domingo, 29 de noviembre de 2015

Día 560: Euronymous

      Volviste porque nadie te lo pidió. Tengo todavía en mi cabeza el recuerdo de ese hijo de puta. Aun recuerdo muchas cosas. Nos despedimos en circunstancias extrañas, lo acepto. Pero entiendan, por esos años tenía una usina privada de drogas dentro de mi cabeza. No es la confusión. Fue más bien la claridad de un evento impostergable. 
      Podría decirse que me golpeó la luz. Esa misma luz que hace miles de años atrás drogó a Platón con toda su fuerza. Las cosas pasaron de un día para el otro, está bien que uno pueda atribuirle a la confusión de los tiempos el no haber sabido procesar bien la información. Y mierda que fue bastante.
      La separación desencadenada por el asesinato de ese cura nos trajo de vuelta a los caminos ya huecos de tanto transitar. No sé si llamarlo amor, porque creo que es un sentimiento demasiado trillado. Ponele mancomunión. Un corpúsculo mancomunado. 
      Decidimos que así sea a pesar de nuestras diferencias ideológicas. Vos querías atarlo de los huevos al campanario, yo pensaba matarlo despacio. Al final no sufrió ni nada, el curita murió bien rápido. Fuimos estúpidos, debimos saber que el pavote iba a intentar escapar. Fue una bala bien gastada, igual.
      Le echamos la culpa a la juventud. Así quisimos expurgar la culpa. Yo me fui al sur. Vos abandonaste el país. Escribiste libros sobre ateísmo que dieron vuelta por el mundo. Te hiciste conocer, hijo de puta. Y pensé, en mi ignorancia, que nunca más te iba a cruzar. El sur me resguardaba de tu recuerdo. Craso error.
      El frío, más bien, me resguardaba de todo. No me dejaba pensar ni nada. Solo el frío. Un frío de cagarse. Nieve en invierno, nieve en verano. Y la primavera. Y Otoño. Un año blanco. Así me mantuve lejos de las trifulcas religiosas. No más peleas contra el Dogma. Así con mayúsculas.
      Pero no me pude esconder por mucho tiempo. No sé cómo carajos, al final me encontraste. Fuiste un buen sabueso. Preguntaste a todas las miguitas de pan que dejé en el camino y reconstruiste de la nada el GPS de mi vida. Incluso mejor que yo, debo decirlo.
      Golpeaste a mi puerta aquella noche. Nevaba, para variar. Hacía frío, para variar. Tenías una cara de muerto, para variar. Eso me facilitó el trabajo. Tomé el cuchillo entre mis manos y sentí su peso. Ligero. Suave. Realicé unas maniobras sobre lo que solía ser tu cuerpo. La sangre manó a borbotones. Luego tomé tu ahora cadáver y lo tiré al fondo para que se lo coman los perros. Debí haberte advertido que con Dios (así con mayúsculas) no se discute.

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