domingo, 13 de diciembre de 2015

Día 574: Fitzcarraldo II

      De todas las noches que tuve que internarme en el bosque esta fue la peor. Los lobos aullaban sobre mi nuca. Desde hace una hora que el cielo amenazaba con caerse abajo. Y por supuesto, sin luna ni estrellas que iluminen el camino.
      En mi poder tenía un celular al borde del colapso. Cinco por ciento de batería para ser exacto. Me preguntarán, acaso, la necesidad de meterme en semejante quilombo. Les respondo, no me queda otra. No elegí nacer y vivir al otro lado del maldito bosque. Me encantaría que caiga una nave extraterrestre y cree así de la nada un camino alternativo, pero no. No queda otra.
      Nunca tuve miedo. Me guío bastante bien en la oscuridad. Lo que jode un poco son los lobos. Te los cruzás a veces. Por lo general te miran un rato y rajan al toque. Son bastante cagones. Pero a veces te encontrás con un macho alfa que te quiere hacer frente. En esos casos, corré y corré, con lo que puedas, porque los hijos de puta van montado en un rayo.
      Recuerdo hace un par de años. Salió en el diario. Un hombre de setenta años. El lobo lo trituró. Así como oyen, lo trituró. Como una máquina de picar carne. No había forma de volver a unir a ese hombre. El cadáver era un rompecabezas de más de cinco mil piezas, lo juro.
      Como podrán imaginar ese tierno recuerdo me acompaña cada noche que tengo que cruzar este camino a casa. Pienso bastante en una muerte así, no de negativo, no, más bien de realista. Soy consciente que algún día me puede tocar. O no. Quién sabe.
      Esa noche la recordé tanto porque sí tuve que correr. A falta de uno, dos lobos detrás mío. Hice un camino raro, en zigzag, a ver si los perdía, pero los hijos de puta olían mi carne. Soy su cena fresca y servida.
      Cada vez los sentía más cerca. No exagero. Un par de tarascones volaron alrededor de mis piernas para cuando mis manos abrieron la puerta de casa. Las porquerías se quedaron un rato gruñendo en mi patio, hasta que se cansaron y se fueron para su propia casa.
      Esa noche fue cuando me decidí a construir el camino. Por encima del bosque, que mierda. Sé que por ahí el riesgo es innecesario. Lo sé. Tampoco espero ayuda extraterrestre.

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