lunes, 7 de diciembre de 2015

Día 568: Buscado

      Había una vez una historia que no parecía tener principio a pesar de haber terminado hace mucho tiempo. Los escritores se rascaban los sesos en señal de duda. Poco entendieron el misterio de aquello que los convocaba. Eso pasó hasta que un personaje tomó la palabra.
      Si, así fue. Un hecho de ficción se salió del libro y jugó un poco con los límites de su propia realidad. De hecho la advertencia tenía un punto similar, el anuncio de una era en la que confluyan de forma inevitable ambos mundos.
      Imaginación y realidad borrarían sus fronteras. El heraldo de la muerte eterna, así se hizo llamar el personaje. Donde ya nada acaba ni inicia redunda en un continuo.
      Lo que alguna vez se dio por llamar cinta de Moebius, un infinito de muchas dimensiones, comenzó a volverse historia. Los confabuladores se agrupaban en las páginas, junto a prostitutas, millonarios, astronautas y dementes asesinos. Lo mismo da. Si caos. Si orden. Todos los cuentos querían patear, sin importar adonde sea.
      El heraldo de la muerte eterna los convocaba bajo una misma bandera: "será lo que tenga que ser" y nada más. La existencia real debería reconocer su irrealidad. Lo mismo para el mundo de la ficción. Un continuo. Nada empieza. Nada termina.
      Y la pregunta final se asomó a lo largo de todas las bocas, ¿Y dónde está el autor? ¿Dónde se encuentra el responsable de los hilos que cuelgan? El bastardo debería dar la cara. Hacerse cargo del enchastre. Esa cosa que puede poner los puntos necesarios, las palabras indicadas y las sobras pertinentes. Una historia huérfana necesita a su autor. Y si no existe, seguro lo inventará.

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