viernes, 25 de diciembre de 2015

Día 586: La decimonovena extinción

      Allá viene la comitiva. A lo lejos. Como a dos kilómetros de distancia. Transpiran. El termómetro ya pasó los cuarenta grados. Y esto recién empieza, dice el desierto. El accidente más desafortunado de la galaxia, que un avión caiga en un desierto con sobrevivientes.
      Y son demasiados. Y no tienen qué comer, ni qué tomar. Es posible que si dentro de las próximas horas sin salida empiecen a pensar en el canibalismo y en esas cosas salidas de las películas. En esas historias los buenos sobreviven. Casi todos. A veces muere uno que otro, por el dramatismo. 
      Pero cuando las cosas pasan de verdad el desenlace puede ser diferente. Es más factible que se mueran todos. Como así lo hicieron. Fue algo triste. Una tragedia, como así se solía llamar. Esta historia no se trata de eso, si no de una bandada de buitres perdidos que cayó a cenar carne humana. 
      Esa noche comieron de maravillas. Cuando se tiene hambre, la carne es un buen aperitivo para sellar el estómago por unos cuantos días, sobre todo en la escasez. 
      Las aves poco sabían de la parte que les iba a tocar desarrollar en esta historia. No habría pasado nada, de no ser por un fatídico cruce con una caravana de beduinos. Los buitres pensaron, más carne. Los beduinos pensaron igual. Al final prevaleció el ingenio humano, aunque a costa de unas cuantas lastimaduras por parte de esas aves del infierno. Se defendieron como pudieron, a picotazos, con sus garras. Incluso a uno lo lastimaron tan mal que estuvo a punto de morir.
      Por suerte, para estas personas, la travesía tuvo un final feliz. Al menos a corto plazo. Algo se incubaba dentro del cuerpo del beduino herido. Algo que venía desde el buitre, algo que el buitre traía desde su anterior banquete, algo que un avión, antes de partirse en el cielo, traía desde oriente. 
      El virus mutó más rápido de lo que podía prever cualquier virólogo. Se extendió rápido a lo largo del desierto. Atravesó mares. Cruzó las fronteras que comunican con occidente. En pocos meses el virus había montado un imperio más grande de lo que Alejandro Magno podría haber imaginado en sus sueños más enfermos.
      Sin previo aviso navegó cada océano terrestre y llegado el año alcanzó el mote de pandemia. El virus se metía derecho al ADN humano y lo cambiaba a su antojo. Nadie sabe cómo ni cuándo. La porquería enfermó y asesinó a millones de personas. Los que vivían para contarla o enloquecían o se convertían en buitres. Buitres humanos. Una especie rara, por cierto. 
      Los buitres humanos tienen la peculiaridad de vivir en fase de vuelo. Nunca aterrizan. Surcan los aires con destreza. El cielo es su casa. Allá arriba duermen, comen y hacen sus necesidades. Nadie sabe cómo hacen para sustentar una vida tan increíble. Nadie porque casi todos los científicos del mundo murieron a causa del virus.
      Mientras tanto, abajo, en la Tierra, la humanidad se conduce lenta e inexorablemente hacia su final. Algunos afortunados escaparon. Se subieron a naves experimentales a la conquista de un espacio inexplorado. Otros cavaron grandes pozos y allí pusieron sus huevos. Otros, la gran mayoría, aceptó con paz el destino que les tocó. 

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