sábado, 5 de diciembre de 2015

Día 566: Irreverente

      No tuvimos más fe en el emisario de Satán, a falta de un mejor artilugio publicitario. Por eso decidimos volcarnos a la bebida. El alcohol es una divinidad que nunca defrauda. De hecho, se puede considerar una inversión a futuro. Un cerebro con menos neuronas es un cerebro feliz, con menos complicaciones.

      Claro, no queremos pecar de neurocientíficos. Nadie quiere quitarles su trabajo, quédense tranquilos, somos buenos, no les vamos a robar. Esto es mas bien una declaración de sentidos comunes. Todos. Muchos. Juntos uno al lado del otro.
      Tan sentido y tan común como que dos más dos son cuatro. O el agua y su punto de ebullición a los cien grados científicos. Esta declaración se reviste bajo el aura de lo innegable. De la inexistencia de seres intangibles llamados dioses o demonios.
      En algo teníamos que depositar el cheque en blanco de nuestros pensamientos más profundos. El mecanismo de los sueños comprende mejor la realidad que nosotros. Todo es un grandísimo gran sin sentido. En eso hay que creer y tener fe. Amén.
      Y por supuesto en el vino espumante, y en el licor de melón, y en la cerveza, y en la absenta, y no nos olvidemos del aguardiente casera. Bebidas no espirituosas. Bebidas con espiritus. Ánimas cerebrales, así deberían llamarlas. Testigos o testigas de una química perfecta impusada a nivel sináptico.
      La verdad es el olvido. Morir es olvidarlo todo. Dejar atrás el ropaje de humano, tan característico de nuestra bendita especie.
      ¿Cuantas realidades imperfectas podrían convivir en un mismo planeta? Ya no lo sé. Morimos, como la verdad, muy de a poco. Tan de a poco que ni se nota. Y eso muchas veces nos da una cierta ilusión de asemejarnos a lo eterno.
      Volcamos en hijos o escritura el síntoma de lo eterno. Porque decidimos creer en algo mas fuerte y espumante que Satán. La droga de Dios. Servir a un propósito ulterior que no es más que motivos de risas. Y carcajadas. Risas y carcajadas. Como tan claro lo tenían aquellas personas que en la antigüedad montaban el teatro griego. A veces la muerte de la vida nos permite ser un poco irreverentes. Tan solo un poco.

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