lunes, 23 de noviembre de 2015

Día 554: El pitufo rojo

      Dicen que cuando nació el pitufo rojo, todos en la aldea vieron oscuras señales de una profecía. Hay que entenderlo, a falta de médicos y hospitales, un cáncer de piel puede ser confundido con un augurio. Ni siquiera los intentos reformistas de Gargamel pudieron sacar a los pitufos de sus ánimos medievales.
      Las opiniones, divididas, se encontraban entre la posibilidad de prender fuego al pequeño, o de ofrecerlo en sacrificio. Papá pitufo pensaba por primera vez en la renuncia. Treinta años de dictadura eran demasiados. El regimen pitufal le costó mucha sangre correligionaria. Ahora solo pensaba en el retiro.
      Un pequeño sector crecía en la aldea, así por lo bajo. El nacido, el elegido, el pitufo rojo redimiría todos sus pecados. Deberían salvarlo.
      Nada de eso ocurrió. Una horda de pitufos enardecidos destrozó la casa de pitufo filósofo, que hace meses convivía con pitufo gruñón y tomaron al pequeño pitufo rojo, hijo recién nacido de la pareja, en señal de ofrenda.
      Mientras tanto, Gargamel se frotaba las manos, esta noche almorzaría gato, a la memoria del difunto Azrael. Esos pitufos del orto pagarían el precio de tal asesinato. El monje dominico se acercó, sigiloso, a la aldea.
      Por fin, tras años de vanas búsquedas, se encontraban frente a frente. Un grito de furia se dibujó en sus labios, a medida que pisaba y pisaba esos hongos habitados de minúsculas criaturas azules.  Con sus cadáveres haría mucho, pero mucho oro, para su fortuna.

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