sábado, 7 de noviembre de 2015

Día 538: Cuentos de la convertibilidad

      Cuentan que hacia mediados del siglo XIX (de acuerdo al calendario terrestre occidental) se desató una fiebre del oro a lo largo de todo el universo. Planetas enteros salían de sus cuevas, casas o cuerpos para rastrear el metal precioso. Un nebuliano, alquimista por excelencia, logró descubrir un gusano que hacía sus deposiciones doradas. Su especialidad era la transmutación de las heces.
      Con esas pequeñas caquitas de oro fundió kilos y kilos de lingotes que guardaba en un galpón hecho de adobe. El alquimista estaba confiado que muy pronto el oro se convertiría en moneda de cambio intergaláctica. Ya se acabarían las colas eternas para donar órganos. ¿Quién en su sano juicio podía utilizar una parte del cuerpo como moneda?
      Cada pedazo de individuo tenía su valor. Una extremidad, sea dedo, cilio o tentáculo, valía mucho menos que, por ejemplo, un órgano importante, como el cerebro. Claro que no todas las especies podían vivir sin cerebro. Así que, dicho de otro modo, había muchos pobres en la galaxia de la Nube de Magallanes.
      Muchas discusiones se suscitaron a las puertas del Congreso galáctico. Algunos senadores consideraban la moneda de cambio orgánico como síntoma más de la barbarie en la que estaba sumido el Imperio. Como dijimos, en la Tierra corría el siglo XIX. También los semejantes humanos enloquecían por el oro.
      Así fue como, en vísperas de este dilema monetario que el alquimista se cansó de vender su cerebro al mejor postor. Tuvo una idea gloriosa, dorada. No necesitaría más de cinco lingotes. Para fundirlos y volcarlos sobre el sitio apropiado. El resultado superó las expectativas. Uno de sus tres penes ahora era de oro.
      Y el pene dorado brilló y brilló, con una luz propia. Brilló tanto que el reflejo se coló a través de las ventanas del Congreso galáctico, que por ese entonces debatía las nuevas medidas respecto al cambio monetario. Un funcionario tuvo una gran idea.
      Ir al brillo. Había que ir al brillo. Toda la asamblea se paró de sus asientos al unísono. Caminaron por las calles con sus manos, tentáculos y cilias sobre sus cabezas. La luz era demasiada mucha. Todos se acercaron al pene dorado y lo observaron. Algunos lo tocaron. Unos pocos osados se animaron a besarlo e incluso chuparlo. El alquimista nebuliano había logrado un éxito rotundo. Desde ese entonces, el pene dorado es la moneda intergaláctica nebuliana.

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