martes, 15 de diciembre de 2015

Día 576: Des-ensayo

      Cada cual toma su parte. A decir verdad, a nadie le importa. Creo que un día de estos todas las personas deberían recolectar sus propios desperdicios, ponerlos en una pileta y revolcarse hasta que la mierda le tape los poros. ¿Extremista? No, sensatez. Repito, a nadie le importa cuánta miseria puede soportar un solo cuerpo.
      En cambio la felicidad es diferente. Es una cosa adictiva, como el azúcar o la cocaína. Todos la desean, de alguna u otra manera, pero es algo tan irreal y tonto. Como pretender que tu equipo de barrio juegue en la primera división. Irreal y tonto. Las cosas verdaderas hay que repetirlas, porque es la única forma que se graban en la cabeza, por siempre.
      Lo ideal es proponer un carácter de ley o divino, como memento mori, o alguna sandez por el estilo. Esas cosas no se olvidan. Entran por la fuerza, como un miembro en un orificio poco apto, entiéndase la comparación sexual. Y así. Estamos ante el deber, la misión de aclararlo todo, pero todo, por más pelotudo que sea. Si tocás el cable te electrocutás. Si te electrocutás morís. Memento mori. 
      Creo que eso es la felicidad. Una sensación de conformidad a lo establecido. Digamos, las cosas son así, no me preocupo, pienso en África y se me pasa, aunque no sepa qué cosas pasan en África, y ya se me olvidó por qué razón mencioné África. El bendito pensamiento ayuda mucho. Es la anestesia local de las ideas. El pensamiento inyecta dentro de las neuronas proyectos geniales, pero a su vez suministra el antibiótico indicado para no sobresaltarnos demasiado. 
      Bueno, cosas así. Todo en un ámbito de absoluto equilibrio. El equilibrio no existe. Somos, por así decirlo, desequilibrados mentales. Estúpidos, para abreviar. La raza humana es estúpida. Y en un arrojo de estupidez extrema nos llamamos seres inteligentes. A veces las verdades son contradictorias, pero ¿a quién le importa? ¿A mí? no, solo quiero llenar esta hoja en blanco con letras y espacios. ¿A vos? Lo dudo, lees y no obtenés nada claro de un montón de letras y espacios. 
      ¿A ellos? ¿Al resto de los pronombres personales? Un total misterio. Nadie se atreve a meterse en la cabeza ajena. Salvo nosotros. Nosotros, los del dedo índice que indica y señala. Nosotros, los prejuiciosos. Nosotros, por repetir la palabra, los estúpidos. Ojo que a veces entre tanta incoherencia surge algo de orden. Nos cuesta, porque nos resistimos, a entender la verdad. Porque la verdad entiende nuestra realidad tal como es, ínfima, absurda, insignificante. Y eso no nos gusta, claro que no. 
      Nosotros deseamos ser importantes. Los primeros actores. Esos que te dicen el discurso que arranca las lágrimas y moja las polleras. Esos queremos ser nosotros. Pero el universo nos deparó un lugar más especial. El de telón. O árbol de reparto. O piso. Quién sabe, hay tantas alternativas.

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