viernes, 13 de noviembre de 2015

Día 544: El fin del mundo

      En los albores de un viaje desquiciado el Capitán Tirocorto hace su clásico recuento de tropas. Señala con múltiples dedos y anota en una libreta raída un uno bien grande. Ulochico es ese uno. Fiel sirviente incondicional. Tirocorto le dedica una ligera sonrisa. Seríamos cinco,  de no ser por ese accidente.
      Veinte si no fuera por el tercer motín. Cincuenta y seis si no fuera por el segundo. Ciento treinta y ocho, si su barco no hubiese zarpado.
      Hay que reconocerlo, la empresa tenía un carácter temerario. Al menos esa cuota de audacia estúpida le reconocían sus ex lugartenientes. Allá se encontraba Tirocorto, solo con un mal cocinero y una aventura que le quedaba demasiado grande, casi como los harapos que le servían de traje.
      A no confundirse, antes que navegante, el Capitán Tirocorto era un avezado científico. El viaje de los treinta mil kilómetros. Una prueba de resistencia. Traspasarían el borde de la Tierra, combatirían a los monstruos que custodian el abismo y de ese modo expandiría los límites del planeta. La ecuación es sencilla, se relamió el Capitán. Los Reyes católicos desistieron de brindarle el bendito apoyo económico. Cristóbal Colón le había ganado de mano. Genovés de mierda, gritaba Tirocorto mientras se alejaba del palacio real.
      Así que la empresa de expandir la Tierra corría por su cuenta. A duras penas pudo zarpar de Puerto de Palos. A toda la tripulación se le había prometido una recompensa inexistente. Ese fue el desencadenante del primer motín.
      Luego, el barco perdió el rumbo y giró en vastos círculos sobre el océano Atlántico. El segundo motín ocurrió. Muchos no lograron sobrevivir. Aunque unos pocos afortunados dicen que llegaron al Nuevo Mundo.
      La embarcación viró hacia el sur. Muy al sur. Así fue como si querer el Capitán Tirocorto descubrió la Antártida. El frío extremo dio el golpe de gracia.
      Ulochico y Tirocorto contemplaban la vastedad del suelo antártico. Blanco, blanco y más blanco. El capitán, lejos de sentirse oprimido por el frío y la catástrofe, rió con ganas.
      ¡Llegamos, llegamos Ulochico! ¡El fin del mundo! Ahora deberían encontrar a los monstruos. No tardaron en llegar. En cantidades.
      Pájaros negros y blanco, eso eran. Monstruos con forma de pájaro. Medirían apenas un metro. Inofensivos. Pero demasiados. Y ahora los tenían rodeados en una ronda siniestra.
Tirocorto recordó que hacía frío y se abrazó a Ulochico, que no paraba de temblar. El círculo se fue cerrando hasta desaparecer en una mancha roja y blanca.

No hay comentarios.:

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...