sábado, 12 de diciembre de 2015

Día 573: ¡Qué mundo hijo de puta!

      No te preocupes, es solo la primera vez. El escalpelo tiembla al principio, pero una vez que el puto hace su trabajo, es como andar en bici. El jefe del departamento me palmeó la espalda y luego de sus emotivas palabras me dejó solo frente al fiambre. Acá estamos. Todos los médicos cirujanos fracasados del mundo en algún momento caen acá. Acuciados por la falta de trabajo recibimos el llamado mágico y de estúpidos decimos que sí. Ni preguntamos dónde ni cuando. Te dicen que el ambiente está refrigerado. En verano, excelente. Venite bien abrigado en invierno, me aclaran. Es como cuando colocás carnada en un anzuelo, si te gusta la pesca. Mi jefe si que sabe motivar a los novatos, acá vamos.
      El sujeto X, llamémoslo Pedrito, falleció a causa de una insuficiencia respiratoria. Edad de Pedrito: dos meses. Dos meses. Un cadáver bebé. Acordate, como dijo el jefe, anzuelo, carnada. Y si, el bisturí te tiembla en las manos como la concha de la lora. Pensás que puede ser tu hijo, tu sobrino o el bebé más tierno de la publicidad de la tele. Y ahí te ponés serio.  Me clavé diez años de estudios para llegar a esta instancia, juramento hipocrático mediante. Curioso, no voy a salvar una vida, así que no se qué tanto sentido tiene que lo abra. Razones, excusas, tenés miedo doctorcito, por eso te rechazaron el currículum en esa clínica cheta. Se te nota el cagazo en los ojos.
      Pedrito está purpura. El rigor mortis lo dejó en una posición casi fetal. Tiene los labios entreabiertos y, para mi disgusto, los ojos abiertos. 
      Realizo una incisión a la altura del esternón, la piel de bebé cede al filo del bisturí de forma asombrosa. Chequeo los órganos uno a uno. El corazoncito. Luego el estómago. Aún tiene restos de leche materna. Tengo que resistir las ganas de vomitar. Trato, pero no. 
      Salgo corriendo al baño, lanzo agua, a falta de alimento en la panza. El ex bebé me espera en la mesa, abierto como un acordeón roto. Todavía tengo que llegar a los pulmones.
      Es una causa natural, es una causa natural, no paro de decirme, para qué carajos abrirlo. Ni que fuera una piñata. Otra vez el miedo. Ese miedo que tanto me inhabilita. Si supieran lo mucho que me calma un trago. Si lo supieran. Me echarían de un voleo en el orto. Quizás esto no es para mí.
      Reúno los últimos vestigios de mi valentía y empiezo a revolver el pequeño cuerpo. No mide más de 60 centímetros. Un cadáver chiquitito. Ex bebé. Pensar que hace unas horas atrás estaría tomando teta, tranquilo, ignorando su destino. Bah, ignorándolo todo, como buen bebé.
Llego a los pulmones. Los coloco en la balanza. Al pedo, no pesan más de doscientos gramos. Los abro con cuidado. Pulmón izquierdo, sano. Hasta que paró de funcionar, claro. Pulmón derecho, abro. Noto algo raro. Sí, el hijo de puta tenía razón. Una tuerquita del tamaño de un anillo, atrancada en un bronquiolo. No fue un accidente. Se lo hicieron tragar. Cerré la puerta. Un trago me iba a venir bien. ¡Qué mundo hijo de puta!.

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