miércoles, 16 de diciembre de 2015

Día 577: Postre

      El camarero repitió su discurso sin un solo tinte de desprecio. Mandó a una zona impúdica a su cliente, porque sí. Acto seguido arrojó una botella de vino valuada en quinientos pesos contra la pared de un costoso restaurante y abandonó el recinto sin decir palabra.
      Cuenta la leyenda que nunca volvió a conseguir trabajo, aunque la verdad es que se inició en el mundo de las películas condicionadas, gracias a una correcta proporción en la desmesura de su entrepierna.
      Y eso no es leyenda. Está anotado en los record Guinness del año 88. 31 centímetros para ser exactos. Erecta en toda su función. De más está decir que pocas chicas salieron ilesas. La industria pornográfica suele ser dura para estas pobres muchachas.
      La meteórica carrera cinematográfica del camarero acabó a los pocos meses tras una pelea en el plató con una actriz asiática. De acuerdo a lo que cita un productor, el camarero enfureció de repente y comenzó a emitir improperios a todas las personas allí presentes. Luego salió desnudo a la calle. Una vez más, no dijo una sola palabra.
      La cuestión se pone un poco más curiosa, ya que el camarero logra volver a su trabajo original. Ese restaurante costoso que fue testigo de su acto de locura temporaria decide tomarlo a prueba, con ciertas condiciones. Primero, que se haga ver con un psicólogo, segundo, que no hable y tercero, que se deje la barba y no levante sospechas acerca de su pasado cinematográfico reciente.
      Es lógico entender las precauciones, incluso podría decirse que habría sido más fácil contratar a otro camarero decente con un prontuario un poco más pequeño, pero qué joder, al tipo en verdad lo querían. Era como de la familia.
      Un pequeño detalle se les pasó por alto a los dueños del restaurante. No debían confiar en esa persona. No. El tipo en verdad estaba más loco que un tren sin vías. Lo confirmó luego de estampar su miembro viril contra la espalda de una señora de 85 años al tercer mes de contratado. Se quedó ahí, sacudiéndolo, una y otra vez, susurrando: "está rica la comida, eh, está rica, está rica, eh".

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