viernes, 27 de noviembre de 2015

Día 558: El traje de cuero

      Tener en cuenta este listado de supermercado: dos fantas, medio kilo de pan, doscientos gramos de queso de máquina, doscientos de paleta de primera, un yogurt descremado. Si alguien la hubiera recordado, capaz no habría muerto.
      Fue un accidente de los feos, aun se me viene a la cabeza, a pesar de que trato de olvidarlo. El auto lo atravesó al medio como si fuese una empanada de carne. Recuerdo que una nena venía jugando a la rayuela imaginaria y se paró ahí, a dos metros del charco. No entendía nada, hasta que empezó a vomitar.
     Después vino la científica y los peritos taparon el cuerpo antes de que venga algún macabro a sacarle una foto. Esa persona era un ser muy querido para mí. Aunque nunca formalizamos un vinculo familiar, Darío era un tipo muy querido para mí.
      Me prometí no olvidarlo. Como se le jura a todo buen amigo en estas circunstancias. Los meses pasaron, y como todo duelo, la tristeza empieza a aflojar. Ya estaba casi "curado". Hasta que lo vi.
      Inconfundible. El tipo tenía puesto unos anteojos negros inmensos, unos Rayban truchos seguro. Vestía una remera roja gastada y una bermuda de jean. Salvo el peinado, era Darío en pinta. Una reencarnación, pensé. Hasta camina igual, el muy hijo de puta.
      Me frené las ganas de llamarlo. Seguí mi camino. Total vivimos en un pueblo chico, si ese flaco se mudó hace poco, nos vamos a cruzar pronto en la semana. Y así fue. Esto que cuento pasó el jueves. El sábado nos encontramos en un kiosko.
      Es Darío, no cabe duda. Me animé a saludarlo. La misma voz, con su timbre, inflexiones. Todo igual. Salvo su respuesta. Usted me confunde con otra persona. Lo lamento mucho. Yo no, me dije.
      No sé por qué carajos pero empecé a seguirlo. Como si fuese un detective desocupado que persigue a una ex novia. Así pasé mis días y mis noches. Detrás del fantasma de Darío. Quiero creer que enloquecí, a riesgo de no tener una mejor excusa para justificar mi conducta por esos días.
      A la noche me sentaba en un banquito, mientras lo veía a través de la ventana de su casa. Solía acercarme un poco si me sentía confiado. Nunca observé nada raro. Al menos no hasta el tercer mes de mi loca empresa.
      Al principio fue una sospecha. Una intuición pelotuda del tipo: "algo pasa". Demasiadas películas, podrán decir. La cosa ocurrió más o menos así.
      Como ya pasaron muchos meses, tenía bastante cronometrado todos los movimientos de Darío. Tenía unos quince minutos del día que para mí eran un absoluto misterio.
      Pasaba cada día lo mismo. Tipo nueve, nueve y cuarto de la noche, Darío cierra las persianas y camina hacia su derecha. No se va a dormir, lo sé. Son quince minutos de silencio. Luego sombras y ruido de Darío moviéndose por la casa, come, va al baño, abre la heladera,  supongo, y tipo once se apagan las luces.
      No tuve muchas oportunidades de visitar la casa de Darío, así que me hice un mapa a partir de ciertos recuerdos fragmentados. ¿Qué había a la derecha? ¿El baño? No, junto al living que da a esa ventana, hay un pasillo, a la derecha hay dos puertas. Primero el baño, después una pieza. Y una puerta a la izquierda. Esa puerta. Un sótano.
      Tengo que entrar. Esa fue mi determinación. Algo pasa en ese sótano. En realidad algo pasó, si es que puedo anticipar un poco el desenlace de esta historia.
      Aproveché una tarde de martes. Lo tenía anotado en mi libreta. Darío tenis. Eso me daba dos horas para investigar. Una hora y media, si quiero estar seguro.
      Caminé hasta la puerta de atrás del jardín y busqué como por diez minutos la llave escondida. Estuve a punto de volverme, hasta que encontré el borde brillante debajo de un cuadradito de pasto de otro color.
      Consciente de que había perdido mucho tiempo con el tema de la llave, corrí sin detenerme hasta esa puerta que creía el sótano. Lo era, en efecto.
      Caminé unos cuantos escalones bajo una oscuridad tétrica hasta que di con el interruptor de la luz. Ahí estaba Darío, el verdadero.
      Estaba igual a como lo había conocido, todo, la mirada, la ropa, el pelo. Todo, salvo la piel. El cadáver de Darío, ya seco como momia, carecía de piel. En algunas partes del cuerpo empezaba a asomarle el hueso. Ese no es el detalle más extraño.
      A unos metros del muerto un pedazo de metal con luces le hacía compañía. Igual que en las películas. Una nave extraterrestre. Así que todo este tiempo tuve por amigo a un alienígena que se robó la piel del cadáver de quién creí tomar por amigo. No sé por qué tuve esa idea en la cabeza. Aunque no lo crean fue cierto. 
      Supongo que mantiene el cadáver para que la piel no se pudra. De alguna manera lo debe hacer. Lo que nunca me voy a enterar es la razón del accidente, Darío me sigue negando su existencia.

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