sábado, 14 de noviembre de 2015

Día 545: Primer encuentro

      Te colaste por lo bajo. Sin avisar. Llegaste primero en la fila, gran bribón. No recuerdo a nadie con tus características. Tal vez un ladrón de poca monta, o Hitler. O ambos. Como ese sueño en que uno viaja tranquilo en un tren y cuando asoma la cabeza por la ventana ve como la terminal de Auschwitz de acerca.

      A veces los sueños se nos parecen. También las pesadillas. Ese gran bribón poco tenía de nazi, aunque podría haberlo sido. El destino lo colocó en la vereda de enfrente.
Digo en la gran vereda de enfrente, a lo que me refiero, fuera. Muy afuera. Lejos. Demasiado Lejos. No es un cuento nuevo de la Antártida. Es más bien algo que transcurre en el espacio. 
      Este extraterrestre filofascista vivía pegado a la Estación espacial internacional de la Tierra. La posición era estratégica. No podía ser detectado y a su vez recaudaba toda la basura que se liberaba de los conductos. Comida fresca para este bribón.
      Lo admiro. Tan aferrado a la vida. El último en su especie. Es un pequeño testarudo dictador atado a una fantasía del reino perdido, el suyo. Como otras tantas civilizaciones, le tocó ceder al peso de las cosas que trae de afuera el espacio. Un gato mal enseñado, eso es. El espacio mostraba sus colmillos y a veces le colgaba un asteroide aun con vida.
      Y el bribón, un presidente de facto cuyo reinado duro segundos (antes del asteroide), sobrevivió vaya a saber cómo. Su cuerpo salió volando de su planeta por la fuerza de la explosión y chocó contra la existencia de la Estación espacial internacional de la Tierra. Eso si que fue un viaje. Seguro atravesó un agujero negro en el camino. Eso no lo sabría nunca.
      Un día, luego de tanto esperar, el bribón se sintió curioso. Dio el paso necesario. Último en su clase, ¿Qué tanto importaba ahora? Dar el paso. Inevitable. Hacia uno de tantos desconocidos. Un contacto histórico se avecinaba.

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