miércoles, 4 de noviembre de 2015

Día 535: Humo y espejos

      Apagué el incendio de mi cuerpo con las cenizas del pasado. Delator que pasa el tiempo y no recuerdo aquello que posa sobre la mano del que dirige. Existe una especie de ecuación pedante que inaugura este nuevo cementerio de esqueletos.
      Pobre el espíritu razona si no quedó algo de pan en la alacena. Sabe que el hambre física no cura lo de adentro y aun intenta. No viví las consecuencias necesarias para dejar de aparecer en los momentos menos indicados. Quizás alguien mandó la señal y no llegó a destino. Es una posibilidad. Entre tantas.
      Novicios alientan un mal conocido por antiguas sociedades. Buscan reducir la carne a abismo. Debe haber una falla en el sistema. Un escuerzo pasó desapercibido con el cigarro en la boca. 
      Las noches como de antes. Esas con el calor justo. Y también una cuota de frío para atenuar la humedad. Hay un mate o la infusión de turno y personas que discuten la vida, como si viviesen en un Valhalla del conurbano.
      Mantuve atrás cuanto pude ese eco fantasmal que susurra nostalgias de berretín. Pero me ganó de mano. El pillo se quedó con la cuerda. Adelante. Adelante en la carrera que une alegría y espanto. No pude ver por no ser. Todos sabremos que aquello que retorna no es luz.

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