domingo, 8 de noviembre de 2015

Día 539: Un primer epílogo

      Todavía puedo. Veo el cordón atarse bajo el efecto de mis manos. Un nudo corredizo para la multitud. Sé de lo que hablo, aunque la mayoría de las veces pareciera que no.
      Dicen que una vez que abandonás la atmósfera terrestre empezás a sentir los efectos de la falta de gravedad. Es mi primer viaje a Marte, debo confesarlo. La azafata me ofreció píldoras para dormir y para el dolor, si soy sensible a estas cuestiones espaciales. Las negué a todas. Craso error.
      Durante la colonización de Marte monté un pequeño negocio de venta de materiales de construcción. Aproveché el buen pasar de la economía mundial para exportar mis productos a Marte con sellos aduaneros irrisorios. El negocio creció y creció. 
      Es curioso, por más de veinte años Marte fue mi principal fuente de ingresos, y nunca lo visité. Llámenlo miedo. No, conveniencia. Luego de la Tercera guerra mundial, el 75 % de la población terrestre (de lo que quedó) emigró a Marte, como solían decir mis tataratatarabuelos "con una mano adelante y una mano detrás" Yo fui uno de los pocos comerciantes que decidió quedarse. 
      La Tierra del siglo XXII, como podrán imaginarse, es lo más parecido que puede existir a la mitad no habitada de la luna. Un cráter gigante que despide humo y pus. Así nos dejó la guerra. Con todo eso, reforcé mi decisión. Quedábamos tan poco. Y eso me daba libertades.
      Podía caminar tranquilo por el medio de avenidas de antiguas urbes sin que mi vida corriera peligro, por citarles un ejemplo. Así con mil cosas más. El paisaje post apocalíptico me sentaba bien. Por la tranquilidad, más que nada.        
      Mi vida trascurrió de lo más lindo. Formé una familia. Me casé. Tuve tres hijos. Envejecí. Llegué a ver nacer a mi primer nieto. Lloré de alegría. Y disfruté con mis heredades el fruto de años de trabajo. Eso hasta acá. Ahora el epílogo, o quizás, la parte más importante de la historia.       
      Hace tres semanas nos llegó la noticia desde la casa de gobierno (la de la Tierra, de Marte ya no se sabe nada), coincidió justo cuando me enteré de mi enfermedad. El pronóstico era tan poco alentador que ni siquiera me percaté de la importancia del nuevo decreto que entraría en vigencia en los próximos días.
      Entré en un período oscuro de mi vida. Una mañana me levanté y encontré con toda mi casa empacada en una maleta. Y ahí recordé el decreto. El día de la desinfección. Algunos funcionarios del gobierno lo llamaron: "tareas de mantenimiento terrestre" aunque por lo bajo se decía que era un experimento, una nueva clase de bomba para tratar de revertir las condiciones inhabitables de la Tierra. Una bomba biológica que reviviría la naturaleza despedazada bajo los efectos de la Tercera guerra mundial. 
      Me desperté arriba de una nave atado de pies y manos, así como un loco. Creo que me desmayé por el efecto de enterarme así todo de golpe. Pero viejo, ¿no te leí yo el decreto? me preguntó mi señora. Claro, no escuché nada. Por un lado me puse feliz, así atado y todo. Veríamos a nuestra hija, que se mudó hace cinco años a Marte.
      El viaje duró un mes. Fue un mes, no sé cómo catalogarlo. Sería una palabra entre mágico y raro. Algo que mezcle las dos. No voy a redundar en detalles. En el espacio mi enfermedad terminal se curó. Contra todo pronóstico. El médico de a bordo no podía creerlo. Yo menos. Pero es lo que pasó. Pude volve a atarme los cordones, ¿se imaginan? Todavía puedo. 

Continuará...

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