martes, 29 de diciembre de 2015

Día 590: Lemmy

      Escuchar por última vez un detonante de tímpanos. Algo que traspasa la membrana auditiva. La baja frecuencia. Hacerte trizas contra el subwoofer. Eso y mucho más. ¿O no? ¿A quién le importa este pedazo de tierra cagado en donde nos toca vivir?
      Por supuesto, el estilo. Cuando el tren ya viene descarrilado, cuando las drogas sobran, ante todo el estilo. Caer sin peso. Que el golpe se sienta lindo. Bien por abajo. Regodearse del fracaso. De tanto perder en la victoria. Una majestuosa muchedumbre consume el silencio de tanto ruidos.
      Cantos de sirenas teñidos de whisky. La luz tenue de un mismo bar. Ese mismo bar donde cae el mismo sujeto, una y otra vez. Juega. Toma. Es feliz. Vive en su mundo. El mundo lo quiere. La música. El ruido. La podredumbre. Qué feo es el silencio. 
      Nos gusta sonar tendenciosos. Abrazar con rigor nuestros pensamientos. Cada gota de sudor derramada. Cada acorde presionado. Bajo. Caer bajo. Cuantos delirios hermosos. Que caiga del cielo todo el alcohol. Festejo. Que las valquirias amen. Un amor de fuego. 
      El bar cierra la puerta. El hombre camina hacia su casa. No es más. No es menos. Es. Y a su modo, siempre lo fue. 

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