miércoles, 23 de diciembre de 2015

Día 584: Esta si es una historia de amor

      Estaba movido por la vergüenza. Por primera vez iba a decirle a alguien lo que sentía, en este caso amor. Un despojo de vísceras y palabras. Hay que pulir el estilo, es cierto. Pero aunque sea venció esa timidez que tanto lo recluía, en casa de sus padres, por cierto.
      En un acto de coraje inaudito, esta persona venció toda prescripción médica respecto a su inestable salud. Tomó aire, del de afuera, del verdadero. Incluso pisó pasto, del de afuera, del verdadero. Dio más de un paso fuera de su casa y envalentonado se encaminó adonde vivía su vecina de toda la vida.
      Se mudó. ¿En serio? ¿Hace cuánto? Ni enterado. Doce años. Doce años desconectado de la realidad. Ahora debería tomar un trago más profundo de la poción mágica. Más valentía. Más arrojo. Visitaría cada espacio que arroje aunque sea una pista acerca de la muchacha de sus amores. Mujer. Ya debe tener como cuarenta y monedas, si sus cálculos no le fallan.
      Otros dos años se arrancaron del almanaque. Veinticuatro meses le llevó averiguar adónde carajos se la llevó el viento, o el destino, o un auto, o lo que sea que la haya movido a esa mujer. Tocó la puerta de su casa, esa que con esmero tardó en descubrir.
      La encontró ahí, hermosa, angelical. Tal como la recordaba. La mujer la invitó a pasar a su casa. Oh, sorpresa, no estaba casada, ni de novia, ni viuda, ni nada. Soltera. Disponible, así con carteles fluorescente. Ella lo invitó a tomar un café. El hombre acepta. Toma asiento. Se percata de las fotos. Viejos recuerdos. Un gato atigrado descansa en la punta del sillón.
      La mujer vuelve con una bandeja. Charlan. Se ponen al día con sus cosas. Viejos chismeríos de barrio. ¿Recordás al verdulero de la cuadra? ¿Y al sodero? ¿El papá de fulanita? Y cosas así. Media hora. Cuarenta y cinco minutos. Hasta completar la hora.
      Un cuestionario sin fin. Ida y vuelta. El velo poco a poco se corrió. Y quedaron descubiertos tal como Dios los trajo al mundo. Desnudos, en bolas. Deseosos de ser. Algo, aunque sea. Y el hombre tiene la bendita revelación. Mira a los ojos de su ansiado amor. Tiene los ojos brillosos. Cree que va a llorar. Y luego piensa todo lo que le va a decir. ¡Pero qué mujer más insoportable, por favor! Gracias por el café, me quiero ir.

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