viernes, 4 de diciembre de 2015

Día 565: Balance

      Cuando me despidió la mujer dejó restos de perfume por toda mi cara. Era una señora paqueta, lo acepto. De esas viejas que flashean mejores vidas allá por el barrio Norte. No era mala tipa. Además pagó muy bien por mi servicio. Claro, la serví, como un toro a una vaca. Dudo que la haya embarazado, a esa mujer le corre tinta sepia por las venas.
      Me despidió como un viejo amor. Otra que Casablanca. La película, no la pintura. Después me tomó la mano y depositó la tarifa. Creo que dijo algo así como "que se repita", pero no la entendí bien.  Todavía la vieja no salía del estupor de las pastillas. Después se subió al Audi por el lado del acompañante, y su chofer arrancó como con la intención de taparme de humo. Ni saludó el muy mierda.
      Yo quedé sentado en un banco a la espera del colectivo. Tenía miedo a abrir la mano y que a un punga se le ocurra hacer una patriada. Apreté el puño con fuerza. Lo tenía rojo ya. El chofer me vio tan nervioso que me preguntó si me pasaba algo. No respondí nada. Le dije cuatro pesos. Pasé la Sube y eso fue todo. 
      Más que uno me debe haber mirado raro. Aún tenía hedor a flor venenosa que me dejó ese beso anciano. Me pregunté si alguna de esas personas sabía a qué me dedico. O si alguno sabe lo que tengo en el puño. Y cuánto me habría gustado decirles. Primero, que no es tan fácil mi trabajo. Hay que sobreponerse a muchas cosas, el asco, por ejemplo. No de edad, de clase. Asco de clase. 
      Dudo que esa vieja del orto sepa las cosas que se viven por fuera de sus cuadritas de confort. Por fuera de sus cafés dorados. Por fuera de sus calles de tango y falopa. Somos esos malnacidos a los que tanto les tienen miedo. Porque no nacimos en el lugar adecuado. Y muchos no han tenido la suerte de tener aunque sea un libro interesante para leer. 
      Muchos de mis amigos han tenido que leer la mierda que el gobierno les deposita en sus cerebros a través de la escuela. Nos hacen creer que está mal ser pobre. Que no queda otra. Que no se puede tener suerte para saltar ese muro, que cada vez es más alto, como en Game of thrones. 
      Quizás nací con algo de facha, y eso me ayuda al trabajo. Me visto bien. Tengo acceso a cosas que mis amigos ni se imaginan. Pero yo estoy con ellos, no con la mugre hipócrita de los de arriba. Allá tengo que camuflarme. Ser otro. No levantar sospechas. Voy de incógnito, como quien dice. Y así me las cojo a todas. Por unos cuantos dólares. Si tan solo supieran todas las porquerías que les contagio.

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