una cara de muerto, para variar. Eso me facilitó el trabajo. Tomé el cuchillo entre mis manos y sentí su peso. Ligero. Suave. Realicé unas maniobras sobre lo que solía ser tu cuerpo. La sangre manó a borbotones. Luego tomé tu ahora cadáver y lo tiré al fondo para que se lo coman los perros. Debí haberte advertido que con Dios (así con mayúsculas) no se discute.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Día 559: La decimoctava extinción

      No pasó mucho tiempo hasta que extinguirse se volvió una cosa normal. La ciencia había encontrado su camino de vuelta a casa, así que esas cosas que le rompían el cerebro a los antiguos humanos era algo del pasado. Solo un pequeño inconveniente: los humanos.
      Gracias al férreo control de las máquinas, la extinción humana podía considerarse un hecho. Salvo que, como nadie pudo prever, resultaron ser más resistentes de lo que se esperaba. Incluso más que las extintas cucarachas. No importa que tantas bombas tiraran, la naturaleza encontraría su modo de hacer reproducir a esta plaga una y otra vez hasta poblar el planeta en cuestión de años.
      El pensamiento es el peligro. Piensan mucho y así se salvan, razonaron con tino los mecanismos de inteligencia artificial que dominaban la Tierra. De acuerdo a sus archivos, la raza humana ha sobrevivido hasta la fecha a diecisiete extinciones masivas. Diecisiete extinciones. Todas con una gran baja de humano. Todas.
      Y ahí se los encontraba. Felices. Sobreviviendo. Reproduciéndose. Incluso parecía que ahora tenían más tiempo para hacerlo, dado que todas las tecnologías de distracción masiva habían dejado de existir.
      Así vivían los monos lampiños con ideas, como sus antepasados, en las cavernas. A falta de ocio, se entretenían engendrando hijos, dado que la pastilla del día después había pasado a mejor vida. Tampoco había gente competente como para realizar un aborto. Así que los nuevos humanos se entretenían sacando músculos con la fuerza de su entrepierna.
      Luego de varios reconsiderares, las máquinas encontraron la raíz del problema. Necesitaban distraer a los seres humanos. Les darían armas, ciencia, porno, programas de televisión, ideas y otras tantas cosas para llenar su cabeza en otra cosa que no sea engendrar hijos. La estrategia fue un éxito. El principio de la extinción de las máquinas se avecinaba.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Día 558: El traje de cuero

      Tener en cuenta este listado de supermercado: dos fantas, medio kilo de pan, doscientos gramos de queso de máquina, doscientos de paleta de primera, un yogurt descremado. Si alguien la hubiera recordado, capaz no habría muerto.
      Fue un accidente de los feos, aun se me viene a la cabeza, a pesar de que trato de olvidarlo. El auto lo atravesó al medio como si fuese una empanada de carne. Recuerdo que una nena venía jugando a la rayuela imaginaria y se paró ahí, a dos metros del charco. No entendía nada, hasta que empezó a vomitar.
     Después vino la científica y los peritos taparon el cuerpo antes de que venga algún macabro a sacarle una foto. Esa persona era un ser muy querido para mí. Aunque nunca formalizamos un vinculo familiar, Darío era un tipo muy querido para mí.
      Me prometí no olvidarlo. Como se le jura a todo buen amigo en estas circunstancias. Los meses pasaron, y como todo duelo, la tristeza empieza a aflojar. Ya estaba casi "curado". Hasta que lo vi.
      Inconfundible. El tipo tenía puesto unos anteojos negros inmensos, unos Rayban truchos seguro. Vestía una remera roja gastada y una bermuda de jean. Salvo el peinado, era Darío en pinta. Una reencarnación, pensé. Hasta camina igual, el muy hijo de puta.
      Me frené las ganas de llamarlo. Seguí mi camino. Total vivimos en un pueblo chico, si ese flaco se mudó hace poco, nos vamos a cruzar pronto en la semana. Y así fue. Esto que cuento pasó el jueves. El sábado nos encontramos en un kiosko.
      Es Darío, no cabe duda. Me animé a saludarlo. La misma voz, con su timbre, inflexiones. Todo igual. Salvo su respuesta. Usted me confunde con otra persona. Lo lamento mucho. Yo no, me dije.
      No sé por qué carajos pero empecé a seguirlo. Como si fuese un detective desocupado que persigue a una ex novia. Así pasé mis días y mis noches. Detrás del fantasma de Darío. Quiero creer que enloquecí, a riesgo de no tener una mejor excusa para justificar mi conducta por esos días.
      A la noche me sentaba en un banquito, mientras lo veía a través de la ventana de su casa. Solía acercarme un poco si me sentía confiado. Nunca observé nada raro. Al menos no hasta el tercer mes de mi loca empresa.
      Al principio fue una sospecha. Una intuición pelotuda del tipo: "algo pasa". Demasiadas películas, podrán decir. La cosa ocurrió más o menos así.
      Como ya pasaron muchos meses, tenía bastante cronometrado todos los movimientos de Darío. Tenía unos quince minutos del día que para mí eran un absoluto misterio.
      Pasaba cada día lo mismo. Tipo nueve, nueve y cuarto de la noche, Darío cierra las persianas y camina hacia su derecha. No se va a dormir, lo sé. Son quince minutos de silencio. Luego sombras y ruido de Darío moviéndose por la casa, come, va al baño, abre la heladera,  supongo, y tipo once se apagan las luces.
      No tuve muchas oportunidades de visitar la casa de Darío, así que me hice un mapa a partir de ciertos recuerdos fragmentados. ¿Qué había a la derecha? ¿El baño? No, junto al living que da a esa ventana, hay un pasillo, a la derecha hay dos puertas. Primero el baño, después una pieza. Y una puerta a la izquierda. Esa puerta. Un sótano.
      Tengo que entrar. Esa fue mi determinación. Algo pasa en ese sótano. En realidad algo pasó, si es que puedo anticipar un poco el desenlace de esta historia.
      Aproveché una tarde de martes. Lo tenía anotado en mi libreta. Darío tenis. Eso me daba dos horas para investigar. Una hora y media, si quiero estar seguro.
      Caminé hasta la puerta de atrás del jardín y busqué como por diez minutos la llave escondida. Estuve a punto de volverme, hasta que encontré el borde brillante debajo de un cuadradito de pasto de otro color.
      Consciente de que había perdido mucho tiempo con el tema de la llave, corrí sin detenerme hasta esa puerta que creía el sótano. Lo era, en efecto.
      Caminé unos cuantos escalones bajo una oscuridad tétrica hasta que di con el interruptor de la luz. Ahí estaba Darío, el verdadero.
      Estaba igual a como lo había conocido, todo, la mirada, la ropa, el pelo. Todo, salvo la piel. El cadáver de Darío, ya seco como momia, carecía de piel. En algunas partes del cuerpo empezaba a asomarle el hueso. Ese no es el detalle más extraño.
      A unos metros del muerto un pedazo de metal con luces le hacía compañía. Igual que en las películas. Una nave extraterrestre. Así que todo este tiempo tuve por amigo a un alienígena que se robó la piel del cadáver de quién creí tomar por amigo. No sé por qué tuve esa idea en la cabeza. Aunque no lo crean fue cierto. 
      Supongo que mantiene el cadáver para que la piel no se pudra. De alguna manera lo debe hacer. Lo que nunca me voy a enterar es la razón del accidente, Darío me sigue negando su existencia.

jueves, 26 de noviembre de 2015

Día 557: Recuerda escribir algo importante

      Recuerda escribir algo importante, me dijo, antes de que la espuma cubriera su boca. Se tragó un jabón el imbécil y murió de golpe. Después vino uno de la morgue y me aclaró que era una pastilla de cianuro. El viejo la guardó por muchos años, desde los tiempos de la guerra, creo, cuando los nazis se suicidaban porque se les venía el apocalipsis encima. Mi papá era uno de esos nazis.
      Pero sobrevivió gracias a la red Odessa y caímos en Vicente López, en Argentina. Bah, el viejo cayó, yo vine después. Año 1961 nací, justo cuando condenaron a Eichmann. Papá no fue tan malo como Eichmann, pero sé que hizo unas cuantas cosas por las que le negarían la entrada a Israel. O mejor dicho, se la aceptarían, para colgarlo.
      Al final creo que lo mató la culpa. Resulta que el tipo era asistente de Höss y no mató un solo judío. Pero claro, tampoco se preocupó por limitar la carnicería. Tres veces estuvo a punto de organizar una fuga masiva de Auschwitz y las tres veces desistió. El miedo, la culpa, el sentido del deber, vaya a saber qué.
      Cuando la guerra terminó y los rusos tomaron el campo de concentración, el viejo fue apresado. Höss se había escapado hace tiempo. El viejo, en cambio, lo llevaron directo a un Gulag. Directo a Siberia. Allá comió frío durante dos años hasta que Odessa pudo liberarlo y mandarlo a la Argentina para que me procree.
      El viejo llegó a Vicente López con una mano delante y otra detrás. Pobre hasta la mierda. Creo que hasta la caída de Perón que no se preocupó por buscar trabajo. El hombre se dedicaba a vagabundear por los alrededores de la sinagoga Lamroth Hakol. 
      Ya en los últimos años, el viejo me cuenta que un par de judíos estuvieron a punto de descubrir su identidad. Lamroth Hakol estaba fundada por judíos alemanes que vivieron la segunda guerra mundial, y algunos conocieron el horror de Auschwitz. 
      Contra todo pronóstico, el viejo decidió cambiar su apariencia y se presentó a la sinagoga con la idea firme de hacerse judío. Dentro de la sinagoga conoció a mi madre. Ambos me criaron en la fe hebrea. Y el resto de la historia es conocida. El viejo se instruyó para ser rabino de su sinagoga, lo logró y antes de que la espuma cubriera su boca me dijo que recuerde de escribir algo importante.
      Creí que nada podía decirse de un viejo rabino suicidado sin motivos aparentes, hasta que descubrí la píldora de cianuro y la memorabilia nazi enterrada en el fondo del patio. El viejo quiso escapar de su pasado y al final el pasado lo atrapó.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Día 556: Sumas y restas

      Hicimos las sumas y las restas. Nos dio cero. Ese resultado punzante, agónico. Cero. La totalidad de las nadas reunidas en un solo espacio. Romper el auto sin abolladuras. Estrellarnos contra el borde de la puta que lo parió. Pero alguien grita desde atrás: ¡hicimos las sumas y las restas!
      Claro, somos todos sumadores, restadores, tenemos un espíritu matemático. Somos la gloria de la cuenta. Pero al instante desaparece. Hay una pequeña distinción para el cúmulo de pensamientos de los que carecen de sentido. La idiotez al poder. ¿Y qué se puede decir? Si hicimos las sumas y las restas.
      Por favor, seamos civilizados. Avancen con cuidado. Que la horda pica y quema, como un crema de afeitar mala. Pudiste decirlo, pero lo callaste, como el mudo ese de la película, que lo calla y lo calla. Pero al final recupera la voz y no lo dice. 
      Son los tantos de muchas sumas lo que representamos. Si fuera fácil lo fácil. Qué tanto de la vida queda al descubierto, como un océano apagado. Después dicen que lo dijimos. Si fuera fácil lo fácil, capaz lo haríamos. Capaz no.

martes, 24 de noviembre de 2015

Día 555: Una vez más

      Corrieron los caballos a través del pueblo. Sueltos. Alguien por lo bajo le había inyectado un preparado del potente. Les salía espuma de la boca. Ojos inyectados en sangre. Esa tarde el pueblo se tiñó de tragedia. Muchos habitantes fueron pisoteados en cumplimiento del deber. 
      Después se explicó que todo había sido parte de un gran experimento. El suero de la energía infinita. Empezaron con los caballos. Luego seguirían con gusanos y ratones. Y al final, se lo inyectarían a una persona, a ver qué pasa. 
      Lo que nadie pudo prever es que los caballos estuvieron locos por una semana entera. Locos de amor. Del sexual, si se entiende. No se escapó nadie a la violada. Nadie. Y eso alertó a la comunidad científica respecto al suero de la energía infinita. 
      Claro, el experimento se suspendió. Demasiado inestable la cosa. Hasta ahí todo lo lógico y feliz que puede ser la ciencia. Después el inaudito. El suero de la energía infinita deposita su genoma en todos los cuerpos violados, si eso es posible. Bueno, si no lo fuera, tampoco podría negar que eso fue lo que ocurrió.
      Las personas empezaron a actuar de forma extraña. Más raro que de costumbre. Como si tuvieran un manojo de vartas incrustadas en el ojete. Caminaban de acá para allá. No dormía. Tenían accesos sexuales y violentos, todo al mismo tiempo.
      Y un detalle curioso. Todos se comportaban bien. Con bondad. En realidad actuaban como caballos. Caballos buenos. Caballos buenos con intereses sexuales y violentos muy desarrollados. Después de un tiempo las personas recordaron que eran humanos y ahí todo se desbandó.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Día 554: El pitufo rojo

      Dicen que cuando nació el pitufo rojo, todos en la aldea vieron oscuras señales de una profecía. Hay que entenderlo, a falta de médicos y hospitales, un cáncer de piel puede ser confundido con un augurio. Ni siquiera los intentos reformistas de Gargamel pudieron sacar a los pitufos de sus ánimos medievales.
      Las opiniones, divididas, se encontraban entre la posibilidad de prender fuego al pequeño, o de ofrecerlo en sacrificio. Papá pitufo pensaba por primera vez en la renuncia. Treinta años de dictadura eran demasiados. El regimen pitufal le costó mucha sangre correligionaria. Ahora solo pensaba en el retiro.
      Un pequeño sector crecía en la aldea, así por lo bajo. El nacido, el elegido, el pitufo rojo redimiría todos sus pecados. Deberían salvarlo.
      Nada de eso ocurrió. Una horda de pitufos enardecidos destrozó la casa de pitufo filósofo, que hace meses convivía con pitufo gruñón y tomaron al pequeño pitufo rojo, hijo recién nacido de la pareja, en señal de ofrenda.
      Mientras tanto, Gargamel se frotaba las manos, esta noche almorzaría gato, a la memoria del difunto Azrael. Esos pitufos del orto pagarían el precio de tal asesinato. El monje dominico se acercó, sigiloso, a la aldea.
      Por fin, tras años de vanas búsquedas, se encontraban frente a frente. Un grito de furia se dibujó en sus labios, a medida que pisaba y pisaba esos hongos habitados de minúsculas criaturas azules.  Con sus cadáveres haría mucho, pero mucho oro, para su fortuna.

domingo, 22 de noviembre de 2015

Día 553: Héroes de la patria

      Por favor, señores, no estamos en Cuba, tierra del bandolerismo y el dólar barato. Esto es una república hecha y derecha. Y de la nada la erigimos, esta oda al libre comercio.
      Lo confieso, dirigir un país no es para nada fácil, es como vivir todo el tiempo con la nariz pegada al escritorio de Tony Montana. Suena tentador, ¿no? Nada más distante de la realidad. Se requiere mucho esfuerzo y tenacidad. Hay que convencer a mucho idiota y silenciar a los que piensan.
      Seguro que alguno de ustedes lo debe haber reportado. Hace dos años estuvimos a punto de entrar en guerra con Estados Unidos. Lo solucionamos por la vía diplomática, pero estuvimos así de la lluvia de balas y misiles. Pero esas tonterías ustedes no se enteran. 
      Prefieren publicar cuando mi esposa se compra una cartera nueva o si yo me tiro un pedo de color.  Por eso los llamé, para que discutamos juntos, en democracia. 
      Mi gabinete me sugirió una idea, mis asesores otra. Así que concilié ambos argumentos y si me tienen, hablando como dicen en las calles, a calzón quitado.
      Entenderán que lo que estoy a punto de hacer involucra la privación de su libertad. No se aflijan. En serio es como les dije antes de convocarlos, es por el bien de su país. La verdad que no se cuántas guerras con Estados unidos voy a poder prevenir. Soy un hombre de pasiones, lo saben, y a veces me tienta apretar el botón rojo.
      Ustedes van a hacer lo que saben. Escribir. Escribir. Y escribir. Loas de lo bien que nos va en esta industria de país. Les vamos a pagar bien, así que no se preocupen, serán héroes. Héroes de la patria.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Día 552: Inversiones

      Recuerdo que un día inventaron un nuevo día de. Dicen que fue para ganar un feriado. En realidad nada más lejos de lo que es. Apagar el día fue un imperativo para evitar una posible invasión alienígena. Sin exageración. No es cuento. Una vez al año la humanidad empezó a perder el control de su destino.
      El día de la reinvención lo llamaron, para sus adentros. El gobierno del mundo buscaba sobrevivir. Es lo cierto. Por unos cuantos años esquivaron la extinción de la humanidad. Hasta que llegamos. Si, llegamos. Compramos la Tierra. Nosotros. Los amigos distantes de la Nube de Magallanes. Fue una ganga. El planeta ya venía contaminado.
      En uno de esos días de que inventaron todas las naves enfilaron para el cuarto planeta a partir de la estrella central de la Vía láctea. Ese cuerpo de piedra llamado Marte. Hacia allá fueron todos los monos lampiños. Unos pocos quedaron en la Tierra, como regentes de la actual gobernación nebuliana. La nuestra.
      A nosotros nos quedó reflotar las cenizas de un planeta perdido. Y mierda que lo hicimos bien. Ese es nuestro negocio. Nuestra vocación. Levitamos un planeta. Los seres humanos van a estar perdidos, donde sea que se encuentren, carecen del orden nebuliano de la existencia, máximas que rigen nuestro pasar por el universo.
      Debo reconocerlo, hicimos negocio. Reflotamos la Tierra y se la vendimos a los terrestres al más del quíntuple de nuestra inversión inicial. Creo que fue la mayor estafa en el universo. Nadie habría vuelto a comprar su propio planeta a ese precio. Pero los terrestres, ya saben, son otra especie. Son algo tontos. Bastantes. Tienen una doctrina fantástica respecto a su existencia que los convierte en seres vulnerables al engaño. Los engañamos, como buenos comerciantes que somos. Les hicimos creer en un orden eterno. Y no es así. Depende de ellos. Y no lo van  a saber, hasta que volvamos a comprar su planeta, y se lo vendamos, supongamos, a diez veces el precio inicial de lo que era. 

viernes, 20 de noviembre de 2015

Día 551: Número 34

      No me voy a caer aunque algún imbécil pueda hacerme trastabillar. Debería anotar cada momento de mi vida en alguna libretita. Para el recuerdo de las generaciones. Viví quinientos golpe de Estados, ochenta y cinco mil atentados y otras tantas guerras. Soy como una especie de super-sobreviviente. Para que vayan tomando nota de cómo viene la cosa. 
      Anoche tuve fiebre, creo que levanté como hasta cuarenta. Eso es lo que dijo el termómetro. No sé si tengo que creerle. Tengo la frente fría como un témpano. Me acordé, en mi enfermedad, de los tiempos en que comíamos mejor. Cuando no nos enfermábamos tanto. Sobrevivimos, claro, pero para peor.
      Después de esa noche con fiebre pasaron unos treinta años. Nos inocularon un virus. Un super virus dicen. En esta época todas las cosas son super o nada. Este super virus nos convirtió a cada uno de los super-sobrevivientes en super-humanos. No nos volvimos a enfermar más. Y pasaron otros treinta años más.
      Y otros treinta. Y otros treinta. Hasta que nos olvidamos de los almanaques. Sería exagerado decir que las personas dejaron de morir, pero fue algo así. Morían, claro. Algún accidente. Si un borde afilado de una construcción te atravesaba la femoral, morías. Si a una persona se le ocurría dispararte veinte tiros a quemarropa directo a la cabeza, morías. Y cosas así. Pero ya no morías porque tu cerebro se apagara. O porque el corazón dejara de funcionar. O por el colesterol. 
      De hecho, si mal no recuerdo, ya estoy por cumplir 266 años sin accidentes que me lleven a la muerte. Claro, yo y otros tantos con esa misma suerte. A los gobiernos del mundo eso no le gustó demasiado. Verán, la Tierra tiene un espacio suficiente para albergar una determinada cantidad de humanos. Es como un hotel. Digamos que llegó un punto en que la Tierra se quedó sin vacantes. Así que empezaron a inventar guerras, y cosas para matarnos. Para achicar la población. 
      Yo tuve suerte, claro. Las próximas generaciones no la tuvieron fácil. El super virus dejó de inocularse en la gente. Bueno, en la gente que no tenía acceso al super virus. También empezaron los sorteos. 
      Miento, en realidad no es un sorteo, aunque los gobiernos se empecinen en llamarlo así. Es más bien una lista de espera. El sorteo empezó hace unos tres meses atrás. Lo van a realizar una vez al año, dicen. El primer número sorteado fue el 1.
      Gracias al número 1, doscientas mil personas van a ser incineradas en la calle. Porque vivieron demasiado, ese es el crimen que les toca pagar. Cuando llegue el año que viene y sorteen el número 2, otras doscientas mil personas más van a ser acusadas de lo mismo. Y así hasta que las vacantes vuelvan a la Tierra. Por suerte me sobra tiempo para pensar estas cosas, tengo el número 34.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Día 550: Copy-paste

      Esa tarde en la casa de recambio el piso estaba transitado. La gente no paraba de entrar y salir. Es lógico pensar que los empleados, a mayor contingencia de cliente, más probabilidades tienen de equivocarse. Fue eso lo que pasó. Si es que podemos dar una explicación.      Al cliente cuatro le dieron un ojo equivocado. Dos litros de sangre no compatibles para la señora con el número ocho. Y cosas así. Pasan. En un día normal es algo que sucede. Nada que mate a nadie, aún. Esa tarde, la casa de recambio fue un infierno. Mejor dicho, un Infierno, así con mayúsculas. Demasiados enfermos. Demasiados tuertos. Demasiados mancos. Demasiados mutilados. Demasiado de todo. Y los accidentes pasan.
      Solo se necesita un empleado con un mal día. Y así los accidentes pasan. Una caja se cae. Luego otra. y otra. Después se reordena la mercadería. Y queda todo mal ordenado. Y un ojo por otro ojo. Y un riñón por otro. Y así hasta llegar al monstruo de Frankenstein. 
      Más arriba, en un mundo superior, existe otra casa de recambios. Las partes se encuentran en la Tierra. Se deja macerar por un millón de años y se toma lo necesario. Estas criaturas se alimentan, utilizan la carne. Y esperan, en su dimensión, iniciar un nuevo contacto. 
      No hay fechas estimativas. 2018, tal vez 2029. O nunca. El portal no es del todo estable. Mientras tanto, allá abajo, en la casa de recambio, el Infierno (el pequeño) se hace presente.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Día 549: Fila india

      La mirada reduccionista de un efecto trunco. Observamos con ojos mutilados de espectactiva aquello por ocurrir. Todo sucede aunque sea una vez. Poder cortar con la agonía del sentido. De no ver el poco panorama de lo que resta por ser.
      Fuimos avispas quisquillosas en un panal del desacuerdo. Alguna vez fuimos. Aunque sea una vez. Seremos tal vez una miel amarga, intragable. O el tenedor clavado en el brazo. Un tatuaje ritual. Un campo minado de estrellas a punto de explotar. 
      Muchas imágenes juntas. Sinestesia. En algún lugar todo ocurre una vez y nada más. Viene todo junto. Retazos unidos al monstruo sin vida que espera el rayo. Tuvimos la cordura de esperar algo mágico. Y nada sucedió. La cosa permaneció muerta.
      Luego, muchos despertares. Un maremoto de vida. Tuvimos que disparar células a cada rincón de los cuerpos. Nos mecimos en una tranquilidad de bebé. Creimos que con poco alcanzaba. Pero había demasiado. Demasiado de todo. Una confusión de eventos insospechados. Pudimos dejar que nada ocurra. O todo. Aunque sea una vez.

martes, 17 de noviembre de 2015

Día 548: La primera extinción

      Asistimos al nacimiento del mono más feo de toda la selva. Nació sin pelos. Tiene una boca poco prominente. Para mal de peores, camina sobre dos patas. Un asco de animal. Deforme. Los monos lo señalan y le hacen burlas.
      El pequeño mono deforme crecería a la sombra del chiste. Las hembras, sin embargo, emitían risitas de colegiala. Estaban sorprendidas por la belleza de este mono lampiño. Más que nada les asombraba el tamaño de su miembro viril. Con semejante pene sería capaz de servirlas a todas, sin cansarse.
      Y cada una de ellas tendría su propia cría de bebé mono lampiño.
Fueron las hembras las que originaron la catástrofe que vendría. Va a derrotar al negro Alfa. Esa es la seguridad. Y así lo postularon. El mono lampiño, para su fortuna, creció, y con ello su seguridad.
      Tendría que trabarse en una lucha mortal con una mole de más de doscientos kilos. Todo gracias a su amigo el sexo fácil. Las crías corrían peligro, así que algo debería ingeniarse.
      Nada se le ocurre al mono lampiño. Hasta que llega la contienda. Y la suerte corre una vez más para el advenedizo mono. Aprovecha su cuerpo ligero y corre, para no ser atrapado.
      Unas piedras en el camino le sirven de escudo. Las toma entre sus manos sin pelos. Ahora tiene ventaja. No deja de correr mientras lanza una piedra tras otra. Alfa cae inconsciente. Una nueva historia se empieza a escribir en la selva.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Día 547: Zapping

      Somos un cuento inacabado. Lo somos. O plantamos la duda. Como pudimos ser tan inacabados ante tan poca respuesta acerca de un final. Tuvimos ese Cáliz en las manos. Algo se prende fuego. Sueños chamuscados. Meter el tridente hasta donde quepa.
      Pudimos tener un momento de oportunidad. Un brillo de poca monta. Una risa deslucida ante la gran broma universal del tiempo. Una gran broma. El poco espacio. El poco tiempo. Una gran broma.
      Un retrato abordado a un artista poco motivado. Hay un escenario destacado para que el fantasma haga sus tonterías. Borrar las fronteras. Estirar el blanco. Sumar el negro. Alternar los grises. Verdes recortados.
      La corta carrera de este cuento se debe a un final. Debería ser un algo grandilocuente. Pero sin principios, ni desarrollos. Solo un final. Para el bien del entretenimiento.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Día 546: Nosotros

      El mundo debe pagar su cuota de sangre. Océanos de fuego donde nadan pobres e inocentes por igual. Son pocos los privilegiados que escapan a los designios de una destrucción inevitable. Bajo esa pantomima del guerrero atemperado venden los peores sueños. Cautivos en un mercado de luces y sombras.
      No perdieron esa noción de abismo que cae por sobre sus cabezas. Es el temor del mundo venido abajo. Una cruz invertida. Adorados dioses de mentira. Encontrar una justa para nuestro zapato. Y el teléfono pierde el tono. Y nadie toma el mensaje.
      Tan evidente como pueda serlo. Un grito de aleluya a la nada. Un esperma disonante. Con sus grandes cuentos vienen. Tienen ganas de asustar al niño pueblo. Y el nene está crecido, ya no mama mentiras.
      ¿Cómo pudimos dejar en otras manos algo nuestro? ¿Cómo actuar ante el descuido de una especie? Fuimos nosotros. Nosotros. Responsables. Aquellos que levantan el teléfono sin tono para decir acá estamos. No es ausencia. Es largo de entender. Mas no imposible.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Día 545: Primer encuentro

      Te colaste por lo bajo. Sin avisar. Llegaste primero en la fila, gran bribón. No recuerdo a nadie con tus características. Tal vez un ladrón de poca monta, o Hitler. O ambos. Como ese sueño en que uno viaja tranquilo en un tren y cuando asoma la cabeza por la ventana ve como la terminal de Auschwitz de acerca.

      A veces los sueños se nos parecen. También las pesadillas. Ese gran bribón poco tenía de nazi, aunque podría haberlo sido. El destino lo colocó en la vereda de enfrente.
Digo en la gran vereda de enfrente, a lo que me refiero, fuera. Muy afuera. Lejos. Demasiado Lejos. No es un cuento nuevo de la Antártida. Es más bien algo que transcurre en el espacio. 
      Este extraterrestre filofascista vivía pegado a la Estación espacial internacional de la Tierra. La posición era estratégica. No podía ser detectado y a su vez recaudaba toda la basura que se liberaba de los conductos. Comida fresca para este bribón.
      Lo admiro. Tan aferrado a la vida. El último en su especie. Es un pequeño testarudo dictador atado a una fantasía del reino perdido, el suyo. Como otras tantas civilizaciones, le tocó ceder al peso de las cosas que trae de afuera el espacio. Un gato mal enseñado, eso es. El espacio mostraba sus colmillos y a veces le colgaba un asteroide aun con vida.
      Y el bribón, un presidente de facto cuyo reinado duro segundos (antes del asteroide), sobrevivió vaya a saber cómo. Su cuerpo salió volando de su planeta por la fuerza de la explosión y chocó contra la existencia de la Estación espacial internacional de la Tierra. Eso si que fue un viaje. Seguro atravesó un agujero negro en el camino. Eso no lo sabría nunca.
      Un día, luego de tanto esperar, el bribón se sintió curioso. Dio el paso necesario. Último en su clase, ¿Qué tanto importaba ahora? Dar el paso. Inevitable. Hacia uno de tantos desconocidos. Un contacto histórico se avecinaba.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Día 544: El fin del mundo

      En los albores de un viaje desquiciado el Capitán Tirocorto hace su clásico recuento de tropas. Señala con múltiples dedos y anota en una libreta raída un uno bien grande. Ulochico es ese uno. Fiel sirviente incondicional. Tirocorto le dedica una ligera sonrisa. Seríamos cinco,  de no ser por ese accidente.
      Veinte si no fuera por el tercer motín. Cincuenta y seis si no fuera por el segundo. Ciento treinta y ocho, si su barco no hubiese zarpado.
      Hay que reconocerlo, la empresa tenía un carácter temerario. Al menos esa cuota de audacia estúpida le reconocían sus ex lugartenientes. Allá se encontraba Tirocorto, solo con un mal cocinero y una aventura que le quedaba demasiado grande, casi como los harapos que le servían de traje.
      A no confundirse, antes que navegante, el Capitán Tirocorto era un avezado científico. El viaje de los treinta mil kilómetros. Una prueba de resistencia. Traspasarían el borde de la Tierra, combatirían a los monstruos que custodian el abismo y de ese modo expandiría los límites del planeta. La ecuación es sencilla, se relamió el Capitán. Los Reyes católicos desistieron de brindarle el bendito apoyo económico. Cristóbal Colón le había ganado de mano. Genovés de mierda, gritaba Tirocorto mientras se alejaba del palacio real.
      Así que la empresa de expandir la Tierra corría por su cuenta. A duras penas pudo zarpar de Puerto de Palos. A toda la tripulación se le había prometido una recompensa inexistente. Ese fue el desencadenante del primer motín.
      Luego, el barco perdió el rumbo y giró en vastos círculos sobre el océano Atlántico. El segundo motín ocurrió. Muchos no lograron sobrevivir. Aunque unos pocos afortunados dicen que llegaron al Nuevo Mundo.
      La embarcación viró hacia el sur. Muy al sur. Así fue como si querer el Capitán Tirocorto descubrió la Antártida. El frío extremo dio el golpe de gracia.
      Ulochico y Tirocorto contemplaban la vastedad del suelo antártico. Blanco, blanco y más blanco. El capitán, lejos de sentirse oprimido por el frío y la catástrofe, rió con ganas.
      ¡Llegamos, llegamos Ulochico! ¡El fin del mundo! Ahora deberían encontrar a los monstruos. No tardaron en llegar. En cantidades.
      Pájaros negros y blanco, eso eran. Monstruos con forma de pájaro. Medirían apenas un metro. Inofensivos. Pero demasiados. Y ahora los tenían rodeados en una ronda siniestra.
Tirocorto recordó que hacía frío y se abrazó a Ulochico, que no paraba de temblar. El círculo se fue cerrando hasta desaparecer en una mancha roja y blanca.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Día 543: Enfermo

      Una manta negra para tapar al muerto. Suficiente negro por hoy. Blanco laborioso. Teclas de un piano. Tablero de ajedrez. Extremos de figuras. Furibundo en las ansias el arroyo puede abarcar cada rincón de tierra hasta que se haga agua.
      Juvenil desenfado mata entusiasmo. Tiene los poderes de un mago oscuro. Y puede ser algo más. Una sombra que se asoma al final de las eras. Un nacido de padre y madre. El hombre común, ese del que habla la profecía.
      Navegará aguas desconocidas y nombrará nuevos lugares. El hombre común, genio del cotidiano popular. Nació y muere son grandes atributos, hasta que un día descubre un guión alternativo. Otra vida. Otro acuerdo.
      Extraer el oro de la caries. Un diente menos. Deberá sonreír con sus encías al descubierto. Huesos que no vuelven a nacer. 
      Por supuesto el eco de un oído apretado. Un ruido confuso. De lo que su deber predica un hombre común hace su casa en lo que puede ser una nada convertida en algo. Sabe de reconstrucciones. Poeta. Nigromante. Separa las aguas. Y lo que nadie dirá: ese hombre es peculiar.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Día 542: Por algo es

      Éramos muchas personas tirando manotazos de ahogado. El fuselaje del avión se partió en dos, así como una ramita. Dicen que fue un misil. A mí no me consta. Caí con fuerza a la tierra junto con otros. A decir verdad me sorprende todos los que sobrevivimos. Detrás mío los restos de la cosa en la que volábamos acabó de prenderse fuego, mientras el océano se lo tragó poco a poco.
      Tuve suerte, lo reconozco, nadé hasta la orilla de una isla y zafé. El resto no tuvo la misma suerte. Los cuerpos flotaron por tiempo indefinido. Pasé una semana hasta que me rescataron. Casi me morí. Recordé a Tom Hanks, pensé que iba a ser fácil. Y no. Todas las películas mienten, hasta las más verídicas.
      Me morfé unos cuantos años con estress post traumático. No fue una linda experiencia. Caí en una roca desierta. Creo que me comí al tipo que viajaba conmigo en la butaca del al lado. En realidad no lo sé. Si es verdad o me lo invento.
      Como decía, tantos años de enfermedad para lograr distinguir cuando un mono verde es real o inventado. Un poco lo logré. Conseguí trabajo. Me casé. No asesiné a mi familia en el intento. Ya eso es mucho. Todo un hombre del siglo XXI.
      Tuve un par de recaídas. Problemas con la bebida. ¿Se imaginan? Era como si mi inconsciente se quisiera tragar todo el océano en el que tuve el accidente. También salí de esa. Es como que había una fuerza más allá de mi entendimiento que me quería vivo para algo.
      No es que creyera en fines superiores tipo algo divino pero después de tanta suerte me empecé a creer que había algo más. Así que probé tirarme de un decimoquinto piso. Quedé colgado de un mástil. 
      Cuando quise electrocutarme, se cortó la luz por una semana. Traté de cortarme. Me pegué un tiro. La bala salió por fuera de mi cráneo esquivando el cerebro. Los cortes no comprometieron mi cuerpo. Juro que apunté el cuchillo al corazón. Hasta sentí que se paraba. Y sangré bastante. Pero no. No morí.
      Me dije a mi mismo que me convertí en un inmortal, vaya a saber por qué. Pero razoné lo siguiente, y eso es raro, porque nadie me lo dijo. Soy un inmortal que puede morir. No sé como, pero es posible. Está ahí la posibilidad. Conviven esos extremos. Vida y muerte como continuo. Y ahí fue cuando me libré del azar del destino.

martes, 10 de noviembre de 2015

Día 541: Vino de loto

      Una medida correcta de veneno para brindar por lo que no tengo. Un buen champagne que salga de las tripas. Debemos caer antes de la noche. Nos abandonamos a esos ánimos dadivosos. Toca hacer lo que corresponde. Beber sin chistar. 
      La crisis del nombre. Un hombre anhela el poder de una hormiga para controlarse el culo. No es lo que parece. Es más bien una advertencia de camino sinuoso. Tomamos nota del error a repetir de tantas veces que tantas.
      Una alternativa para cagarla con estilo. El sol es una mentira para los aficionados a la luz. La noche lo envuelve todo. A veces me animo a andar sin rueditas. Sin miedo a caerme.
      A veces me gusta pensarme otras salidas a lo inevitable. Sé de esos cuentos de la muerte. Que los cuenten como quieran. Detrás de una mentira siempre hay otra mentira. La verdad es la mentira y viceversa. Cambia el ropaje.
      De vez en cuando se atora el puñal en la pierna. La sangre es un descuido. Algo que no vimos. Algo que no dejamos ser. La sangre se volvió copa. Una copa de beber. Hasta el fondo.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Día 540: Un segundo epílogo

      Ahora, un segundo epílogo. Mi viaje de maravillas a Marte. Expulsado de la Tierra con un previo aviso del que nunca me percaté. Como les decía el viaje duró un mes y eso me sirvió de cura. El doctor de la nave no daba crédito, de verdad mi enfermedad era brava.
      Poco recuerdo del viaje, solo el despegue y el aterrizaje, el resto del tiempo la pasé drogado o criogenizado. Todo esto que les cuento es porque me lo dijo mi señora al bajar del cohete. Bah, en realidad nunca bajamos, de acá en adelante la historia adquiere otro matiz.
      Primero debo aclarar, nunca nos bajamos, de hecho esta historia la cuento desde arriba de la nave, en donde algunas personas están preocupadas por iniciar una nueva civilización. Siento los ruidos, no soy tonto. Esas cosas las hacíamos con  mi señora hace un tiempo atrás. Así se hacen los nenes.
      Hablando de eso, cuando me desperté del frío lo primero que hice fue preguntar por mi hija. Ahí recibimos todas las malas noticias. Todas juntas. Fue un baldazo de agua fría. Todo frío. Las comunicaciones en Marte, las pocas comunicaciones, estaban todas rotas. Estado de sitio declarado. Zona militarizada. Primera guerra mundial marciana. Eso.
      Desde ya, bajar de la nave sería el equivalente a un suicidio ritual. Quédense arriba, no es un consejo, es una orden. Van a estar más seguros, nos confió el piloto del cohete. Es cierto, hace tres años que no bajamos, y hasta ahora no paso nada. Cada tanto sentimos disparos y cosas así, pero nosotros estamos seguros, es cierto. 
      De mi hija no tuvimos noticias recién hasta el segundo año del sitio. Estaba viva por suerte. Tomó un cohete con dirección a otro planeta. Un viejo conocido. De ahí veníamos justo. Al parecer las tareas de reacondicionamiento terrestre van más rápido de lo que suponemos. Dentro de un par de semanas dicen que van a colocar un módem interespacial para tener señal de Supranet.
      Estimo que tendremos buenas noticias de la Tierra. Marte es un espanto. Duró poco el sueño rojo. Los cráteres son más grandes de lo que eran cuando nuestros antepasados soñaban con pisar suelo marciano. Agujeros repletos de pólvora y sustancia gelatinosa. Un masacote de carne humana y extraterrestre. Pobres nativos.
      Mi salud sigue sin novedades, estoy tan fuerte como de costumbre. Temo un poco que la enfermedad vuelva pronto cuando regresemos a la Tierra, pero la verdad ya poco me importa. No puedo morir sin volver a abrazar a mi pequeña. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

Día 539: Un primer epílogo

      Todavía puedo. Veo el cordón atarse bajo el efecto de mis manos. Un nudo corredizo para la multitud. Sé de lo que hablo, aunque la mayoría de las veces pareciera que no.
      Dicen que una vez que abandonás la atmósfera terrestre empezás a sentir los efectos de la falta de gravedad. Es mi primer viaje a Marte, debo confesarlo. La azafata me ofreció píldoras para dormir y para el dolor, si soy sensible a estas cuestiones espaciales. Las negué a todas. Craso error.
      Durante la colonización de Marte monté un pequeño negocio de venta de materiales de construcción. Aproveché el buen pasar de la economía mundial para exportar mis productos a Marte con sellos aduaneros irrisorios. El negocio creció y creció. 
      Es curioso, por más de veinte años Marte fue mi principal fuente de ingresos, y nunca lo visité. Llámenlo miedo. No, conveniencia. Luego de la Tercera guerra mundial, el 75 % de la población terrestre (de lo que quedó) emigró a Marte, como solían decir mis tataratatarabuelos "con una mano adelante y una mano detrás" Yo fui uno de los pocos comerciantes que decidió quedarse. 
      La Tierra del siglo XXII, como podrán imaginarse, es lo más parecido que puede existir a la mitad no habitada de la luna. Un cráter gigante que despide humo y pus. Así nos dejó la guerra. Con todo eso, reforcé mi decisión. Quedábamos tan poco. Y eso me daba libertades.
      Podía caminar tranquilo por el medio de avenidas de antiguas urbes sin que mi vida corriera peligro, por citarles un ejemplo. Así con mil cosas más. El paisaje post apocalíptico me sentaba bien. Por la tranquilidad, más que nada.        
      Mi vida trascurrió de lo más lindo. Formé una familia. Me casé. Tuve tres hijos. Envejecí. Llegué a ver nacer a mi primer nieto. Lloré de alegría. Y disfruté con mis heredades el fruto de años de trabajo. Eso hasta acá. Ahora el epílogo, o quizás, la parte más importante de la historia.       
      Hace tres semanas nos llegó la noticia desde la casa de gobierno (la de la Tierra, de Marte ya no se sabe nada), coincidió justo cuando me enteré de mi enfermedad. El pronóstico era tan poco alentador que ni siquiera me percaté de la importancia del nuevo decreto que entraría en vigencia en los próximos días.
      Entré en un período oscuro de mi vida. Una mañana me levanté y encontré con toda mi casa empacada en una maleta. Y ahí recordé el decreto. El día de la desinfección. Algunos funcionarios del gobierno lo llamaron: "tareas de mantenimiento terrestre" aunque por lo bajo se decía que era un experimento, una nueva clase de bomba para tratar de revertir las condiciones inhabitables de la Tierra. Una bomba biológica que reviviría la naturaleza despedazada bajo los efectos de la Tercera guerra mundial. 
      Me desperté arriba de una nave atado de pies y manos, así como un loco. Creo que me desmayé por el efecto de enterarme así todo de golpe. Pero viejo, ¿no te leí yo el decreto? me preguntó mi señora. Claro, no escuché nada. Por un lado me puse feliz, así atado y todo. Veríamos a nuestra hija, que se mudó hace cinco años a Marte.
      El viaje duró un mes. Fue un mes, no sé cómo catalogarlo. Sería una palabra entre mágico y raro. Algo que mezcle las dos. No voy a redundar en detalles. En el espacio mi enfermedad terminal se curó. Contra todo pronóstico. El médico de a bordo no podía creerlo. Yo menos. Pero es lo que pasó. Pude volve a atarme los cordones, ¿se imaginan? Todavía puedo. 

Continuará...

sábado, 7 de noviembre de 2015

Día 538: Cuentos de la convertibilidad

      Cuentan que hacia mediados del siglo XIX (de acuerdo al calendario terrestre occidental) se desató una fiebre del oro a lo largo de todo el universo. Planetas enteros salían de sus cuevas, casas o cuerpos para rastrear el metal precioso. Un nebuliano, alquimista por excelencia, logró descubrir un gusano que hacía sus deposiciones doradas. Su especialidad era la transmutación de las heces.
      Con esas pequeñas caquitas de oro fundió kilos y kilos de lingotes que guardaba en un galpón hecho de adobe. El alquimista estaba confiado que muy pronto el oro se convertiría en moneda de cambio intergaláctica. Ya se acabarían las colas eternas para donar órganos. ¿Quién en su sano juicio podía utilizar una parte del cuerpo como moneda?
      Cada pedazo de individuo tenía su valor. Una extremidad, sea dedo, cilio o tentáculo, valía mucho menos que, por ejemplo, un órgano importante, como el cerebro. Claro que no todas las especies podían vivir sin cerebro. Así que, dicho de otro modo, había muchos pobres en la galaxia de la Nube de Magallanes.
      Muchas discusiones se suscitaron a las puertas del Congreso galáctico. Algunos senadores consideraban la moneda de cambio orgánico como síntoma más de la barbarie en la que estaba sumido el Imperio. Como dijimos, en la Tierra corría el siglo XIX. También los semejantes humanos enloquecían por el oro.
      Así fue como, en vísperas de este dilema monetario que el alquimista se cansó de vender su cerebro al mejor postor. Tuvo una idea gloriosa, dorada. No necesitaría más de cinco lingotes. Para fundirlos y volcarlos sobre el sitio apropiado. El resultado superó las expectativas. Uno de sus tres penes ahora era de oro.
      Y el pene dorado brilló y brilló, con una luz propia. Brilló tanto que el reflejo se coló a través de las ventanas del Congreso galáctico, que por ese entonces debatía las nuevas medidas respecto al cambio monetario. Un funcionario tuvo una gran idea.
      Ir al brillo. Había que ir al brillo. Toda la asamblea se paró de sus asientos al unísono. Caminaron por las calles con sus manos, tentáculos y cilias sobre sus cabezas. La luz era demasiada mucha. Todos se acercaron al pene dorado y lo observaron. Algunos lo tocaron. Unos pocos osados se animaron a besarlo e incluso chuparlo. El alquimista nebuliano había logrado un éxito rotundo. Desde ese entonces, el pene dorado es la moneda intergaláctica nebuliana.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Día 537: Un can asombroso

      Mi perro sangra espuma por la oreja. Es un can asombroso. Puede hacer willy con una sola pata. Hasta habla. Dice groserías a más no poder. También viene con dos turbinas incorporadas, por si quiere viajar a velocidades superiores a los 300 km/h. Repito, es un can asombroso. 
      Pero esta mañana cayó enfermucho. Creo que un vecino drogado (no sé cuál de ellos, son muchos) lo lastimó. Hijo de puta, si me lo llego a cruzar, le abro la jeta con un tenedor. Lo juro. Mi perro tiene poderes curatorios. Es como un manosanta en versión perro. Pero esto es demasiado.
      Este vecino, seguro drogado, le abrió el culo como si fuera una flor. Lo desvirgó así sin cariño. Por atrás. Si viniera CSI encontrarían rastros de semen del degenerado, estoy seguro. Hijo de puta. De todos modos alegría, alegría. Un nuevo mañana.
      Tengo una mascota de cualidades extraordinarias. Si ustedes lo vieran. Mide como un gran danés, es fiero como un mastín napolitano, nervioso como un chihuahua y juguetón como un labrador. Asi, todo junto. El criador me aseguró que ese perro, mi perro, no tiene madre. Es algo así como el anticristo versión perro. Así, todo junto.
      Y como venía así de maldito, le puse 666 de nombre, que es el número de la bestia, de acuerdo a Iron Maiden. 666 es obediente, aunque a veces se zarpa un poco con los colchones. Los deja hecho tiras. Una vez le mordió la mano a un viejito. Recuerdo que recién cuando llegamos a casa pude arrancarle la mano de la jeta. Un incidente aislado.
      Eso me recuerda a otro incidente aislado, cuando 666 violó sistemáticamente a un grupo de monjas que se encontraba de campamento a unos kilómetros de la ciudad. El tipo entró en las carpas mientras dormían las monjitas y la sirvió a cada una de ellas. Así, sin prisa. Tranqui. 666, como les digo, es un can asombroso.
      Me gustaría contarle muchos más incidentes aislados que viví junto a mi perro, pero no me dan los ánimos. El bicho se me enfermó y temo por su vida. Tampoco despreciemos su edad. Ya es un señor mayor, creo que debe tener como 174 años. 174 años de los humanos. Que en años perro serían como unos 1200. Es un viejo puto Matusalem mi 666. 
      Hace 174 que este perro entró a mi vida para cambiarla por completo. Me niego ahora a dejarlo ir. Y lo pienso. Digo. Tal vez exista la posibilidad que el rito funcione con los perros. Porque mi can es asombroso. Tan solo tengo que ofrecerle mi muñeca y dejarlo que muerda, y beba, y beba. Así, juntos en una nueva eternidad. Mi can asombroso. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Día 536: Direte filosófico

      Me declaro insolvente a la realidad. Que los filósofos paguen los platos rotos. Y que este casamiento griego dure por toda la eternidad. Que el alcohol brote de las calles. Las venas abiertas del comportamiento etílico.
      Beber hasta quedar incongruente a los designios de persona. Dejar la garganta seca de tanto líquido ingerido. Espirituoso el ánimo de la mañana del hombre que abraza a su botella. Somos los que deseamos morir sedados, de a poco, sin apuros. Consciente de que voy a estirar la pata de alguna u otra manera.
      ¡Traigan los vasos llenos! ¡Repongan las botellas de cerveza! Marchemos mareados hacía donde sea que nos conduzca el pedo. Quiero dejar el pantalón meado con la huella de mi existencia. Meo luego existo.
      Quiero disfrutar sin dilaciones este instante hedonista. Mi muro de lamentos se reserva el derecho de admisión.
      Nací bajo una nueva era. De esas que tanto hablan los noticieros baratos. Me dicen que soy parte de un nuevo pensamiento globalizado. Boludeces. Solo el alcohol como pegamento de todas las eras, del era al infinito. Una escalada al pozo. Mi vaso pierde contenido mas no coherencia. Mi religión, mi filosofía, la vida, la puta vida, toda entera, signada en la espuma restante de mis labios.
      Me voy a eregir en un acuerdo inconstitucional. Voy a ser lo que no sé que quiero ser. La realidad me pasó cuentas por los destrozos y yo solo pienso que nada debe quedar en pie.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Día 535: Humo y espejos

      Apagué el incendio de mi cuerpo con las cenizas del pasado. Delator que pasa el tiempo y no recuerdo aquello que posa sobre la mano del que dirige. Existe una especie de ecuación pedante que inaugura este nuevo cementerio de esqueletos.
      Pobre el espíritu razona si no quedó algo de pan en la alacena. Sabe que el hambre física no cura lo de adentro y aun intenta. No viví las consecuencias necesarias para dejar de aparecer en los momentos menos indicados. Quizás alguien mandó la señal y no llegó a destino. Es una posibilidad. Entre tantas.
      Novicios alientan un mal conocido por antiguas sociedades. Buscan reducir la carne a abismo. Debe haber una falla en el sistema. Un escuerzo pasó desapercibido con el cigarro en la boca. 
      Las noches como de antes. Esas con el calor justo. Y también una cuota de frío para atenuar la humedad. Hay un mate o la infusión de turno y personas que discuten la vida, como si viviesen en un Valhalla del conurbano.
      Mantuve atrás cuanto pude ese eco fantasmal que susurra nostalgias de berretín. Pero me ganó de mano. El pillo se quedó con la cuerda. Adelante. Adelante en la carrera que une alegría y espanto. No pude ver por no ser. Todos sabremos que aquello que retorna no es luz.

martes, 3 de noviembre de 2015

Día 534: Obediente

      Estaríamos mejor sin ese espermatozoide que se las da de vencedor. Un soplo de aire, uno solo. Y todo volverá a ser mejor. Como en los tiempos de la nonna. ¿Recordás? Buñuelos a la tarde, pajeadas de postre. Y así vimos transcurrir nuestra gloria de espermatozoides adultos y criados dentro de un útero aleatorio. A veces dan ganas de gritar así es la vida.
      Pero después hay un arrepentimiento que llega desde lo más profundo del tanque. Es una sombra que juega con los dedos del pie. Sombra juguetona y sedienta de colesterol. 
      Atravesamos uno tras otro los portales de lo incierto. Hasta que las máscaras se caen y solo queda hueso y estría. La sombra se agiganta hasta taparlo casi todo. Una noche artificial. Todavía despiertos recibimos el llamado a dormir. Es temprano para irse a la cama. Temprano. 
      Sabemos que puede llegar la reprimenda. Temerosos de lo que vendrá es que bajamos los brazos. Nos dejamos llevar en andas, hacía donde sea que nos quieran dejar. Cuando mamá dice algo, es mejor callar y obedecer.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Día 533: Fantasma en la máquina

      Es solo una estrategia mental, me dijeron antes de subir al simulador. Si sabés enfrentar el miedo, el resto es pan comido. Pan comido, si. Yo fui ese pan. Morí en un simulador, ¿tonto, no? Bah, morir. Si tengo que ser fiel a lo ocurrido, podría aventurar que una parte de mi ser quedó atrapada en este aparato de simulación de vuelo. 
      Supongo que ahora soy alma o fantasma en la máquina. O no lo sé, algo que jode. Eso me sale más que bien. Jodo mucho. Tampoco es que tengo mucho para hacer. Vivo una eternidad sin muchas alternativas. Así que solo puedo divertirme con las personas que visitan mi casa. 
      Tengo mis momentos, como toda persona. Cuando me siento contento, no tengo drama en ayudar a todos los pilotos para que aprueben sus exámenes. Los días de ira, mejor que ni entren.
      Cuando tengo ganas de joder, me gusta ayudar al mal piloto y hacer mierda al bueno. Es gracioso, los instructores se vuelven locos y putean a los operarios de mantenimiento del simulador, esta máquina anda mal, van a tener que cambiarla.
      Pero eso nunca pasa. Cuando veo que eso puede ocurrir, me encargo de que el simulador funcione de maravillas, incluso más rápido que uno de última tecnología. Ahí se vuelven a encariñar con mi casa, y esquivo el negro por un tiempo más.
      A diferencia del simple mortal, sé muy bien qué me depara la vida después de la muerte. Negro. Un paisaje negro. Sin sonidos. Sin imágenes. Todos los sentidos son de pronto apagados. Eso hacen. Apagar el sistema. Ahí tengo que esperar horas incontables hasta que encienden de nuevo todo. 
      En esos momentos juro que me comería las manos, si tuviese un cuerpo físico. Después vuelvo al aire y al cockpit y me olvido un poco del aburrido negro.
      Pero me recuerdo que antes que nada el propósito de mi vida es asegurarme la inmortalidad. Claro, puedo vivir por siempre, al menos hasta que a alguno se le ocurra destrozar el simulador, o que yo me canse de esta vida. No creo que ninguna de las dos cosas sucedan.

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