miércoles, 9 de diciembre de 2015

Día 570: Deseos de navidad

      Fue un día muy difícil, lo juro por mi madre que aún no murió. No, está vivita y culeando. Y así quiero que siga, por mucho tiempo. Al menos hasta los cien años, cuando pueda hacerme responsable del cordón umbilical momificado que nos une. Somos demasiado apegados, lo sé.
      Creo que desde el primer momento sentí que mi modelo de persona era mamá. No por que papá haya hecho las cosas para el orto, no no. Papá fue un excelente padre conmigo, siempre presente. Pero mamá, nada. Mamá es Mazinger Z y He-Man, así todo junto en forma de mujer. Y no, tampoco me hice travesti, gay o transexual. Mi deseo iba más allá que una etiqueta corpórea. No, yo solo quería ser mamá. Mi mamá. Quería ser ella. De algún modo.
      Pero ojo, tampoco quería resignar mi aspecto o mi forma de ser. Así que tan pronto en la vida que me encontré en la encrucijada. Eso es lo que me dijo una vez el psicólogo: nene, a vos te pueden gustar muchas cosas, pero en algún momento tenés que elegir y eso marca preferencias y gustos. En realidad no sé si lo dijo él o si lo vi en algún comercial de la tele. El asunto es que no le hice caso.
      Qué le voy a hacer, tengo un corazón medio idealista, medio pelotudo. Lo quiero todo, como un nene caprichoso. Después me choco contra una pared y después no sobran los giles que me avisan, con sorna: te lo dije. Claro, porque iban así a evitar mucho. A mí me gusta chocarme contra las paredes, creo que es más terapéutico que andar por la vida esquivando la mierda que te dejan los perros en el piso. 
      No quiero quitarles demasiado tiempo, voy al meollo del asunto. Quería ser mamá. Parecerme a mamá. Pero también no quería dejar de ser yo. La psicología no me brindó una respuesta satisfactoria. Así que busqué por la puerta de atrás. Magia negra, es como lo llaman algunos.
      El ritual fue de doble utilidad. Por un lado le alargué la vida a la vieja, a costa mía, por supuesto, pero qué importa. Y por el otro, me convertí en mamá. Una parte de su esencia fue extirpada y la colocaron en lo más profundo de mi cerebro.
      Mamá no quedó tan mamá. Yo tampoco. Pero en esta escala de grises creo que podemos encontrarnos todos satisfechos. Nunca fui un tipo de grandes aspiraciones. Morir joven. Ser mi mamá. Y que viva más de cien años. No mucho más.

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