sábado, 19 de diciembre de 2015

Día 580: Cuento del maestro y su aprendiz

      En su camino de regreso había realizado ya 85 saltos de fe. Ninguno funcionó. En cada uno de ellos terminó con la nariz estampada contra el suelo, porque si para algo son efectivos los saltos de fe es para golpearse.
      Cada golpe fue más y más duro. Una cicatriz de carácter, diría alguien. Después, sin que nadie lo esperara, vino la revelación. Alabaría al Hombre Grande hasta el fin de sus días.
      Las andanzas del Hombre Grande se solían contar a los niños. Una fantasía para pequeños. Bueno, resulta que no era tan irreal como se pretendía. Al final la porquería salió del libro de cuentos. Mas codiciosa de poder de lo que uno podía imaginarse.
      El hombre Grande necesitaba de un heraldo. Alguien que transmitiera su credo. El asistente del maestro se hizo manifiesto. A través de ese camino de múltiples saltos se encontraron. Hicieron un juramento, no estúpido pero irrompible.
      Serían leales, uno a otro. Defenderían la causa. Vaya uno a saber cuál era. Nunca fueron claros al respecto. De todos modos, algo habría, muy por el fondo.
      Estuvieron de acuerdo en matar, cuando fue necesario. Estuvieron de acuerdo en dejar que amen, cuando fue necesario. Y también estuvieron de acuerdo en desaparecer, tan pronto como fuera necesario. Ya que todo mito se cimienta sobre la muerte de su creador. El sacrificio es necesario. Hay que añadir la cuota trágica, siempre. Eso que genera protuberancia. Y sobre todo, hubo un acuerdo para engañar a diestra y siniestra. Con su falsa fe se llevaron millones. Nunca conocimos mejores estafadores.

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