jueves, 17 de diciembre de 2015

Día 578: Una noche en la ópera

      La soprano erró una nota. Fue allá arriba, por la sexta octava, casi rozando la séptima. Pocos se dieron cuenta. Algunos expertos quizás. Después un par de temas sin fallas. Y luego volvieron. Un par de caladas. Hasta que la desafinación se hizo notoria.
      El programa indicaba que la ópera duraría una hora cuarenta y cinco minutos. Por más curioso que parezca, la cantante repuntó, casi hasta la excelencia. Parecía que en ese momento entablaba una lucha consigo misma, por el dominio de su voz. 
      Ahí fue cuando algunos despistados empezaron a escuchar. De verdad. La soprano iba y venía. Tenía un registro precioso. Paladar negro. Pero de golpe aflojaba una tuerca y su vibrato se corrompía como una bocina con problemas de identidad. 
      Luego el micrófono empezó a emitir ciertos ruidos extraños. Unos pasos que sonaban próximos al escenario. Un hombre gordo, muy gordo, con barba, se encontraba al lado de la soprano. Fruncía el ceño. Parecía muy enojado. 
      El hombre con barba habló. Mejor dicho gritó, que todo era una farsa, que no se iba a prestar más a este espectáculo. Entonó una canción y el público se sorprendió al comprobar que en efecto, tenía la misma voz que la soprano. Esta gallina clueca nunca cantó ni el arroz con leche. Me cansé. Hoy quiero la fama para mí, decía el hombre gordo con barba. 
La soprano enmudeció. Nunca supo cantar, pero tampoco esperaba semejante ridículo. Se ofendió tanto que le dio una patada al gordo de barba. El verdadero soprano no tardó en responder a la agresión. Le tomó de los pelos a la farsante mientras cantaba una canción tan bella que todos los oyentes la recordaron por muchos años de sus vidas. 

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