jueves, 24 de diciembre de 2015

Día 585: La valentía del perdido

      Buck limpió su revolver por cuarta vez en el día. No se conformaba con la típica pulida. Las imperfecciones de siempre. Una mancha por acá, una huella por allá. Cuatro balas en fila india observaban el ritual desde la ventana. Luego de que el revolver quedara impoluto, Buck apuntaba a la calle, como si fuese un video juego en 3D.
      Área 51, recordó. Una buena época. Como todo lo bueno murió, para dar paso a los cybers, las consolas y los celulares inteligentes. Buck se sentía un viejo vaquero librado en los vastos reinos de la melancolía. Era cierto lo que decían, todo tiempo pasado fue mejor. El mejor recuerdo. Ser un niño despreocupado. Lejos del revolver. Matar de mentira. Es un juego. Es un juego. Y repetirlo hasta que la risa le ponga dura la panza.
      Buck guardó el revolver en la mesa de luz y tomó el paquete de cigarrillos. Dio un par de golpes en el atado hasta que un cigarrillo se deslizó entre sus dedos. El encendedor iluminó el cuarto por una milésima de segundo y luego fue toda oscuridad.
      Algún día voy a abrir el cajón de la mesa de luz. Ese día voy a dejar todo este miedo atrás, eso que no me deja ser. Buck piensa sin parar. Habla consigo mismo en un soliloquio enfermo. Cuando la puerta se abra me las voy a jugar, lo sé. Todo volverá a hacer como en área 51. 
      Un par de extraterrestres van a volar en pedazos. Buck sentía el llamado. La ceniza del cigarrillo cayó al piso entera. Buck no dio una sola calada. Es por el retrato. Tenés que parecerte ahora que ya no está. En realidad sos como su sombra. Aun muerto te controla. ¿Todavía sentís su voz, no? Buck no deja de torturarse, quiere ser el niño que le prohibieron ser. Toma una vez más el revolver entre sus manos, abre el compartimento. Se acerca a la ventana y coloca una bala. Luego otra. Y otra. Cuatro balas. Luego cierra y apunta.

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