sábado, 31 de diciembre de 2016

Día 957: Antesala al fin de todas las cosas

Si despides el olor al muerto lo serás. Es la condición de aquello que no se puede evitar. El último bocinazo antes de extinguirse en el ruido de las cosas que pasan. Te confunde el panorama, la vista arrugada de tanto fruncir los ojos. El mejor de los días, cualquier sueño de monotonía recubierto de chocolate y algo de azafrán. Es la sensación de la ropa cuando nos queda corta.
Salimos en manada en busca de un vaso con agua. Es el desierto y nadie avisa. Es mas bien el destierro. Envíen refuerzos. Caeremos de a miles, hermanos en el precipicio, lemmings. ¿Cuánto faltará para el fin del mundo? ¿Mamá, falta mucho? No quiero todas las respuestas ya. Las quiero pero de a poco, una a una, que se abran, una flor en primavera, o una gripe en invierno, o verano, lo que sea. Es necesario. Todo.
Después adornaremos la verdad con algo que le quede bonito. Unas guirnaldas, tal vez un saco marrón, de esos con botones. Una verdad pituca, renacentista. O barroca. Art nouveau. Lo que venga. Una tintura para Warhol. Viviremos de eso. De no aceptar nada, aunque las cosas estallen. Queremos del paraíso, Kabul o Siria, Bahía o Guantánamo. El paraíso está ahí y alguien lo pintó. Así, mal. Fuera de los contornos. Con rayones. Los colores equivocados. El pandemonio está ahí. Y duele. Y es rico. Y tiene un olor a mil entierros. Y es. Sobre todo. Es.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Día 956: De un lado de otro

Me quedo con el desasosiego, la figura del espanto. No hay canales para medir el miedo. Es un grito solo, confundente, que acribilla la oscuridad. No voy a estropear la melodía para decir lo que siento. El culto es el abismo, es lo que es, lo negro y todo lo demás. Nadie tendrá alas sin haber mudado plumas. Y debimos jugar con el desquicio, como para hacer pasar el tiempo.
Algo no vuelve, se queda en el medio, atorado. Adiós sumas perfectas. Nada exacto, todo es falla. Quiebres en las presunciones, paradigmas inexistentes. Todo es falla. Prenderemos fuego la máquina. Un muñeco más de fin de año. La imperfección del silicio y nosotros aparte.
Volveremos la cara al pasado, porque nos contenta repetirnos, ir a lo seguro. Y desaparecer desde ningún lugar, el fin del lente opaco. Una película debilitada. Contenido cumplido. La espera muerta, no vinimos a nacer. Fue todo un accidente. Celebremos la casualidad.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Día 955: Pulpo quemado

Muchos recordarían ese día como el del gran incendio del puente. Trajeron pólvora como para iniciar una nueva guerra de independencia. Dicen que pasado dos días del accidente, aún las estructuras de acero permanecían calientes. Nadie indagó en un motivo mayor al del terrorismo. Alguna célula hizo el descargo, luego vendrían los avisos a la prensa y todo volvería a la normalidad, al menos para aquellos heridos con posibilidad de vivir con la decencia de una cicatriz menor o una secuela pequeña en el cerebro u otra parte importante. Cincuenta y ocho personas no tuvieron la misma suerte. El dado negro cayó sobre ellos y trituró y machacó su carne con la facilidad que una mano dobla un pedazo de chocolate derretido.
Pasó un año hasta que descubrieron a los autores del hecho. Al parecer unos adolescentes quisieron montar una gran broma y les salió mal el asunto. Muy mal. Qué digo, demasiado mal, para la mierda. Lo encerraron a los pibes y lo violaron. Un tipo con una faca abrió a uno de lado a lado y terminó en el hospital casi muerto. El otro se suicidó porque seguro le salía la perpetua o algo parecido con muchos años adentro. La prensa se alimentó con la historia unos cuantos meses. Querían averiguan la motivación de los chicos a cometer el delito.
Así desfilaron parientes, psicólogos y peritos de diverso tipo por las pantallas de televisión. El morbo estaba servido a la mesa. Hasta un hipnotista tuvo sus cinco minutos de fama aludiendo saber, mediante inducción a la hipnosis, las posibles causas del crimen. Nadie sabía nada. Nadie. La verdad se encontraba oculta en el cerebro de un chico en coma. Pensaron que lo mejor sería revivirlo para confesar y que luego se muera. Cosas así, ya saben, la desesperación.
Ideas no faltaron, aunque en situaciones descabelladas las soluciones tienden a ser igual de descabelladas. Un científico propuso realizar un experimento. El hombre parecía que sabía lo que hacía, aunque nadie pudo imaginarse que El hombre centípedo era una de sus películas favoritas. Un científico loco, eso. No abundan, hace cincuenta años que están en vías de extinción. Eran tipos con inventiva capaces de realizar los trabajos más asombrosos dentro de un laboratorio. 
Le hicieron caso al final, y lo financiaron incluso. La idea era sencilla. Un transplante de cerebro. Algo visto y probado, pero nunca realizado con éxito. Hasta ese día, extraño, glorioso, o fatídico, para la ciencia, como quieran mirarlo. No voy a dar muchas vueltas, el tipo lo hizo. Pudo. Le salió bien. Aunque las consecuencias no fueron las que podía esperar.
El sujeto de prueba, el receptor, aceptó de buen grado el cerebro. Podía pararse, coordinar los movimientos de sus músculos, hasta abrió los labios dispuesto a hablar. Y la sorpresa. Nadie lo entendía. Una falla en el área de broca, dictaminó el científico sin lugar a dudas. Pero no, el sujeto de pruebas sí hablaba, aunque lo hacía en un idioma nunca antes escuchado. Palabras raras, extrañas, guturales, y un mantra que se repetía, gutulu, gutulu, gutulu fatán. Gutulu. El sujeto de prueba huyó. Más tarde supieron de él. Los incendios habían comenzado.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Día 954: Felicidad

Hoy estoy feliz, dispuesto a ver como la vida vomita mariposas en mi duodeno. Oigan, es un evento inaudito, no pasa siempre. Es como cuando coronan a un Papa. La gente se para y aplaude, algunos derraman lágrimas y cosas así. Son cuestiones de estado. Plana mayor. A veces deseo un atentado contra la humanidad. Cruzo mis dedos con fuerza y miro al cielo. Ahora vienen, no. Ahora vienen, no. Y no, se quedan en sus planetas, a millones de años luz de nosotros. Los telescopios que tenemos son muy precarios para descubrirlos.
En realidad no quieren venir. Nos tienen miedo. Pensarán, a ver si la humanidad es un mal que se contagia, y los entiendo. Mejor que nadie, a pesar de tener hoy una felicidad capaz de inseminar a medio edificio. A esas personas les introduciría mi miembro con ganas. Depositar unas cuantas semillas, ya saben, para mañana, uno desconoce lo que puede llegar a pasar. Una inversión a mediano plazo. No me veo como padre, pero tampoco es el proposito, entienden. Vine a este planeta a ser todo lo amargado que mis células puedan permitir. Voy a ahogarme en cada detalle idiota con la misma gravedad que el cáncer hace metástasis en las partes importantes del cuerpo. Voy porque quiero. Hundirme en esa mierda me hace feliz. Me hace sentir, ante todo, vivo.
La felicidad me vuelve tarado pero completo. Soy capaz de cerrar el círculo aunque esté mal dibujado. Nunca fui bueno en el arte. Lo mío son los números. Soy un contador profesional. Cuento polvos, autos, caca o lo que venga. Me gusta la consecución numérica. Me tranquiliza saber lo que puedo esperar de una suma. Es lo conocido. A los bebés les pasa igual. Nacimos para vivir en la zona de confort aunque muchos se empeñen en echarnos de ella.
Sé que algún día me van a contactar. Me gusta creer en el peso de lo inevitable. La muerte lo es. Los extraterrestres lo son. Yo mismo lo soy. Voy a ir adonde tenga que ir y no voy a poder evitarlo. No soy dueño de mi ser. Es un alquiler. Cuerpo en comodato. Le pedí prestado, como otros, unas cuantas partículas al universo, y luego tendré que devolverlas. Al menos voy a evitar el efecto invernadero.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Día 953: Doble negativo

Sed de todo. La plaga del conocimiento. No dejemos lugares abiertos. Afuera los tiempos de sutiles escarmientos. Somos lo que fuimos, un concepto errado o tal vez el acierto insólito que nadie se atreve a pronunciar. Nos aferramos a la tierra para no caernos, demasiados movimientos para un solo eje. Rotación enfermiza, que me levante en andas. Canten con orgullo el himno de los perdedores. Canten tanto como así el silencio ocupa.
Portación de vida con nombre y apellido, sos lo que el planeta demanda, un héroe para la ocasión, un bardo para amenizar el rato. El sonido de la historia, el ruido blanco de nuestra especie, cuántos minutos contados antes del olvido. Secuencia de autodestrucción iniciada. No van a ver volar los pedazos. Sean consecuentes. Paguen el precio.
Con gesto villano sonreímos ante el mundo triturador de personas. No nos toca y falta poco. Aunque tanta sea la espera. Los números se agotan. Las entradas están sobrevendidas. Un recinto pequeño para una super estrella. Nos apretamos las caras contra el vidrio. El gozo es uno, siempre uno. Y nadie ante nadie. Veremos cómo sale.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Día 952: Nulidad

Un esperpento salido de lo más profundo de la úlcera. No esperes lástima, querido tiempo. Las cosas se van y no tardan en irse. Con ese jugo mal azucarado vas a salir a la vida a pedir limosna. Después van a desear la gloria. Así funciona el mecanismo. Podemos arrojar toda la madera a la pira, que el cuerpo permanece intacto. Una mancha maldita en la pared. El síntoma de la culpa. El abismo de todas las mierdas juntas. 
Coleccionamos odio para usarlo en un mejor momento. Testigos del instante. Esa cabeza quebrada del uso. No se vende. No se regala. Se tira a la basura y se busca una nueva. Un portal para nuestras emociones, que quede bien pequeño total no son muchas.
Almacenemos consecuencias. La reunión de las avispas convergen en un deseo de sangre. De la totalidad de la carne deshecha. Estoy confundido, corto de realidad. Con la palabra a medio tomar. Ahogado, acaudalado en el momento. Haré guardia de mis espinas. El sol nunca amanecerá en el mismo sitio. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Día 951: Horóscopo jodido

Estudié las estrellas sin posibilidad del error. Todos nos equivocamos. Mucho. Con ganas. Doctos profesores de la derrota. Es el gusto de la carta de poco valor. Un triunfo en lo esperable. Luego viene la mañana nuclear. Debimos tener algo de la culpa. El gesto cómplice del astrónomo. Miles de asteroides anuncian el fin de los tiempos. No es la arrogancia del pedante, es sabiduría inútil.
Destilar medidas adecuadas de veneno. Me atreví a pagar los platos rotos. En aquella nave del infierno nadie sabía su nombre. Y todos estaban por algo. Eso de expurgar el mal nacido. Desatar el cordón que tanto aprieta. Nutrido momento de oscuro sentido.
Un hombre sinuoso y su espacio. Acata la orden. Es el perro. La superficie mordida. No hay tiempo. No pensar. No existe. No hay mayor existencia que la maldita, la eterna. La condena de no saber distinguir vida, muerte, vigilia o sueño. En un rato todo habrá desaparecido. Y acá estaremos. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Día 950: Adios, Tierra

Cultivé durante la noche las últimas semillas de mi resistencia. Me rendí para dar paso a la muerte y todo lo demás. Hacer lo que se debe, comida de gusano. Intenté enredarme en una pelea por última vez y no me dejaron participar. No me daba la altura. A ciertos individuos le ponen etiquetas. La paz o la guerra, el cielo o el infierno, caer o lo que sea. No debo confiar. No debo entregarme tan fácil.
Nos gusta ser inconscientes. Lamemos el riesgo con gusto, como un helado barato a punto de derretirse. Cautivos del momento, una instantánea negra. No ver todas las millones de estrellas sobre las cabezas. Nunca abandonamos la naturaleza. No del todo. Ahí esta, una rendija, el conducto.
Sale a la intemperie sin pasaporte, arriesgado y valiente indocumentado. Nada ilegal. Así predije la crisis, el fin del mundo y todo lo demás. No calculé el resto. Un factor inesperado en mis mejores momentos, los más bajos. Tengo una predilección a esa clase de catástrofes. Ideé una cápsula de escape para cuando sea indicado. Los minutos contados y el aire escaso. Es tiempo del adiós. Adiós, Tierra.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Día 949: Almanaque amarillo

Resiste la avalancha, con todos los pedazos juntos. El monigote de fin de año. El síntoma más cruel se anida por lo bajo, es la voz que repica y muerde. Los hombres nos parecemos, nadie escapa. Remite la estática. Ruido blanco de ocasión. Nuestro fino cogote aventurero asoma. Otea el panorama. Es pasivo a lo que es. Existir como acto itinerante. No ver más brillo en la oscuridad. Ojos que asfixian. Ojos muertos.
Perdimos la fortaleza. La carne envejece y se hace dura al diente. La encía se parte y no hay diente. No nos vamos a despertar más de aquel sueño erosivo. Mendigaremos lo que sea necesario. Desenterrar la mierda de pozos ajenos. Lo que sea. Y por supuesto, el interludio. El cobarde sobrevive, más que la suerte del valiente.
Allá afuera, el confín de la situación máxima, de culpa y esperanza. Las ruedas se detienen, nunca se movieron. La inercia. La ilusión. Cuerpos que retozan sin apenas tocarse. Estamos mejor de lo que creemos. Peor de lo que sabemos. Y tal vez dé lo mismo. O no.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Día 948: Los ciclos del hambre

Las crónicas documentan que ocurrió en algún momento del siglo XXII. Los científicos se cansaron de descubrir cosas. Ya no quedan misterios. Todo resuelto. Es el final. Y lo fue para algunos, que optaron la vía del suicidio. Otros tantos, un poco menos melodramáticos, sentenciaron que había llegado la hora de inventar. Así que desempolvaron sus herramientas y volvieron al laboratorio. Mezclaban elementos irreconciliables con la esperanza de generar un nuevo agujero,  universo paralelo o superhéroe. Lo que salga primero. Fueron años oscuros. Muy oscuros.
A uno de ellos se le prendió el cerebro. Un rayo desconocido le pulverizó las neuronas. Fue a partir de ese accidente que los científicos empezaron a ser más precavidos con sus experimentos. El tipo de la idea brillante vino después. Dijo que no necesitaban inventar algo nuevo. Podían remodelar el pasado. Como lo hacían las máquinas del tiempo. O mejor, podían inventar lo ya inventado. Eso no requiere mucho trabajo.
Hoy entendemos esos percances con la naturalidad que nos brinda la distancia cronológica. Estaban locos. Locos y aburridos. Eran hombres sin propósito. Ante la posible extinción, decidieron aferrarse con uñas y dientes a su pequeña parcela de conocimiento. De esta manera no es extraño entender las motivaciones que llevaron a los científicos a resucitar uno de los viejos aparatos prohibidos por el Gobierno décadas atrás.
Se trataba del aneurismaton, una máquina capaz de generar falsos recuerdos, que colocada en cierta frecuencia puede inducir al sueño y al olvido. Algunos la llamaban flor de loto. La idea fue la siguiente: potenciar a través de los satélites los alcances del aneurismaton y enviar unas dosis de frecuencia de loto. Las instrucciones eran sencillas. Olviden el mundo que los rodea.
No tardaron en llegar los grandes descubrimientos. Un asombroso dispositivo capaz de limpiar los dientes. Una red de conductos que hace desaparecer los excrementos. Un cuadrado que guarda palabras, historias.
Los descubrimientos salían a la luz con un velocidad para el asombro. A los científicos le faltó la mesura del malvado nato. Quisieron descubrirlo todo (de nuevo). En cuestión de meses todo volvió a ser como antes. Sin mayores alteraciones.
Decidieron usar una vez más el aneurismaton. Pero algo se escapó a los cálculos. Una frecuencia insólita. El efecto pareció quedar nulo. Y no fue así. Desde entonces la Tierra genera reverberancias, imposibles de medir por los científicos del siglo XXII, mercaderes de la nueva era oscura. Estas reverberancias crearon el mundo aparte, una dimensión paralela, próximo a nuestro plano existencial.
Desconocemos la naturaleza real del mundo aparte. Algunos expertos sostienen que allí se encuentran todos los recuerdos perdidos del siglo XXII. Incluso piensan que tal vez existan criaturas que se alimentan de ellos. Aún desde entonces no hay respuesta. Los científicos no dejan de trabajar en eso.

martes, 20 de diciembre de 2016

Día 947: Anuncio

Prefiero marcar líneas. Dibujarla un poco. En mi juego están todas las excusas. Voy a retrasar al universo. Que la demora sea el modo de vida. Que actúe por contagio. A mi me puede la lástima. La autocompasión. Así podemos repetirnos hasta el hartazgo de la nada misma. Un hálito irrecuperable. Un brillo caótico, amanecer de huesos.
La codicia de mi muerte. El abanico definitivo. Haremos de cuenta que no pasó nada. El juego del amo y el señor, donde nadie es el esclavo. Nos limpiaremos el tizne de la nariz y juzgaremos a las cosas por su nombre. Respirar la falta. De nuestros sueños alimentados de metano y cromo. Suficiente es dormir sin descansar.
Mi resucitar belicoso se erige sobre el nuevo Campo Santo. Es dueño del cese de la vida. Rey del polvo. Diligente. Mis anhelo. La gloria del mundo aparte. Ese espacio de irreconciliable belleza y horror. El mundo aparte, la transición, el portal. De todas nuestras intenciones. Del lamentable paso atrás que deja al descubierto el velo. Allá vamos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Día 946: Sentimientos invertidos

De las escaras de mi padre nace un silencio. No es el goteo intermitente del suero. Es la acojonante falta de sonido. El mundo aparte, el que todos temen. Allá vi a un casi cadaver ofrecer pelea. Percibí un instante, el momento. Ya bajó la guardia, se va, se va. Y me quedé con la finta. El truco. Así no.
A cada semana lo mismo. No mejora. El doctor amable, que explica lo obvio. Es terminal, lo sabés. La enfermedad no siempre trabaja con las mismas ganas. A veces se toma un fin de semana largo, unas vacaciones y el cuerpo aprovecha. Unas cuantas refacciones y a seguir. En la espera. La más dulce y amarga de todas.
Muchos pierden sus estribos. Arrojan sus pensamientos y anhelos a dioses y sarasas redentorias. Que se vaya en paz. Que se vaya. Que algo. Y no. Kilometro cero. El coche no avanza. Mis manos exhiben surcos no antes conocidos.
Y me percato. El viejo tiene nueva piel. El espejo devuelve una escara, pero en un cuerpo diferente. Alguna brujería, vaya uno a saber. Muero a cada día que pasa mientras que ese hombre que me dio la vida mejora, contra todo pronóstico. Sabré que el bastardo me va a dejar en la cama. El cambio es inevitable.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Día 945: Competiciones

No voy a poder conmigo hasta las últimas consecuencias. Me lucho fuerte, soy tozudo. Debo parecer el idiota más grande del universo ante toda la paz del discurso de los bienaventurados. Hombre, mujeres, animales, rocas, todos unidos en la suerte. Estoy ajeno a la buena fortuna. Soy la cosa que nadie quiere, ese pedazo de alimento que dejan al costado del plato. Un carozo imposible de tragar. La píldora de los nueve meses después. Prueben, intenten, soy la prueba viva de la superación inconsecuente.
El paseo en la Tierra, respirar y todo lo demás, un juguete tétrico, la diversión irrealizable. Caerán, arderán, el cometa último, el del juicio final. Emitirán sus opiniones sobre mi cadáver, y quizás en ese entonces tampoco me dejen ser. Soy prisionero del labio y las cadenas de ribosomas que conducen al cerebro. Hagan un podio, convenzan al ganador de retirar los cargos sobre mi persona. Alquilen un sendero alejado de mi tumba. No debería ser tan difícil. El conjunto de monstruos que se aprestan a la puerta de mi cajón.
Allá van a colocar el tótem. Tendrán su ritual de espacios comunes y palabras esperadas. Una vez más encontrarán el modo para dejarme de lado. Agitarán la bandera blanca, por cansancio o no se qué. Quizás sonría. La derrota me hizo un experto del fracaso. Acá juego yo.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Día 944: 1990

Unas cuantas canciones entraron en el cassette. Una de INXS, otra de Chris de Burgh. También hay lugar para un clásico de Sting, y quien sabe, tal vez algo de Toto. La música nos engolosina el cerebro. Es el portal a un mejor tiempo. O a uno no tan bueno. En los ochenta le ponían a todo sintetizadores y colores fluor. Creo que la idea era que todo se pareciera un poco a Blade runner. Ya saben, el miedo al futuro y esas mierdas. Síntoma inevitable, estimo, del miedo al presente sublimado en otra cosa.
Tampoco se trata de la fidelidad del oído. El cassette es una mierda si se lo compara al vinilo. Aunque es curioso, si colocan en una maratón a un CD y un cassette, tengan la seguridad que este último gana por afano.
Acá no llegó tanto la paranoia de la guerra fría. Creo que teníamos suficientes con nuestros propios miedos. Costó trabajo erradicar la peste verde. Aún el grupo de insurrectos de las cúpulas mayores nos hicieron sufrir un poco por las cosas recientes de nuestra historia. Buscamos afuera, es cierto. Pero no importamos más miedo. Nos aquerenciamos a The police, a Jackson, Bryan Adams y otros tantos.
Ese cassette testimonio evanescente de una era. El muro cambió las razones. Se movieron los capitales con los escombros. Quedamos abajo. Quedamos arriba. Hubo furia, enojo. Algunos recordaron tiempos perdidos. El limbo de los setenta. Cayó el muro y con él se vino abajo la grandilocuencia de un lenguaje. Decir. No decir. Decir poco. En Seattle están pasando cosas. Allá mamaron a Hendrix. Algo grande está por venir.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Día 943: Rebelación

¡Eso no estaba en el contrato, hijo de puta! dijo el acomodador antes que lo rajaran del cine con una escena que dudo que alguien quiera presenciar. Guardamos silencio, unos veinte segundos quizás. Incomodidad. Pusieron los adelantos de las nuevas peliculas, como para cortar la tensión. Cabeceé en mi asiento. Otra noche sin cine, pensé. La caravana me pasaba factura otra vez. ¿O sería la petaca que pasé de contrabando? Nadie lo va a saber. Creo que ese hombre es mi héroe. El abanderado de los acomodadores. ¿Todavía existe eso? Antes era un solo trabajo, incluso en ciertos conciertos aún los usan. Ahora son chicos de menos de veinticinco años. Los ponen a hacer pochoclos, vender entradas, destapar inodoros, ah, y también le dan una linternita para conducir a los paspados que llegan tarde a la sala a sus asientos. Menudo trabajo. Chicos sobreexplotados, cierto.
A este no sé que bicho le picó. Supongo que habrá sentido la caricia de la opresión por algún lado. Es raro que ahora salgan revolucionarios. Por lo general entregan el culo sin preguntar siquiera si va a doler. Salvo este chico. Este acomodador sintió la punta gorda que llega tarde a la función y quiere acomodarse en la retaguardia. No, al carajo la linterna, al carajo el mundo, esto no es para mí. Bravo, bravo, lo aplaudiría, si no fuese por los paspados que también me hubieran mirado a mí como un pájaro salido del mismo reservorio. No les daré ese gusto.
No compré pochoclos. Me hacen mal a la resaca. El ácido de la bebida y sus efluvios me sientan para el orto. Debería haber muerto hace un par de años. Sin magia. No hay cáncer. Solo mi cruda obstinación hacia el desbarajuste. La última película que creo recordar el argumento es una que vi una vez en Montevideo, en el 79. No sé si era el Padrino II o Scarface. No, creo que Scarface no, ni sé si se había estrenado para ese año. Desde ese entonces las películas para mi han sido un gran misterio.
Uso las salas de cine para dormirme. Creo que me da una tranquilidad que no obtengo en casa. Mi mujer está muerta. Hace diez años. No vale la pena echarle la culpa de mis descalabros. Siempre fui yo. El delirante, el artista frustrado, el de pensamientos oscuros y otras tantas cosas más. Siempre. Como nunca cometimos el pecado de la paternidad siento la soledad como nadie. Mi familia desapareció en su mayoría o yo decidí perderlos, creo que es mas lógica la segunda opción. En fin, el cine me trae una clase de desahogo de la vida en la Tierra que no me lo da nada ni nadie.
De vuelta en mi cabeza se reproduce esa pequeña trama. El chico tira al costado su uniforme, revolea la linterna y sale echando putas al grito de ¡Eso no estaba en el contrato, hijo de puta! ¡El contrato! ¡Pueden creerlo! El imberbe tuvo hasta tiempo de leerlo y asesorarse al respecto. Yo lo aplaudo. La juventud perdió la capacidad de lucha. Antes nos obligaban a pelear. Era eso o amanecer en la cárcel o con una bala. A los adultos, una vez que perdemos el sentido de aventura, nos empiezan a parecer peligrosas las ideas emocionantes. Estos chicos, lo lamento, ya no las tienen, se contentan con la pala. ¿Para que llamar a la parca, no? Se entierran solos.
Los créditos iniciales y una escena rimbombante, de manufactura hollywoodense. Estoy atornillado al asiento. Nunca estuve más despierto en mi vida, creo que va a ser una película que nunca más voy a olvidar.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Día 942: Litio

Me gusta advertir al pedo, me da una sensación de superioridad, una que nunca tuve. La miro desde arriba, con sorna mientras que me mojo los pantalones. No debo confesar el miedo, no debo sucumbir al terror ancestral. Los vínculos que se cortan, paredes caen. Y tu preciado muro, una montaña de mierda.
Puedo divagar en muchas lenguas aunqir para expresar mis deseos no existan palabras. Quedás corto con las alternativas y nadie se explica, como un hoyo, preciado, en el cerebro, puede ser la felicidad. Puede ser, todo o nada, aunque es posible que no lo sea. Me es fácil revolcarme en el hastío. Una aspiradora quiere vaciarme. La suciedad queda bien conmigo. Atorarme de mierda. Hasta que lo bueno termine.
Mi reinado está afuera. Nunca quise esta  corona de gusanos. Al menos en mi soledad me permito ser sincero. Puedo mentirme y ser tan abarcativo como el diccionario me lo permita. Estiraré la vida, como un buen sobreviviente. Y a veces sacar la lengua, que la depresión no me impida divertirme. Los reinados caen y ya saben, eso siempre da motivos para reir.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Día 941: Pasos de ballet

Tocar tanto como los dedos puedan. No dejar obra en pie, que nada es sagrado, dicen. El arte muere a nuestros pasos. El sintoma de la decadencia, pero la definitiva. Aceptamos nuestra parte con la parsimonia que corresponde al caso. Y no ventilamos un rumor mayor. Las cosas suceden, aún con nuestra voluntad que juega en contra.
Dejamos de contar la mentira del infinito. Hasta este pie el límite queda. Ni un paso atras. Ni un paso delante. Justo. Detenido en el limbo de todas las sensaciones del universo. Tantas pero contables, finitas. Lo que nuestras manos abarcan los dedos tocan. El tacto curtido de quien ya dejó las cosas del amor por detrás.
Las naciones del planeta unidas en la aflicción del divorcio. Disolución del común sentido, de aquello que nos rodea. Ejecutan el plan maestro con pasos de ballet, milimétricos. Justifican el asesinato siempre que sea el de unos cuantos, los necesarios. Se prestan al juego de dios, de Kurtz y todo lo demás. Sin volver a la periférica óptica, de ojos cegados. Cuerpos que chocan en la oscuridad, panderetas de la historia. El sentido no vuelve a ser encontrado. Anónimo aguarda la bala que siempre tuvo su nombre, y no más.

martes, 13 de diciembre de 2016

Día 940: Poeta maldito

A este señor le gusta juntar huesos. Huesos de gente, de cosas muertas, personas ya no vivas, si me entienden. Una vez juró en una radio de barrio, una con alcance de cinco cuadras, más o menos, que tiene guardado en su galpón mágico los restos del Conde de Lautréamont. Este señor, por supuesto, es un excéntrico. Un loco lindo, tal vez. La vida nos da huesos, es su lema.
Y de las puertas para adentro, la privacidad. Ahí el hombre descalabró. Primero fue la observación. Nada raro en un tomador de huesos. Pero llegó la hora del baño. Dicen que el arte de la transfiguración en objetos es poco practicada. Un oficio desconocido, descubierto por un idiota que se baña con una pila de huesos a las siete de la tarde.
Las esencias volaron en todas direcciones. Millares de portales se abrieron. Unos cuantos fueron a parar a este señor. Los suficientes como para hacer parecer a la esquizofrenia un juego tonto.
Todas se pelearon para tomar el control. El anhelo más profundo de los muertos es la vida. Se saben condenados y esa es la verdad. El hombre fumó opio sin saber el por qué. Recordó Francia con una extraña melancolía, aunque nunca visitó ese país. También tuvo ganas de exterminar judíos, a pesar que el odio religioso nunca estuvo en su menú. Esas y otras tantas actitudes fuera de sí.
Murió en la completa ignorancia de su mal. Culpó su inmanente deceso a uno de esos cánceres hijos de puta que vuelan por ahí. Nadie en la autopsia colocó la causa de muerte como producto del impulso que tienen las esencias a repetir las causas de sus propias muerte. Nadie. A ese hombre nunca lo abrieron. Lo enterraron en una fosa común.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Día 939: Es mi ansiedad

El deseo de mi madre, de hacer mi vida un cementerio. Previne el acoso de lo que se vino después, una orgía de lamentos.  No voy a decir que la pasé bien. No voy a decir. Mejor es dejarlo que muera en mis labios, como el mejor secreto del mundo. El poder narcótico de una verdad. Confite y turrones para mi muerte. No me despierten. Tengo mucha vida por dormir.
El coro de acusadores entra conmigo al baño. Corto espacio, acotado. Siniestro. Lavar la herida, lavar hasta que desaparezca. Clavo la mirada en el espejo. Soy todo lo feo que deseo ser. El tintineo de una aguja me mantiene en ese estado de apatía permanente. Déjenme ser. Déjenme ser algo. Quiero un lugar en la cola.
La vela se contrae con el viento, embiste la tempestad y ya no parece de noche. Cuantos minutos podremos contar antes de perdernos en los números. Ese temor a lo conocido, ya no ser parte de la aventura última. Una pelusa se atasca en el inodoro. El vendaval de la puerta del baño nos despide hacia otro mundo. El mismo, quizás.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Día 938: Empate

Me contagié de tu desidia para alimentar mi ego. En algún momento me pareció que iba a ocurrir, el mundo quebrado y yo adentro. Prisionero. Un accidente épico. No pude ver tus intenciones detras de tus verdades. Me dejé llevar por lo otro, por lo acariciable. Y no te pedí la cuenta. Salí echando putas, por la puerta del fondo.
No me confundas, soy un buen tipo. Puedo agitar las banderas de las causas mas nobles y aún sentir el corte. En la carne. Ahí derecho. Voy a destilar todo el odio que se me dé la gana, porque creo que un poco te lo merecés. Otro poco es gratuito, lo entiendo, es mi parte buena.
No puedo dejar de ser bueno, aún en el odio. Odiaré como el mejor, con la mandíbula apretada y la palabra puntiaguda a mano.
De este duelo no me sacás hecho cadáver. De algún modo voy a sobrevivir para contarla. Vas a ser tierra de escrache, augur de mis nimiedades. No vamos a hacerla larga. Vas a perder y lo sabés. Te tiré el auto encima y te vacié todo lo que mis ánimos pudieron. Consideralo un empate.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Día 937: No llame más

Los clústeres de información, los últimos retoques. Y después de eso, no más preocupaciones, ya sería un problema de la máquina de pensar. Al menos era la promesa del comercial, no más preocupaciones. La vida y el estrés, esas cosas. De a poco se agotó su fuente. Y ocurrió lo esperado. Un océano de fuego electrocutó sus neuronas.
Señor F, dijo el médico, le aconsejo reserva. Estamos por iniciar un tratamiento experimental, bajo el consentimiento de sus familiares, por supuesto. Y fue todo. Luego la confusión. Falsas memorias. Como Robocop. Película de mierda. Unos últimos retoques. Actualizar el sistema operativo. Reiniciar.
Olvidar la vida propia, ya no existís. Imaginá que de algún modo moriste. El señor F daba el control de su cerebro a la máquina de pensar. Una freidora de ideas. La vida es corta como para no aceptar los riesgos. El señor F se desplazó hacia un lugar recóndito de su propia cabeza. Un fantasma en la máquina. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

Día 936: Fervor religioso

Suponte, solo un eco boludo. Un reverberante estallido de palabras, consecuente. Somos el señuelo de las eras, aleluya. Hasta el último escombro removí, sin encontrar la decencia de tiempos mejores, fruta para otros. Fruta para mí. Todo el inconsciente bombardea. Es la puta bomba del fin de los tiempos. Aleluya.
Con estas letras remozadas salgo al mundo y digo lo que digo porque puedo lo que puedo. Desde otro planeta recibo señales. No hay vida inteligente. Ni acá ni en el culo más recóndito de las emociones. Solo un eco boludo. Un repite que repite. Estribillo desencantado, pelotudo. La canción más idiota del mundo. No entender más de qué va la cosa.
El meo de los dioses. La vida sabrosa. Congelarnos a la intemperie. Como el canario siberiano. El culo sin preguntas. Un premio Nobel más a la decadencia. Uno más, y no jodemos más. Nos fuimos sin volver. ïtaca quedó en la puta que lo parió. Tan lejos de la miopía de mis circunstancias. El ojo malo no puede más de bueno. Recibimos el cambio con un amén. Y con su espíritu. Y ni un carajo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Día 935: Todo lo bueno

Tengo una solución y no se cuál es el problema. Supimos ser aquello que la gente pregunta. La noche de los demonios. Es la idea de un sueño rutilante. Si tantas veces podría decir lo mismo cuánto más lo diría. Mi boca puede estar trabada en esa obsesión. 
La causa de la guerra. Allá pierden algo más que las piernas. Golpeé con todas mis armas, directo al corazón de los novicios. Y pudo el efecto sorpresa. La decisión de los cobardes. Llené los pulmones con todo el aire que pude y grité tanto, tanto, una frase ininteligible, suelta. Libre. Consistí en dejarme llevar por el silencio de la tregua. Me amigué, ya saben, con el humo de la metralla.
Luego fui el emisario del escritorio. Traje respuestas rapidas. Palabras dulces. Conferí una gruesa capa de pintura a la obra mayor. Me hice llamar el artista, en mi cruda fascinación por la sangre. Serpentinas, confeti, fiesta para los valientes. Los muertos sí que la pasan en grande. Felices tumbas. Somos todo lo bueno de la civilización. Somos todo lo bueno.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Día 934: El rey del puto planeta

Escogimos las mejores piezas, como para capear la tormenta. Después fue cuando vino lo malo. El descubrimiento, triste, de saber que no éramos los únicos en ese planeta de piedras verdes. Los de mi grupo éramos cinco. Seis si contamos a José. José está a punto de morir. Enfermó al aterrizar la nave. El aire del planeta le debe haber caído mal. Cinco y medio.
Nunca tuvimos muchas instrucciones. De las que podrían dar a un astronauta. No. Somos tipos comunes. Con suerte. Cuando el gran conflicto hizo mierda la Tierra, naves como la nuestra se dispararon al espacio. Así, como quien dice, al azar. Nosotros sacamos el premio mayor. No tengo dudas en decirlo. Salvo los seis, cinco, que les refería, la humanidad hizo caput.
Al principio lo creímos un paraíso. Solos, vegetación por todos lados, aire como el nuestro. Pero no, nunca estuvimos solos. Nos observaron, nos estudiaron y nos midieron a cada uno de nosotros, vaya uno a saber por qué. Ahora creo que algo lo entiendo.
Nos querian cazar. Uno a uno nos fueron matando con sus fusiles de plasma. Nunca supe si la cacería tenía algún fin específico o solo era por diversión. Quedamos arrinconados en un pequeño valle. Solo yo. Bah, José y yo. Ese bastardo había agotado sus posibilidades de sobrevivir.
Va a ser el rey del planeta. Lo pensé como quien inventa una película para divertirse mientras espera que lo atienda el doctor. Va a ser el rey de este puto planeta. Esos bichos le obedecen, no sé cómo. Y lo entendí, parte de la película se hizo realidad. Lo entendí en un gesto del moribundo José.
Era la señal. Sentí el rojo de la mira sobre mí frente. Los bichos lo van curar, para luego coronarlo. El rey del puto planeta, quien sabe, tal vez el universo.

martes, 6 de diciembre de 2016

Día 933: Revelado

A veces me contento en este sentir licántropo. Con la mirada adobo la carne. Y en un silencio testigo me abandono al furor del hambre. Por la noche mis sentidos son confusos, me olvido del hombre que dejé atrás. El sueño fragmentado de una estampida debajo de mis pies. No ví más aquel jardín florecido donde mis esperanzas se marchitaron.
Fuí dejando los pedazos, a medida que el camino se hacía cuesta arriba. Olvidé tantas cosas. Los anhelos de mi especie, sobre todo. Un gran período de indeterminación cayó sobre mí. No pude más sedar la tortura. Me abalancé sobre el infinito y aguardé a que la nube se retirara.
El mundo se presentó ante mi en su realidad absoluta. Sin mentiras. Sin engaños. Solo lo que es, y tal vez será. En el medio quedaron mis latidos de hombre insulso. Creí por unos instantes en los poderes curativos de la misa negra. Estuvimos perdidos por eternidades. Sin saber encontrar lo que ya está. Un solo preludio nos antecede. Y nos condena.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Día 932: Democracia fingida

Se abalanzó sobre los restos de comida. Cinco meses del último banquete. El rey ha muerto, que viva el rey. Esa fantochada dijeron antes de enterrarlo y comprobar que aún vivía. Así es la miseria humana. Cinco meses llevaba oculto en el palacio. Afuera el clamor de la revolución pedía su cabeza.
Le dimos muchas facilidades a la plebe, no es de extrañar que algún día quieran más. Palabras de su sobrino, Conde de Tierras Rojas. Tenía razón. Toda la puta razón. Quizás el hubiera sido un mejor rey.  Mejor que este viejo decrépito al borde de la inanición. Un fantasma al borde del espejo.
A esos les llamaba sus pensamientos de ventana. Desde allí observaba a su antiguo reinado. Era el lugar más algo del Castillo, y del pueblo también. Es cierto, estoy sitiado. La rebelión ya había asesinado a la reina, a dos Duques, un Conde y tenía prisioneros a los día hijos del rey. Ese hombre, encerrado, alejado del poder, ya es hombre muerto.
Cada tanto venía la ilusión. El rey imaginaba un trato benévolo. No van a repetir conmigo lo de Francia, no. Vamos a hablar en buenos términos y llegaremos a un acuerdo. Fin de la historia.
Las antorchas y las armas apuntadas en dirección a su castillo cambiaban sus ánimos. Las charlas consigo mismo de extendieron por un largo mes más. Agotada hasta la última reserva de comida del Castillo, el rey se dio por vencido. Moriré loco, se dijo.
Vestido con solo una túnica verde salió adonde la plebe lo aguardaba desde hace seis meses. No pudo ensayar palabra alguna. Le volaron cerdos, tortas, papas y toda clase de comestible. Ese hombre necesita comer, gritaban. Que lo llenen. Que lo llenen. Ese era el cántico que entonaban las masas. Nunca tuvo un mejor banquete. Un banquete romano, sin dudas, pensó el rey satisfecho, antes que el dolor que le nacía del brazo izquierdo interrumpiera el festín.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Día 931: Nociones de fantasmología

Encontré un modo para decir lo que quiero sin decirlo. Es un acto masoquista de supervivencia o más bien un secreto boludo. Las cosas deben morir en mí. Ese es el principio. Luego se necesita un poco de sangre de la víctima. El portal estará abierto por unos cuantos segundos. Los suficientes. El medium del más allá solicitará claves. A lo que uno debe responder: uno cuatro veinte, o tal vez el número de pin del cajero automático. Eso depende del interlocutor que se convoque.
Será el momento de fugarse a un otro país, conseguir pasaporte, aprender un nuevo idioma. La cagué. A los mediums no les gusta que los llamen. Te joden la mente. Violan tu cerebro. Te hacen decir cosas. Si, cosas sin decirlo. Claro. Esa era la premisa inicial. Pero nadie imaginó esta situación puesta en un cubo de maldad sempiterna.
El juego de los números se tiene que repetir, uno cuatro veinte o quizás los dieciséis números de tu tarjeta de crédito. Es posible que el rito termine de este modo. No se alarmen si su cuenta corriente aparece en cero. Gastos en su tarjeta de crédito, también es algo normal. Con el tiempo se disipa. Consigan un nuevo nombre, evadan al fisco y eso es todo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Día 930: Crónica del hambre

Los convocaron por sus aptitudes. Son materia maleable, decían. El refugio era una fiesta. El desvío fue preciso. La excusa, un accidente. El contingente tendría que caminar unos metros hasta el área de reunión. Tiempo justo para que los cazadores hagan su magia.
Los reducirían de a poco, por diversión. Después vendrían los negocios. Cien triunfos, el valor en el mercado negro. La gran hambruna, un mal que azotaba la Tierra desde hace diez años. El tabú lo impidió en un principio. Y de la necesidad vino el negocio. Demasiada pobreza, demasiada hambre, demasiadas personas. La ecuación es sencilla. Y el secreto se descubrió.
Los seres humanos eran contratados por empresas de alimentación, para alimentar a las masas con sus cuerpos. Carne humana. Más barato que criar una vaca. Y más nutritivo, decían algunos. Tampoco quedó opción, los vegetales y otras variedades alimenticias ya no existían. Sólo la carne que recubría los cuerpos de la humanidad. Y lo más relevante, era rica.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Día 929: Coordenadas

La catástrofe inminente de los tiempos. El porvenir de la horca. Si todos apuntaran hacia el mismo lado. Síntoma. Guerra justa. Más vale no preguntar. Dejarlo. En lo figurado. La pena mayor. La que asfixia. El bagaje de la idea. Descarrilar en lo mejor del trayecto. Un rumbo fuera de la vía.
El simposio inaguantable. Calor helado en el alma. Tóxico amanecer. Nos propusimos todas las variantes del adiós. Descubrir. Redescubrir. El secreto del kamikaze. La belleza de un ocaso, de tantos. La precisión de una palabra. El hospedaje de una bala.
Sostener el peso de los huesos. Quedar en el umbral. No decir la contraseña. Expuesto. El corazón es una fractura. Quiebre. El primero de su especie. Tanto espíritu. Poca sombra. La luz y la polilla. Carne triturada. Pagar el precio. Un ritual. Hacia donde vamos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Día 928: Arena de reloj

TtInmenso océano. Destacado. Omnipresente. La medida de todas las cosas. Moja la sal, contiene el aliento. Ser el fragmento de muchos pedazos. Nadie quiere ser parte. Es el juego nocivo, un arbitrio. Sin efectos colaterales. Qué mejor esperanza que no tenerla, en absoluto. No es nacer, no siquiera existir. Es el fenómeno del tránsito, irrelegado.
Modular la inconstancia, de a poco volvemos al camino viejo. Repetido. De lo inalterable y otras yerbas. No poder ver al pueblo maldito con los mismos ojos. Ojos de muerte. Creemos reconocer la verdad a punto de quedar extintos. La tortura. Los lamentos. Y más de lo mismo. Un rejunte de cerebros achatados. La ignorancia del poder. Los muchos abrazos no reconocidos.
¿Quién puede declararse culpable? No existe el juicio. Los buenos valores caen, la carne, la nafta, el precio y todo lo demás. Pecar de inercias, saben de la nada, profetas del aire. El júbilo de la palabra pronto a desvanecerse. Confiar o no en el brazo. El costado de lo más siniestro, pero costado. Dejar que el cuchillo opere. La magia de la desfiguración. Asesinemos el tiempo. Una vez más.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Día 927: Movilidad

Comenzó cuando mamá decidió mudarnos a la mierda. No lo premeditó, no lo discutió con papá, así de simple armó nuestros bolsos una noche y así quedamos, todos al revés de la casa, o sea afuera, o sea el frío, la intemperie y todas esas mierdas. Papá nunca decía nada, aunque cada tanto me hacía un gesto del tipo a esta qué carajo le picó. No pudo esperar a comprar o alquilar una casa nueva, le ganó la ansiedad de la incoherencia. Yo tampoco me preocupé, en ese entonces era demasiado chico como para quejarme o entender algo. Me pareció un juego divertido.
No se preocupen, vamos a estar lejos, dijo mamá. ¿Lejos de qué? de la cortina del baño, por supuesto. Está poseída por el demonio, claro. La lógica al servicio de mi familia. Nunca trató de romperla o exorcizarla, no. Fue más fácil huir en el medio del sueño. Qué se yo, era chico, puse el pero y me callaron.
Cuando conseguimos mudarnos a nuestra segunda casa pareció que las cosas mejorarían. Mamá tenía mucho mejor ánimo. Hasta sonreía. Papá también sonreía. Parecían cómplices de algo que tardé unos años en entender.
Pasó un par de semanas y yo andaba por el comedor mientras mamá hacía una torta para la merienda. Le quise decir un pero, y otra vez me tapó la boca. Dejó de hacer la torta y otra vez rajamos de nuestra casa, la segunda.
Ocurrió con la tercera, la cuarta y la quinta. Así hasta convertirnos en una especie de tribu nómade. Crecí entre viajes sin sentido. Mi voz tomó el color de la adultez. Discutía más con papá, y otro tanto con mamá. Nunca entendí porque papá no se divorciaba a la mierda de mamá. Si sabés que está loca, le decía. Y a mamá cada tanto, cuando sabía que pronto tocaba mudanza, le decía que la cortina no nos puede seguir a todos lados. Pero es la misma cortina, el demonio sabe adonde vamos, era la respuesta de mi madre. Y yo buscaba en mi paciencia, aclaraba la garganta y me disponía a ensayar el pero. Y no, ella salía corriendo. Ya no quería escucharme.
No va para más, le grité en esa ocasión. Me escuchás y listo. La cortina del baño te sigue a todos lados, pero vos sos la que la compras. Siempre comprás la misma puta cortina. Es la misma puta cortina.

martes, 29 de noviembre de 2016

Día 926: Funeral de las cosas que restan

Absorbí el aire con la delicadeza que me permitió la nariz rota. Allá arriba del cuadrilátero nos cagamos a golpes. Fuimos dos dioses de la decadencia. Escupí la vida en ese balde, junto a usa puteada. Perdería algo más que la pelea. El ring más grande, el garaje de una trifulca cósmica. Arderemos por siglos. La culpa no está de mi parte.
Puedo tener un diente menos y la esperanza aparte. Perderme en el bosque y ser un árbol. Me alejaría tanto de la escena. Pero no debo. Mi carga está en las puños, dentro de los guantes. Es un baile al que no me puedo rehusar.
Sé que debí estar muerto hace tiempo. Es la suerte. O la falta de ella. Me prepararon para ser una máquina de guerra, un artefacto incapaz de sentir la piel lacerada. Fui un producto de años de investigación. El humano perfecto. O eso decían. Estuve cerca de ver. O de no ver. El ritual nos pone en ese camino. Allí estuve, en lo correcto. Enterrado por varios milenios, creyendo ser algo más. Hubo una pelea que ya no recuerdo. Y parte de los oficios funebres, de las cosas que llegaron a ser.

Día 925: Bautismo

Se agita el caballo para no asustar a la muerte. Ensaya un nuevo corcoveo, quiebra la espina dorsal. Los dominios de las cosas oscuras. Desprovistos de lo necesario, hacer estallar el mundo. No ver el panorama, lo que más grande se hace a medida que se desgrana el ojo.
Los niños salen sin su maquillaje. No quieren mentirle más a la vida, están viejos por dentro, resquebrajados. Un año pasa, con sus atenuantes. Parecen pedir dulces donde solo hay mugre. La tierra pide sacrificio. Quiere ver coagular la sangre del universo. Cuantos guiños apagados, allá donde descree el que respira.
La última marcha nupcial del casamiento a la tumba. Un pequeño abismo se abre infinito. Un mayor esdrújulo problema. El de quedarnos sin más interrogantes. Sólo unas cuantas manos que repiten el movimiento. Y ahoga la intención. Ahora el lamento. Ahoga la intención.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Día 924: Profanación

Enterraron el cuerpo del viejo en un cementerio indio. No revivió, por supuesto. Hicimos mal los pasos, dijo Jameson. Silencio. Richards sostenía la pala, en estado de alerta. Cada tanto pasa algún vehículo, nada para preocuparse, respondió. No, los pasos son los correctos, es lo que dice el papel.
El papel puede estar equivocado, terció Jameson. No vamos a discutir ahora. No esa noche. Las brujas estaban casi detrás de ellos. Ahora somos profanadores de cadáveres, no lo olvides, dijo Richards. Era parte del pacto. En otro rincón de la ciudad dos policías investigaban cierto agujero en la pared de una morgue. No es la primera vez, dijo el policía más novato. Un tipo perspicaz, tenés futuro, pibe, sostuvo su compañero.
Jameson y Richards se limpiaron los restos de tierra con una toalla sucia. Debemos parecer gente normal. Actuá normal, Jameson. La pantomima no funcionó, la sirena se sintió cada vez más cerca. Se acabó la profanación.
Llevaron a la maleantes a una celda solitaria de tres por tres. Un balde, un inodoro. Nada más. Pasaron así la noche. Los presos no cruzaron diálogo alguno. A la mañana siguiente los descubrieron. Ni Jameson ni Richards llegaron a confesar la sustracción de los cuerpos. Muertos. Momificados. Un perito sostuvo que al menos debían llevar trescientos, tal vez cuatrocientos años así. Muertos.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Día 923: Resaca

Vamos a suponer que existe. Un camino. Pintado con muchos colores. Digamos que ese lugar es lo que permite que todo ocurra. Bueno, al menos gran parte. Un cruce de señales convoca a los actores adecuados para la ocasión. Una persona que reciba a los invitados. Otro que salga a pedir disculpas por la demora. Después, los postres, y los canapés. Que nada falte.  Vamos a suponer que se pueda teñir la ocasión de un rigor hedonista. Placer en extremo.
Nos despedimos de la insolencia con la perfección de un prestidigitador. Los recuerdos cautivos de alguien que despierta cada vez más y más. No digan la palabras necesarias. No hace falta. La disposición de las ideas. En los actos nos demostramos, ejes de una distinta situación. Agitemos el avispero y metemos la cabeza. Hay un horno para cada alma. El fuego espera.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Día 922: Borrador

Esto es un borrador. Esto no se supone que deba ser. Tiene que morir prematuro. Es un feto extirpado del mundo de las letras. Ya no pertenece. Es un ex texto. Pero pasemos a lo mejor. Esa cuantiosa necesidad de albedrío, de poder escupir donde sea sin parecer un paria de otro tiempo. Podemos convivir, en la ciudad, a los empujones. Allá nos contagiamos en la masa de la urbe.
Un regreso a la infancia potenciado por las fuerzas de la oscuridad. El señor oscuro espera beber nuestra sangre incompleta. La situación debe aparecer toda como recortada. Pequeñas tiritas de sucesos empapelan la Tierra. Un joven maniquí despierta y saluda al diablo, al que se erige al final de los tiempos.
Volvemos hechos figuras de acción, modelos coleccionable de alguna suerte de juego siniestro. La pieza faltante. Un ajedrez de máscaras en donde se apuesta la vida. No hay giro, ni solución. Este es, no más, solo un borrador. Un bollo de papel que nadie desea abrir. Un código arrugado. Sepan lo que nunca va a ser.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Día 921: Voto negativo

Por primera vez en su vida sintió algo. Fue un aval para la bancarrota de las naciones. Los diputados aplaudieron de pie su discurso. Aquella madrugada quedaba legalizado todo lo que faltaba hacerlo. Todo. Desde la marihuana hasta escupir en la nariz de un perro. Estamos aburridos, dijo, hagamos grande, enorme, interdimensional, este país.
Los jinetes de la resistencia estaban parapetados en las inmediaciones del palacio de la justicia. Los vamos a linchar a todos, decían. Estaban enojados, es cierto. Son perritos con el hocico mojado, se burlaba un periodista con aires de inteligencia suprema. Fue la primera víctima de esa madrugada sangrienta.
Las callen sintieron el embate. Algunos se preguntaron, en la confusión, qué carajo ocurría. Podemos hacer de todo. Es noche, o mañana, o tal vez tarde, vale todo. Qué importa. Después colgaron a un perro de un árbol. Fue divertido. Hasta que empezaron a hacerlo con personas. Y un adelantado encontró el negocio en eso. También fue divertido, aunque no tanto para algunos.
En el caos de las horas venideras, el flamante héroe tomó un taxi. Observó como el fuego crepitaba por varios lugares de la ciudad. Orgulloso pensó, este es mi trabajo. Les traje caos. Eso necesita esta bendita, puta, humanidad.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Día 920: Inalterable

Una puerta al fracaso. Muchas, mejor. Y más. Que venga todo en cantidades. Hay que festejar el derroche. El ímpetu tirado a la cara de una moneda, la peor, por supuesto. Nos quedaremos sin esa capacidad de rehacernos de las cenizas, total, ¿a quién le importa? El espíritu decadente gana, es la fuerza del saqueo. Avalemos el proyecto de oscuridad permanente.
No hay tiempo para la desidia. El tiempo pasa. La droga pasa. El cuerpo pasa. La jeringa pasa. Y al final, al glorioso final, todo queda atascado. Es un pase de facturas vencidas. Giramos en círculos y nos sostenemos la cabeza, sin poder ver más allá. Miopía en el alma. No queremos ser delicados. La corriente nos arrastra la carne. Revienta el hueso. Tritura la vena. Y tampoco hay lugar al vómito. No quedan opciones. Es seguir adelante, miope ante la vida.
El circo se rehace a nuestras espaldas. Al frente. Al costado. Filigranas de realidades alternativas. Al final se revela el malo de la película. La consecución de los hechos. El destino prefijado. No hay peor alternativa que la que sí va a ser, de todos modos, inalterable. 

martes, 22 de noviembre de 2016

Día 919: Peaje

Nadie me lo supo explicar. Los científicos utilizan palabras raras para definir cosas simples. Nadie me preparó para dar el brinco sin las barreras de contención. Sacar las rueditas de la bici. Ser adulto y esas mierdas. En una noche apacible puede explotar una bomba e irse todo al reverendo carajo. Ya no me importa.
Decidí escribir para robots, ya no tengo sentimientos, los perdí en algún lugar que no recuerdo dónde. Me dinamitaron el suelo para hacerme callar. Soy bueno en eso del silencio. Inventé así un nuevo lenguaje. Uno mejor. Superé los designios de mi especie. Evité mi propia extinción. Creo que fue una cosa de la suerte.
Debo transcribir los resultados a un idioma conocido. Dejar que mis victorias de tiñan de fracaso. No soportamos la perfección del podría ser. Es demasiado brillo, tanta luz. Nos tienen que perforar un pulmón, o un intestino, así funciona mejor. Correr con las vísceras en la mano. Nos gusta ser el poeta de los sentimientos aunque la búsqueda nos deje vacíos por dentro. Nadie quiere superarse. La meta es descubrir lo que nunca dejamos de ser. Lo que pagamos, siempre, sin demora.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Día 918: History channel

El último pedazo de cohete se desprendió un poco antes de lo previsto. Un error de cálculos, dijo uno de los operadores. Pero acá en la NASA no tenemos esos fallos, dijo otro. Un arma apuntando a la entrepierna fue la respuesta. El sabotaje se llevó a cabo con la más absoluta previsión. Sin retrasos. El trayecto de la porquería espacial también era exacto. Un planeta, aún desconocido por el Kepler, aguardaba, a unos cincuenta años luz de distancia. Base de operaciones, así le decían algunas personas que se hacían llamar humanos.
Por cierto, nunca lo fueron, a pesar de que el disfraz no dejaba lugar a dudas. Se hacían pasar por extranjeros, para disimular el factor exótico. De acuerdo a una estadística no oficial, el 95 % de la alienígenas residentes en la Tierra trabajaban en la NASA. Ninguno a la fecha fue descubierto. Y todos pertenecen a este planeta Base de operaciones.
Allá fueron a parar los desperdicios del cohete. Más bien datos estratégicos. Mapas de defensa y ataque. Logística terrestre interceptada, triangulaciones varias. Una guerra silente en curso que nadie se percató. No al menos hasta el día de la invasión, cuando toda la humanidad fue tomada por sorpresa. Desde ese día más de una boca pronunció ese lugar recóndito de la galaxia, llamado Base de operaciones.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Día 917: Mutación M

Atravesamos el Missouri con una única sensación en mente: atravesar esa puta pared. No me pregunten cómo, esa noche las drogas tenían el asiento VIP. No crean esas mierdas de Huckleberry Finn, cruzar un río es una mierda peor de lo imaginable. No me siento incómodo al decirlo, teníamos cosas peligrosas, ya saben, de esas que desean la mayoría de los hombres. Cosas de poder.
Mi compañero preguntaba cada cinco minutos, falta mucho, falta mucho, falta mucho. No lo culpo, la ansiedad también se acumulaba en mis brazos cansados de remar, pero entiendan, algunas veces hay que dejar al niño atrás. Esto es cosa de hombres, no de pantalones cagados. Acá les tengo el asunto. La carga que llevábamos era muy tóxica. Nuclear diría. Lo importante está en las mutaciones. El cuerpo recibe la dosis y muta hacia el costado que más le conviene, así me lo explicaron antes de cargarlo a la balsa. Lo cuidé como a mi vida, al menos eso quiero creer.
No me lo contengo más: nos tentamos. Así fue. Mi compañero no tuvo suerte. La horrible mutación le quitó la vida en el acto. Sus pulmones salieron despedidos al río. Carne de pez. En cuanto a mi, bueno, tampoco la saqué barata, de algún modo el reactivo nuclear de la carga de ocupó de hacer de mi cuerpo un portal espacio-tiempo. Vivo, por así decirlo, en un continuo donde las cosas ocurren y nunca dejan de ocurrir. Pasado o futuro, lo mismo da. No existen barreras para mi. He visto morir a todos tantas veces como estuve al presenciar sus nacimientos. No puedo tocar o percibir con los sentidos humanos. Ya dejé de ser. O mejor, soy en cada momento, una digresión más. Me convertí en una pared a la cual hay que atravesar. Algo me consuela. Soy bueno para contrabandear cosas, navegar ríos y contar historias. Mañana parto al Missouri donde me espera una nueva aventura.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Día 916: Fuente seca

¿Dónde quedaron los viejos tiempos? Recuerdo cuando la pedantería era la ley. Todos caíamos bien en el juego de las apariencias. Quizás hasta nos sentimos con ganas de matar, quién sabe, el adn es confuso. No interpretemos las señales correctas. Lanzemos una plegaria repleta de equivocaciones y dioses falsos, total el precio se paga y se vende.
No vale saltar el precipicio con piedras en el bolsillo. La muerte aguarda y es más corta de lo que imaginamos, contrario a las eternidades de la vida. Estiramos cada momento hasta el hartazgo y el sueño nos arrebata de nosotros mismos. Nos extirpamos al futuro cáncer, un virus prodigioso o tal vez expulsar el esqueleto del cuerpo. Contar hacia atrás es inútil.
El chiste no puede doblar la esquina. Se queda acá, con nuestras palabras. Festejamos el ritual estático de la letra y la magia negra. Despabilar las conexiones, eso es. No pidan más del cadáver. No da más.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Día 915: Oráculo

Tomé un pecado que nunca redimí y le puse un nombre. Nació en la figura de un acoso constante, un hombre vestido de blanco en una ceremonia desconocida. El abrazo de la muerte vino hacia mí. Fui al lugar donde las almas sollozan el espanto de no ser. Tierra de Calígula. El sello roto, el definitivo. Mi sombra se convirtió en lo innombrable. El horror último. Una doncella de hierro, eterno reposo.
Mi silencio herético en lo negro de la noche respira la bilis de los cadáveres. Putrefactos brazos me rodean. Un círculo de gusanos se pierde en el camino. Así una imagen de tantas, repetidas, de a fogonazos. Recuerdo fragmentado. Una pasarela de huesos, memorias del Estigia.  
Allá saludo la cohorte a su general. Agamenón, una máscara de sangre, contó sus lamentos. Odiseo escucha, Odiseo escapa. Esos parajes no hacen preguntas. Son el misterio mismo. El asunto de la cosa. Un recorte nutritivo al presupuesto. Otro síntoma a la enfermedad. Planetas alineados en un rojo presentimiento. Plagas venideras, oscuridad y llamas del cielo. Tiempos futuros. Asuntos pendientes.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Día 914: Noticias viejas

Eso dicen. Son como pescado podrido. Inhalemos el veneno con gusto. Seamos un poco como lo viejo, y lo perverso. Conducimos ese auto oxidado, vamos por las calles del costado, perdido en el mundo y sin la VTV. Es una noticia vieja, lo sé. Por qué tendría que detenerme, arriesgarme a que el vampiro me succione el mundo con la boca. Debería haber un interruptor, algo para acabarlo todo. Como sea, al precio que sea.
En ese poco espacio nos confesamos una verdad de tantas mentiras. Nos quedamos abiertos, en la resaca de la cosa, abrazados al vómito. Y nunca pretendimos ser el pájaro caido del nido. No. Existen caminos con más baches. Mayores peligros para las intenciones de un caballero oscuro. Las emanaciones del líquido se coagulan en las lenguas de los desconocidos. Un siglo arriba, un paso atrás. Instrucciones para distraerse tanto como lo permita el transitar de los inconscientes. Subamos al tren, es tiempo de chocar

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Día 913: Nociones sobre el amor

Nos prometimos un amor inconmensurable, ¿podés creerlo? Yo no. Nací sin cariño. La caricia tierna de un humano me faltó. Y tampoco hago un escándalo, no. Lo digo por que es lo que es. Luego vino el resto, claro. Los hombres, las mujeres, y todo lo que uno pueda clavar con su miembro viril. No se preocupen, no me crié como un pobrecito. Soy lo mejor de mi especie. Bueno, sí, hasta eso. La promesa maldita.
Esa persona quiso quererme, casi contra mi voluntad, diría. Así se da la mayoría de las relaciones. Dos seres humanos están perdidos, deciden investigar en la oscuridad, y el miedo a perderse hace que se tomen de la mano. Después viene la necesidad creada. No te suelto porque estamos bien. No te suelto porque no te voy a perder. Puras mentiras. Todo es negro, ¿cómo perderse en lo mismo? Así es la cosa con el amor.
Porque seamos claros, nadie lo espera. El asunto se echa encima de uno como un cáncer. Y rápido quedás fuera de pelea, como el cáncer. Por eso intuimos que todos los sentimientos están hechos de la misma cosa. Una sustancia abrasiva siempre a punto de explotar. Y el más valiente que recoja los pedazos.

martes, 15 de noviembre de 2016

Día 912: Vamos a hacernos pedazos

Hicimos la magia, por que un imbécil del cuarto piso decidió tirarse. Parece una enseñanza a toda la humanidad y sólo es un pedazo de carne adulterado. La sangre se le escurre por entre los costados. Menudo acto de impresionismo. Me pienso en otra galaxia, una sin humanos, por favor. Sepan disculpar los exabruptos. Somos muchos. No tolero estar tan apretado.
La vida me empuja hacia un costado. Y no conviene agachar la cabeza tanto. El golpe viene aunque no se lo espere. Cae del modo que sea necesario. Y sus palabras de Miss universo, y los discursos baratos de potencias tercermundistas, se puede ir todo al carajo. Al carajo el mundo. Al carajo todo.
Quiero desprender el fuselaje donde mejor me quede, quiero explotar un edificio y culpar a los terroristas. Quiero que me amen aunque prefiero ser odiado. Una vez más quiero jugar a las muñecas sin que me traten de trolo. Quiero hacer amigos a los que no tenga que matar si me caen mal. A veces me gustaría dejar a mi imaginación en el asiento de atrás. Conducir hacia el precipicio mi cabeza, con todo lo demás. A veces un suicidio ritual está bien. No dos. No dos.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Día 911: La gran cadena

Fue esa tarde que los mariscos se los comieron a todos. Dicen que fue un ajuste de cuentas, luego de siglos de explotación portuaria. En realidad fue la excusa para aquellos amigos del tabú. Muchos lo hacían por lo bajo, eran mal visto por sus padres y sus abuelos. La oportunidad llama una vez. Así fue como se montaron los primeros restaurantes naturistas.
Bueno, naturistas, no es el término preciso. Digamos humanista. Está todo consensuado, nos dice el dueño de uno de esos restaurantes. O es un viejo, o alguien que muere de causas naturales, o es una persona que pide la muerte. Con una sonrisa agrega, la carne joven es la más sabrosa. Nos resultó un dato curioso, razón por la cuál le hice la pregunta de rigor, la que todos nuestros queridos lectores quieren conocer ¿a qué sabe la carne humana?
En primer lugar no hay nada que se le parezca, quizás la comida china, sabe, por el toque agridulce. Al principio el paladar identifica un gusto que lo asocia al chancho, o al conejo, y a medida que se disuelve en la boca, se empieza a sentir lo dulce. Igual depende el corte, me aclara el cocinero.
Le preguntamos qué se siente atender a los consumidores de esta nueva moda gastronómica, el dueño nos dice que está muy contento de poder llevar una variedad de platos de calidad a la mesa costera de cada día. Una última pregunta, ¿Los clientes no se incomodan? digo, por el hecho de ser atendidos por mariscos. Al principio cuesta, algunos tienen que resistirse las ganas de comernos.  Igual con el tiempo se acostumbran, total, a la larga, son ustedes las que llevan las de perder en la gran cadena.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Día 910: Damocles y Pigmalión

Digamos que hubo una confusión. Juguemos con el oso. En un océano de ceros y unos nos atrevimos a ser analógicos. Vaya pelotudez. Como si no fuera lo mismo. Despedimos al último de nuestra tripulación con los honores que merecía. Eso fue antes que los sistemas de emergencia se apagaran del todo. Sí, para todos los imbéciles que desearon volver a la edad media, les dejo algo del medio, mi dedo.
No me importa cuando la cosa sea poca. De acuerdo a lo que predijeron hace cuarenta años, el efecto ocurrirá en los próximos meses. Nadie sabe qué mierda es el efecto. Es como un radio pulso. Una alteración en los restos. Dicen que antes que se apagaran los sistemas de emergencia, cuando todo funcionaba como corresponde, los circuitos y los estímulos estaban conectados. A cada cero, el uno. Lo digital. Eso.
No importa demasiado cuando se trata de un balance cósmico. Las escalas se reducen. Imaginen un moco galáctico perdido en lo más remoto del espacio. Nuestra existencia nunca fue un cuento de ciencia ficción. Aunque si debo confesar, nobleza obliga, yo fui el culpable de todo. Yo apagué los sistemas de emergencia. Llámenlo profecía autocumplida, lo mismo da, lo vi venir. Esa clase de oportunidades de una en un millón, ya saben, de cenizas, finales y cómo levantarse. Obsecuentes somos.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Día 909: La cuerda

Sol fugitivo. Ensayemos el teorema de memoria. No hay muchos rostros que miren al sudeste. Es un asunto de orientación. Salimos despavoridos de nuestro país, creo que hasta olvidamos el nombre. Del hambre al hambre. Los colores nunca se formaron con una paleta distinta. Acá tuve cuatro hijos. Tres vivos. La sociedad tiene un problema. No logro descubrirlo. Me gustaría ser tan brillante como esos tipos de la televisión.
Creo que cada vez más los corazones ser endurecen. Es lo que veo.Faltan manos. Y pies. Y el resto de los cuerpos para sacar adelante la cosa. Conseguí trabajo y me puse al día con las deudas que contraje. Lo que haría cualquier habitante de su tierra. Lloré y pateé puertas cuando tuve que digerir la tragedia. Pero no me pongo melodramático, la muerte nos llega a todos en la forma más conveniente, de acuerdo al momento, sea propia o ajena. No es algo personal, lo se. Es llenar espacios vacíos. Llenar la cuenta.
Avancé algunos años por inercia. Creo que el cuerpo humano debe tener algún lugar donde guardamos las baterías de emergencias, para esos momentos jodidos, ya saben. Las mías estaban a medio cargar. Igual llegué a la cima. Así, como pude. Ví, desde arriba, nubes y sombras. Y me pregunté si no era demasiado, si tal vez mi ciclo de enfermedad sea una gran broma. No obtuve respuestas, eso lo tengo claro. Tomé la caja entre mis brazos y volví al punto indicado. No es lo que parece, pero al menos creo que me va a ir bien.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Día 908: Remembranzas de un monstruo

Dicen que devolvieron el dinero. No estaban contento con la compra. Un artilugio del infierno, decían. En ese cajón se conjugan varios puntos del universo. Podrías ser capaz del crear un agujero negro. Esa era la creencia. Nada ocurrió, aunque nadie habló del monstruo. A veces un poco de carbono y otro tanto tanto de hidrógeno puede hacer maravillas. La naturaleza del monstruo aguarda a comerme el dedo. Bah, ese es mi miedo. La porquería está para cosas mas importantes.
Al monstruo le preocupa meterse con el universo. Quiere cambiar las coordenadas cuánticas de nuestra existencia. Inventó, a su manera, el viaje en el tiempo. Y no hay margen de error. Su maldad atraviesa las eras con la frialdad de un cubito de hielo en la espalda. Hay que ser justos, también le interesa morder. El monstruo no deja de ser el animal sin domesticar. Feo, sucio y ajeno a las realidades de nuestra concepción de belleza.
Al monstruo vive en un cajón de oficina, entre las lapiceras y una abrochadora. La gusta desayunar gomas elásticas a falta de algo mejor. Cada tanto aprovecha algún que otro dedo para simular un corte y beber así algo de sangre. Un postre especial. Sirve para recudir la ansiedad. Y sueña. Todas las noches. Quiere escapar. Las luces de Broadway lo llaman. Montaré mi propio musical. Tiemblen, oh sí, tiemblen.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Día 907: Lo de adentro

Nunca fui parte de esta historia, aunque creo que me tienen un lugar reservado. Quizás cierre la puerta. El hombre mas viejo del mundo. O tal vez la muerte más estúpida. No, tampoco es cuestión de alcanzar un record. Con ser basta. ¿A quién le basta? ¿A mí? No, por supuesto, pero me contento. Debe ser ese talento por la mediocridad. Esas ganas de apretar el gatillo contra lo que venta. Me hablan de amor, pero el odio todo lo puede.
Nací en una constitución del acto que prefiero olvidar. Estoy desprovisto del encanto de las masas. Soy demasiado individual para dejarme arrastrar por la efervescencia de la felicidad. Me gustaría ser atrapado en la sensación. Feliz. Olvidar todo lo malo. 
La intemperie nos sienta bien. Nos ayuda a pensar. Cómo perderse en las cosas, si tan solo es un solo camino. Directo al patíbulo. Lo que viene no se hace esperar. Ya es tarde, ya está medio cocido. Es sombra y luz, brillo y espanto. 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Día 906: Así

Santos demonios hagan su parte. Convóquense sobre esta tinta. Hagan padecer el yugo de la letra a los viles, cortos de entendimiento. Sepan que tan corto es el trayecto que lleva el muerto al patíbulo. Una polilla carcome el recuerdo. Vuela la garrapata sobre el ojo. Los insectos reinan. No levanten aún la bandera. Es tarde. Y el tiempo es lo que nunca comprendimos.
Después ocurre una escena sin sentido. Vuelan pedazos de vidrio y el héroe regresa a su tierra. No pidan cifras de rescate a una nación empobrecida. Las almas piden descanso aún después de la tumba. Son insaciables. Pobres reflejos de otra era, distinta al hoy. El difuso miembro del equipo para demoler el mundo conocido hasta ahora.
Desprenden las mamposterías, tiran abajo las paredes. La ventana queda sin vidrio. Ni un tonto deposita la fe en la esperanza. Dividir en la tempestad. Nada es sucinto de ser reconstruido. El mundo tiene que venirse abajo. Todo tiene que caer. Así. De una vez por todas.

martes, 8 de noviembre de 2016

Día 905: Tomado por sorpresa

No existen las alternativas. Es todo una misma vuelta. El cepillo gastado que roe la muela. Un gesto minúsculo, teorías de lo imperceptible. La Tierra se mueve con el universo adentro. Una espiral autodestructiva ocurre. El valioso momento del escape. La cápsula de alunizaje se desplaza en la coordenada correcta. La colisión es inminente.
Allá van los científicos, con sus hipótesis mustias de tanto esperar. Quieren la gloria, un Nobel o el nombre de una calle. Algo. El deseo de transgredir el orden de las cosas. La muerte puede ser algo más en manos de los vivos. Estallan los significados en el cielo, son cohetes de año nuevo. Luego las esquirlas se recortan en la calle. Figuras de tragedia. Noche sin luz. Y nadie para protegernos. Viene. Un arreglo de cuentas. Juicio final. En lo que sea estaremos desprovistos. Con el pantalón a medio subir y una cara de asombro que no se quita.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Día 904: Tocado

Nació con el toque, al menos así le decía a esa extraña habilidad de convertir lo que sea en mierda. De pequeño le contaron la historia de Midas, y es lo que deseó por siempre. Convertir en oro todo lo que se hallase a su alrededor. Salvo por ese detalle. No fue oro. Sus seres queridos fueron los primeros en experimentar el toque. Unos soretes de metro y medio quedaron entre sus manos. El toque maldito.
Así como si nada un día el efecto se fue y amaneció el mismo convertido en una gran caca. El viento dispuso los olores. De esa manera gran parte de la ciudad quedó en cuarentena. Y luego ocurrió el milagro.
Los inodoros, tapados en mierda, empezaron a brillar.
Oro por todos lados. Caca de oro. Oro de culo. Pequeñas masas amorfas doradas invadieron la Tierra. Sin razón aparente. Este debe ser el verdadero toque, pensó. Adiós, pobreza. Y cegado por el afán de tener oro en sus bolsillos, el hombre del don se dejó llevar. Olvidó el detalle, la enseñanza de Midas. Un mundo hecho oro deprecia el valor del metal. O sea, un mundo hecho oro no vale nada, en lo absoluto.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Día 903: Propósito último

A mí me la tuvieron jurada desde siempre. Cuando me anoté, fue ahí, mi registro al mundo. Las personas, esos hijos de puta, supieron donde encontrarme. Y no me dejan en paz. Juegan con mi cabeza. No se aparecen en los modos convencionales. Solo de esa manera podría denunciarlos con la policía o algo así.
Lo justo y necesario, sí, como si alguien fuera capaz de medirlo, empaquetarlo y enviarlo a tu casa. Me prometí la gran aventura, esa con asesinatos rituales y sexo descontrolado incluido. Queremos la gloria o el anonimato, lo mismo da. Cuál punto elegiría, en un mar confuso, círculos y abismos. El precio no fue el indicado. Nos estafaron y salieron por la puerta de atrás.
No hicieron valer la reticencia de mis intentos. Me perdí en el camino. Tan desnudo como lo tanto que quise estar. No sueño el oprobio de mi especie. Sé que me desaparezco aunque no quiera. Cada partícula unida al propósito último, el de la extinción. Caiga el final, cierre el telón.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Día 902: Cosas varias para tirar a la basura

Me apuesto a titubear. Debo tener ese privilegio. Al menos en algún momento de mi vida, antes de que todo termine. Puedo ser tan dubitativo como desee. Jugar el papel del pobre, asestar el puñal en el momento adecuado. Vaivenes. Como vida es.
Una retórica cautiva del excedente. En muchos momentos repetimos la palabra. No queda otra. Pasa el rastrillo y ni aire queda. Debimos agotar las posibilidades, hasta la nada. Cortamos la atmósfera con un cuchillo de precisión.
Diagramemos la plataforma. Una noche puede dejar de existir o durar por siempre. Duración eterna, conflicto permanente. No somos una semilla. Ser el llamado, cortado por algo que no sabemos ponerle nombre. Y no pudimos ver el ocaso.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Día 901: Un punto

Un alto a la muerte. Detengan el curso de los tiempos. Separen alto y claro cada momento de brillo trascendental del espíritu. Lo que acaece, lo que es. Un agujero en la realidad. Estamos confabulados en un inmenso abismo. Los muchos se irguen. Un fantasma no vale la persecución.
Debimos parecer los idiotas más grandes del universo. Pongan un cartel en el planeta Tierra. Se vende. Cerrado por demoliciones. Se viene el meteorito. Y los dinosaurios, pobres. Un llamado de alerta. No se extingan sin decirme a donde van. Quiero que el tiempo pare, no lo quiero en movimiento. No lo quiero.
Atentos. De hoy no pasa. Coartemos la vida que nos queda. A cada segundo toda la mentira. Versos aliterados con poco sentido. Un idéntico sentimiento. Una atlética confusión. En lo diferente está el panorama. Paren. No más.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Día 900: Carro fúnebre

No recuerdo lo que es la fuerza. Esas cosas de envejecer. Acertarle al momento, la experiencia del fracaso insistente. Una nueva forma, ulterior, de la catástrofe por venir. Todos nos hacemos pedazos en el camino. Y no importa que el libro de historia pregunte. Una memoria gigante se hace de la nada.
No pudimos hacer la parte, nos nace el miedo. Hay temor en las ventanas marchitas. Un gris que empaña y confunde. Adelante, seamos consecuentes al silencio que nos convoca. En la noche las palabras ya no valen. Es una gran ausencia. La curación por la sangre.
Nos adentramos en las fauces del nuevo milenio. La porquería supura, destila el mejor veneno. Brindemos por la inconsistencia de las acciones. De súbito el corazón detiene. No más. No más adelante. Sentimiento panorámico, multidimensional. De nuestros propósitos atravesados, las soluciones inermes. Recibamos el fin con un cosquilleo, de esos de donde viene la cosa.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Día 899: Aspirante

Una escritura grandilocuente, eso trato. Pero me quedo en el intento. Son tanto como mucho. Nunca se me dieron bien las cuentas. Mis respiros me acercan a la muerte. Uno, dos, cada vez más próximo al gran vacío negro. No sé me da bien la expresión. Me gusta sabotear mis propias ideas. Soy un masoquista del pensamiento. Y sé dónde golpear.
Inerte es mi vida. Donde no crece el concepto ahí me llevo, este cadáver de imágenes poco originales. Soy el aventurero de lo esperable. Todos saben el truco de antemano. La mediocridad, mi mejor golpe. Soy certero en lo poco que puedo. Un viaje sin nafta. Allá, directo a la otra vida. A ese rincón de luz y sombra del que todos hablan y nadie conoce.
Me gusta jugar en lo eterno. Me puedo erigir como la estatua más sucia del universo. Sucia y fea, mas perpetua. Guardo la carta que nadie quiere y la juego como si fuese la mejor. Creo en algo que no es y me sale mejor de lo que estimo. No podré decir hasta acá llegue. No sé dónde está el camino.

martes, 1 de noviembre de 2016

Día 898: Alguien tiene que hacerlo

Esculpió su cara de un cachetazo. No existe mejor forma para despertar, le dijeron. Así lo hizo. Las cortinas filtraban un sol poco gentil. Mamá, son las seis de la mañana, dijo el sujeto. De algún modo lo vamos a hacer arrancar, respondió la madre.
El pequeño, callado, tomó su desayuno. El día es largo. Muy largo, a veces. Sobre todo para los que tenemos obligaciones, pensó. La muy atrevida. Todavía sentía el peso de los dedos sobre su mejilla. Ella no me quiere. Debe ser por mi trabajo.
No está bien visto. Las miradas en la calle. Pero alguien tiene que hacerlo. Se trata del orden natural de las cosas, ya saben. Nacer, crecer, y bueno, eso. Su trabajo. Es un pequeño toque. Un beso. Un último adiós. A veces el trabajo puede ser algo tranquilizador.

lunes, 31 de octubre de 2016

Día 897: Ocupación

Una migraña me atraviesa y no es dolor. Es la sensación de muchos cuchillos. Pocas palabras. Hagamos duelo por las dudas. Los negocios amacerán cerrados. El día de la invasión. Nada más certero que un rayo láser. El corazón del pueblo puede negociarse. Seamos sumisos. Pidamos perdón por el enchastre.
Después mamamos el jugo de revoluciones rancias. Acote de guerra, afeite de fin de semana, usted puede ser el héroe de su cuadra. Sea atrevido. La mímica de la muerte. Todos emparentados en esa danza. Volver al contador cero. Vuelta atrás.
No se anime, señor. Esconda su cabeza de tortuga en alguna entrepierna. Contemos los minutos en una cuenta regresiva multiorgásmica. Sepan que acá estamos, en la raya de la apariencia y el mundo de los vivos. No pudimos contaminar el suelo. Somos eso que esperamos.

domingo, 30 de octubre de 2016

Día 896: Callar

Existe un nuevo tormento. Caótico. Abrigado en la superficie del mundo. El minuto nocivo de la palabra contamina y expande. Corta, expira, corta. Y la secuencia repite un espanto ampliado. La vida, un otro que recibe la sombra. Estructura y recodo, algoritmo y desperfecto. Un mayor cielo espera. Aguarda. Desespera.
Movimos las manivelas. Y la intriga monocromática nos desveló. Un poco de sangre en el labio no hace un hematoma. Hace. Real. Y configurado como uno. Poco. Corto. En la noche las aguas despabilan el sueño de aquel que grita.
Perder el estribo. Encontrarse. Luego volver el maremoto en contra. Laberinto. Nunca. Sin valor. Nulo. He perdido la noción. Obsoleto. Y sin embargo. Aguardo. El intrínseco momento, en que ganas y fuerzas quizás sean lo mismo. O no.

sábado, 29 de octubre de 2016

Día 895: Otro lugar

No me digan cómo sentirme. No aplica el formulario. Quedamos tan vaciados de sentido. Es la muerte o la vida misma, es difícil elegir, cosas que al final son lo igual. Lo distinto es sentir cómo lo malo cae y aprieta, como se estira el tiempo hasta desdoblarse en algo más. Una plegaria al vacío, moneda de cambio.
Tuve el mejor momento de mi existencia. Miré al océano y deseé tener branquias. Capaz, escapar, dejarme llevar por la corriente. Analizar el extremo del silencio, opaco devenir de los segundos. Inagotable. Dormimos sin desearlo.
La pregunta distante, cuando el pomo se termina. La cinta corre y la luz intermitente del proyector señala el fin de la función. Apagar el interruptor. Corto la secuencia. Mi sentir está en otro lugar.

viernes, 28 de octubre de 2016

Día 894: Llamada equivocada

Nos pasamos toda una vida buscando fuentes alternativas de poder. Quiero decirles que fallé. No es una cuestión de escatimar en gastos cuando se le erra fiero al asunto, verán, crié a un monstruo y el monstruo me comió a mí, como en Pinocho. O algo así. No pido que me entiendan, nunca pedí la voz que ahora tengo, un estruendo en el silencio.
Hay que decirlo claro, yo invoqué al demonio. Yo fui el culpable de que el mundo cayera. Lo busqué, con desquicio, con la certeza de ser el hombre más genial de su tiempo. Pobre de mí. Tonto de mí. El demonio cayó con sus huestes y tomó mi casa. Sí, mi casa. Por semanas enteras mi departamento se convirtió en el aguantadero de la bestia.
Latas de cerveza, restos de porro y un calzón cagado que vaya uno a saber cómo apareció colgado del ventilador. El demonio, sí, el culpable de mi ruina. Yo lo invoqué. Mi idea era desatar el apocalipsis, como todo buen cristiano lector de la Biblia. Solo logré traer a un tarado mental con una junta de adolescentes del infierno. ¿Puede pasar, no?

jueves, 27 de octubre de 2016

Día 893: El corazón delatado

La banda siguió tocando y a mí ni me inmutó. El mundo se volvió loco. Tambores, redoblantes y elementos percusivos por doquier. Era gracioso verlos, debo confesar, las personas con sus manos en los oídos. Bueno, salvo el viejo. Esa persona sí era capaz de hacerme sacar de quicio. Una vez se metió dentro de mi habitación. Se quedó como media hora mirándome mientas me hacía el dormido. Viejo pervertido. Y yo que vaya a saber por qué carajo le otorgué la confianza de meterse en mi casa. Cosas que uno nunca va a poder explicar.
El viejo era un raro espécimen. Feo, mejor dicho, feo como un culo salido de una revuelta de la segunda guerra mundial. Así de feo. Quizás el detalle más atroz era esa cuenca vacía. Ahí debía haber un ojo. Al menos eso es lo que se espera de una persona normal. Bueno, no importa, este relato no trata de cosas normales. Cuando los ruidos de las percusiones empezó a volver puta a la gente yo seguí con mi vida normal de hombre medio asalariado. Cada tanto aproveché las circunstancias para robar algún que otro banco. Nada raro, ya saben, si se imaginan a toda una ciudad bailando como monos rabiosos el baile del oído descompuesto. El viejo fue el primero que me vino con las buenas nuevas. ¿Es que estás sordo? ¿No lo sentís? El bombo del infierno, el redoblante de Lucifer, el hi hat de Belzebú y cosas así por el estilo.
No, era mi respuesta, no lo escucho y mi oído aún funciona. Audiometría perfecta, menos diez en cada oído para ser precisos. Ese era mi prontuario acústico. Pero la cosa no quedó ahí. No, no. El viejo quería más. El viejo quería, no, mejor, necesitaba joderme la vida.
Y debo decir, su empresa fue un éxito. Día y noche me taladró los tímpanos con su cantaleta. El era mi tambor rechinante del mismísimo puto infierno. Y me ganó. Así, por cansancio. Traelos a todos, dije, metelos debajo de las tablas del piso, dije, así dejan de sentir el puto latido que lima sus cabezas.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Día 892: Adentro y afuera

No sé a qué se debe tal clase de empecinamiento. Debo empujarme hacia la muerte, hacia todo lo que parezca negro. Puedo ser el verdugo de las buenas noches, el alma de una fiesta perdida en el decurso de un pedo salvaje. Puedo ser la mierda más retorcida que de te ocurra imaginar. El faraón de la caca, podés imaginarlo.
En la parada del micro nos despedimos. Adiós, señor feudal, deje de generar momentos incómodos. No soslaye una verdad a una inapetencia del momento. Tiramos hasta Munro y fuimos calzados para la guerra. No sé quién batió a quién. En la calle no hay ganadores. Se trata de ser astuto. Hay que ser un relojero con las horas. Manejo del tiempo, eso te da vida cuando el peso de bufo se siente sobre la nuca. Astucia.
Dimos como cinco vueltas hasta llegar a plaza Sarmiento. Saludé a otro de la tantos relatos fisurados que deambulan por ahí. Nos conocemos, es el espacio, el hábitat. Deberían señalizar el mundo del revés, sería todo mi cuerdo de la locura. Me violenté contra un poste de luz. Me amanecí tan duro como la pared. Soy otro cuento fisurado. Ahí nos conocemos.

martes, 25 de octubre de 2016

Día 891: Falstaff

El poco discernimiento, la capacidad de entender y el resto de las cosas. Un tartamudo de la existencia. Un atropello al pensamiento, de ir rápido a más de lo que puede el mundo, darse una vuelta a si mismo y estipular un autocastigo. Sepan los pocos que me desvanezco entre las letras chicas del contrato. No veo más que bordes y espinas.Soy tonto a lo que no importa y tonto a lo que sí. Tonto del todo.
Soy ese imbécil que pregunta dos y hasta tres veces después de golpear. Cuando es tarde, cuando el aceite cae sobre la piel, cuando el ocaso es pasado. Así me siento listo. Preparado para errar hasta que me dé el cuerpo. Soy la máquina viva del fracaso regular. De una y otra y otra, de repitos y repitentes. No me atraparán en infracción. Soy la infracción. Soy el desquicio de la forma, el eco atemperado de un juicio final cualquiera.
No tal especial como para aguardar algo más. Solo uno de tantos. Un viejo estropajo del verso anónimo. Si, adonde quise una guía pregunté y me perdí. Me gana el temor de lo incierto y vuelo tan bajo como me lo permite la tierra. Soy lo eterno de lo cotidiano. Esa llama mortal que nunca se apaga aunque hielo caiga. Y aunque caiga dura será mi cabeza, dura caída, gentil Hefesto. Cojo como puedo.

lunes, 24 de octubre de 2016

Día 890: Rodeados

Fueron tiempos de loca revolución. Así quisimos que sea, a falta de algo mejor. Recuerdo que Lofredo me lo dijo más de una vez: nosotros vivimos de pedo. No es fácil la cosa cuando se está al costado de la ley. Una vez casi nos agarran. Ya saben, balas y policías, policías y balas, así nos tratan.
Nuestro experto el explosivos, el bomba (sí, ya sé, no se nos ocurrió un apodo más ingenioso), siempre nos llevó el apunte. El tipo era nuestra vanguardia, y también la retaguardia. No sé como corno hacía para estar en el detalle. Un iluminado. Una vez le dije en broma, vos tenés dos o tres clones que laburan para vos. El bomba me sonríe y no responde, el ladino guarda el secreto, lo sé.
Fue una cosa de película. Cinco patrulleros y como cien efectivos. Una batalla, y eso que no somos más que cuatro. Cuatro tipos con prontuarios similares. Nada más. Y aunque no lo crean, en ese momento experimentamos una sensación de muerte. Nos pusimos filosóficos, con la tormenta de mierda a nuestro alrededor. Nos dimos un abrazo. Eso creo que hicimos. A la buena de Dios.  Las palabras de Lofredo. Si, vivimos de pedo. Una lluvia de plomo cayó. Ni sé como contarla.

domingo, 23 de octubre de 2016

Día 889: Factores

El zapato que no calza. Un cero en el mar de unos. Nadie nació con sombra. El resto es lo agregado. Veremos, un punto. Un sin fin de mares abalanzados sobre la costa. Doble apuesta y ninguna ganancia. El significado de la vida es transcurrir nuestros días en cero.
Anduvimos perdidos, por el techo, por donde sea, y a nadie el importó. Con lo poco de fuerza nos arrastramos. En los bordes existimos, a falta de poco. Reducir el error a cero. Luego arrancamos un corazón al sacrificio. Una protuberancia espacial. A veces es mejor tirarse a menos. Esperar que la ola se calle.
Nunca fuimos testigos del silencio. La obra primordial. El sueño del esperpento. Vamos a conducirnos con la paciencia del árbol. Tomemos una calle o nada. Seamos eso que tanto no quieren. De una u otra manera. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Día 888: Día de pesca

Un cartel a la entrada del edificio señalaba lo conspicuo de aquella persona, el fulano con el que me iba a reunir. No vine a proponerle un cambio, no soy de esos, son negocios, es la única forma en que pica el tiburón, ya saben. Me dedico a las inversiones riesgosas. Imaginen una lotería, con la posibilidad de ganarla. Bueno, ese es mi trabajo. Acercar al tiburón a su presa.
Yo soy el riesgo. La exponencialidad de la catástrofe o el éxito. Soy un arma de doble filo. Entro por la lengua y saco el cuchillo, a veces rojo. Presento siempre dos carpetas. Azul y negra. Por lo general la azul gana, es el riesgo menor. Hay pocos dispuestos a tirar todo al carajo. Son los enfermos, o los genios, depende como quieran verlo.
Y al final, la carpeta blanca. No suelo compartirla con nadie. Es un protocolo masivo de destrucción. Traemos armas nucleares, sicarios, y todo lo necesario para tirar uno o dos países abajo. Incluso mi vida corre peligro. No la muestro. El miedo me gana. Ahí el tipo me hizo esperar cuarenta y ocho minutos. Tiene su mirada de millonario atiborrado de empresas. Y quiere más. Quiere la carpeta. Lo quiere todo. La blanca. Esa. ¿Me animaré?.

Día 887: El algo más

Contados minutos para lo que poco espero. No existe una regla mnemotécnica para olvidar. Somos el desperdicio de la sociedad, eso que las voces callan. Mi sentido diría que fui algo más para ser convocado. El espíritu de la catástrofe, un cierto silencio adecuado. Seamos concisos, brega la pantomima.
Puedo ser algo más. En la rueda de la ignorancia todos ganan. Nadie es tan adecuado como el fantasma de la cosa. Un niño pregunta en voz alta si puede sostener el cadáver. El carnaval abre las puertas. Veinticuatro horas, siete días de la semana. Un festival de la herida, expuesta, el cielo abierto, un camino que muere en las múltiples esquinas de la nada.
Si en algo nos parecemos es porque alguien lo cuenta. Una seguidilla de palabras sin sentido me ilustra, tanto como el mejor ladrón a punto de ser robado. Capturado in fraganti, la posición más adelantada. Pudimos velar al muerto con ciertos visos de inanición ritual. Pero lo dejamos respirar. Y ahora es algo más. Aunque ya no quiero mirar.

jueves, 20 de octubre de 2016

Día 886: Lo que hicimos

Un hombre de polietileno. Busquemos la identidad de la cosa. Sepan distinguir a la clientela, que el mundo se acaba. En todas las formas. Ya nadie conoce la verdad. No busquen el pelo en el huevo. Queremos que la perversión gane la Tierra. Abrir un túnel al centro del infierno. Pude depositar mi silencio en un cubículo de cristal, alejado del ruido. Pobre maquinaria del verso, se estropea la belleza y muere al costado de la ruta en una pose poco sexual.
Monigote espera. Un filomarxista puede ser el San Pedro que todos necesitamos. Esperanza, esa cosa fea. Intragable el espíritu de las noches sin sueño. Hay poco para dormir. Se piensa en el obituario. La vuelta de una de tantas esquinas. Otra vez la idea fija. Pequeñas o grandes, muertes por igual. El tiempo asesino, corta el segundo con la prisa de un samurai borracho.
No vi la nieve. Perdí el brazo y la pierna. También el cerebro. Cuando celebré el carnaval explotó la central nuclear. Anduvimos en pelotas por ahí, gritando vaya uno a saber qué. Por tradición, por costumbre. Nadie sabe lo que es estar roto. Destrozado. Así, pedazos informes. Una gran masa de carne que pugna por simular el efecto de respirar.
Algo me dice al oido que todo es broma. El chiste macabro de la creación. Dejen todo en manos de Dios. Él va a pagar la boleta. Él se va a hacer cargo de los platos rotos. Porque tiene que salir de algún lado. Quién sabe, de nuestras cabezas. Cuando el pánico brota, la inteligencia y eso tal vez sea nuestro mejor invento.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Día 885: Lotofagia

Bebí como nunca, tanto como me lo permitió la garganta. Adobé el corazón con una corona de espinas. Es tan difícil aterrizar el avión. Nadie está en control. Volvimos de la muerte para decirle al mundo lo grandioso de ser un zombie. Sin melodramas. Supimos condenar al esperpento a veinte mil años de cárcel. Lo mandamos a otra galaxia, por las dudas. Ya saben, somos tipos duros. Sobre todo yo, el borracho.
Una vez ahogué a un perro. En realidad creo que era un bebé. Solo vi el charco de lodo. Fue una escena confusa. Que nadie apague la fiesta. Que nadie apague el respirador. Viva la vida, viva la mentira. Que viva el vómito. Ya saben esa vieja historia, la perorata de que Roma no se construyó en un día. Eso. Lo mismo para lo otro. El constante estado de destrucción, día a día, segundo a segundo. Un grano de caos sobre la arena de los tiempos voleados.
Esto es, lo mismo es, un misterio ya resuelto. Una vieja cantaleta de padres abandonados y vecinos violadores. Nos pudo la codicia, ya saben. Y el olvido. Esa flor de loto que sigue masticando el necio, se escupe sobre nuestras lenguas. No debimos decir tantas cosas feas. Es solo una interrupción en lo ya transmitido. Lo habitual de la programación, tiros, sexo y la droga. La mucha droga para tantos pocos. La mastica. La mastica y no recuerda para qué.

Día 884: Lo nunca soñado

Erradiquemos el problema, arrojemos el motor por la ventana. Hagamos nuestra propia realidad, con nuestros propios problemas. Creemos el entorno necesario para que se pudra la semilla. Verán, no estoy emocionado. El siglo me pasó por arriba, con su mejor caballo. Mi traje de fiesta es un desastre. Allá deposité todas mis esperanzas. El plazo fijo no vino, también se pudrió. Debimos parecer unos locos.
Soñar no es parecer. Soñar puede ser el espejo de todos los errores posibles. Tantos juntos que son lo puro. Lo perfecto. Si, por supuesto, el momento. No somos los indicados. Siempre golpearon a la puerta equivocada y abrimos. No nos queda otra. Vivir de las apariencias, comer en las sombras, cultivar la lepra y amar el hambre.
Nos golpeamos a la cabeza con una peonza. El circo se fue y nos dejó la mugre. Sigamos. Hay que morir en el pasto, no queda otra. Tan cierta puede ser, la verdad o la mentira. La palabra y su reflejo. Aprendí de la canoa a dejarme llevar por el viento. No fuimos indios y aún así somos el genocidio que camina por ahí, libre de culpa. No somos más, aunque queramos parecerlo.

lunes, 17 de octubre de 2016

Día 883: Monday i'm in mourn

El retorno a la tierra de nadie. Nunca se espera un mejor mañana. Nacemos podridos por donde se nos ocurra. Un dialéctica trabada, inoperante, burla al mejor sentido con datos innecesarios. Y nos hace decir que mejor es la muerte, que tal vez, incluso, sea mejor no haber nacido. Rotos y descosidos, caballos sin esperanzas galopan en la planicie reticular de la selva.
Perdemos el conocimiento y nos emborrachamos con la insensatez de los tiempos, de la cosa pasa y el tiempo literario. No supimos ser lo mejor. No supimos ser. Nos condenamos a saberlo todo de antemano sin siquiera haberlo visto. Los ojos de un dios desconocido, una misión que observa el desarrollo del mono.
No usen las medidas conocidas. Estiren las gotas, aspiren el rocío. Nos drogaremos con tanta realidad revoloteando por ahí. Hacer y ser, tal vez una burla al o del destino. Nunca se saben. No lo tenemos claro. Pero de perdidos se aprende a encontrarse en la perdición.

domingo, 16 de octubre de 2016

Día 882: El resto fue historia

Hagamos como si nada hubiera pasado, me dijo. Luego volvió a enterrar el cuchillo a la altura de mi abdomen. Me salvé de milagro. Creo que me tiraron rápido en el hospital, por eso zafé. Adentro, entre cables, trataron de matarme de nuevo, como en El Padrino, ¿se acuerdan? No tenía a ningún mafioso que me haga la pata allá afuera. Fue suerte, otra vez.
En ese entonces pensé: creo que tengo demasiada suerte. Mucha, mucha suerte. Y no es que haya ganado la lotería, pero vieron, son las cosas pequeñas las que al final importan. Cosas pequeñas, ya saben, como evitar ser asesinado porque recibiste como diez o trece puñaladas. Julio César no la pasó tan bien como yo. Bueno, al muchacho lo tocaron un poco más con el cuchillo, eso es cierto.
¿Y Euronymous? ¿cuántos cuchillos recibió? Todo es cuestión de desagote. El tiempo en que tarda el torrente de sangre en hacer todo un enchastre en el piso.
Después la calle me tomó por sorpresa. El afuera, con sus luces de neón y sus mujeres de cartón. La calle de tomame todo. Tomame, deseame, aplastame. La calle es un grano a punto de reventar. Por esos pasadizos me conduje. Como un experto. Eso también fue suerte. Hasta lo del meteorito. No sé como explicarlo. Un ruido infernal me dejó sordo por unos cuantos minutos. La gente creo que gritaba, y movía los brazos, o algo así. Desesperación, lo podía oler. Una piedra del tamaño de Inglaterra se acercaba a nuestra atmósfera. Corrí con la destreza de un velocista. Me ganó el pavimento.
Puedo decir que la tierra me tragó. Caí y caí, sin sentir el piso. Acá me desnuco, pensé. Caí demasiado hondo para sentir el golpe. Mi pierna derecha quedó inservible. La izquierda funciona cuando quiere. El resto del cuerpo, todo lo sano que puede haber en un ser humano. El último, ya empiezo a creer. Caí, por cierto, dentro de un bunker. Alguna instalación del gobierno, estimo. Nadie alcanzó a llegar tan rápido como yo, con mi método poco ortodoxo de caer y caer, y no dejar de caer, en el lugar indicado.

sábado, 15 de octubre de 2016

Día 881: Mandato vestal

Hace veintisiete años que no cojo. No fue un hecho fortuito. Una criatura demoníaca me arrancó el pito de cuajo. Así fue. No existe todavía ciencia que pueda recuperar el tubo de carne que perdí, si lo quieren ver de ese modo. Les cuento un poco la historia.
Hace veintisiete años era un adolescente. Tenía pelos, juventud y, por supuesto, pito. Nos solíamos juntar en la esquina de Gaona, cuando la calle no estaba tan peligrosa. Ahí charlábamos hasta que se hacía de noche sobre minas y música mientras la botella de cerveza pasaba de mano en mano. Una botella tras otra. Todos volvíamos en zigzag, pero felices.
Cada tanto pintaba salir a algún que otro recital, en ese tiempo todavía Ricky no se había suicidado. Mi grupo de amigo estaba formado por dos compañeros de secundario y tres mayores de edad. Los grandes siempre llevaban la voz cantante. Ellos querían hacernos conocer el mundo, debutar, drogarse, ver películas prohibidas. Esas cosas que hacen todos los adolescentes del universo.
El Felipe era una enciclopedia con patas. Conocía al dedillo la historia del punk, desde los Pistols hasta los Adicts. Nada escapaba a su sapiencia. El faso lo elevaba a un estatus de profesor emérito del punk, si saben a lo que me refiero. Creo que también fue por el Felipe que perdí mi pito. De él vino la idea, la gloriosa idea de jugar a la copa.
Siempre fui más bien de los escépticos. Rodrigo pensaba igual que yo. Es un movimiento minúsculo, tantos dedos sobre un pedazo de vidrio. Como habría dicho Galileo, eppur si muove. También nos pintaba el delirio con la física y la ciencia entre birras y algún polvo loco. Nosotros movemos la copa y no nos damos cuenta, dije.
No, boludo, dijo el Felipe, pasan cosas. Y ahí me soltó dos o tres anécdotas de conocidos de conocidos que la pasaron mal con el fantasma de una bisabuela endemoniada, o algo así. Si no creés, no perdés nada, chabón. Y ahí me ganó. Lógica irrefutable.
Armamos una mesa de las plegables en la misma esquina. A falta de copa bueno es un vaso de vidrio. Todavía tenía algo de birra, así que apuré el trago antes de convocar al "espíritu". Pasó un minuto, dos, tres, y nada. Apuré al llamado y con voz de locutor melodramático dijo: ¿estás ahí, "espíritu"?
El vaso casi se arrancó de mi dedo, a velocidad de Schumacher enfiló para el Si. Nos miramos entre todos. Si. Y nadie lo empujó, doy fe. Otra vez el Felipe me había ganado. Era más que posta. Si. ¿Quién sos? El vaso se movía muy rápido. De la E pasó a la L, luego una F, A, N, T. Fantasma. Si. D, E, L, A, C, H, O, T. No pudimos evitar reirnos. El fantasma de la chota. Si.
Estábamos ya medio puestos, eran las once de la noche. La cana hacía como dos horas que no pasaba por ahí. Los flacos eran del barrio y nos conocían. Así que con la libertad todavía en nuestro poder le preguntamos al fantasma de la chota qué carajo hacía dentro de un vaso en la esquina de una calle de Flores. V, E, N, bueno, no voy a deletrar todo el mensaje. El fantasma dijo: vengo a tirar el vaso. Y eso pasó. El vaso voló directo contra mi entrepierna. Sentí un golpe tan fuerte que ni tiempo tuve a gritar. El vaso astillado se me metía dentro del pantalon. El vidrio serruchaba mi pito. Así fue como hace veintisiete años dejé de cojer. Bah, en realidad nunca cojí.

viernes, 14 de octubre de 2016

Día 880: El contador de pasto

Lo atribuí a un error gramatical. Tonto de mí. Ahí lo tuve a mi contratado, veinte días y veinte noches, sin abandonar mi patio. Quise echarlo, no una, varias veces. Siempre me corrió con una suerte de ética atribuible a su extraña labor. Ese hombre entró en mi vida y no se fue más. Un busto viviente de Palas que ni siquiera se atreve a decir Nunca, ni siquiera más.
Por el contrario, el hombre, tal como lo advertía el anuncio, se dedicó a contar el pasto. Uno, dos, tres, cuatro, y así hasta que perdí la cuenta. Cada número salía de su boca con el mismo tono neutro y apagado. La cuenta se apagaba en sus dientes con un leve chasquido, casi imperceptible.
Después, para mi desgracia mayor, empezó a clasificarlos. El verde, el no tan verde, el que tiene una coloración rojiza. Y uno, dos, tres y cuatro, tantos pastos como mundos. Y allí afuera se encontraba mi perdición hecha contador de pasto. Por que el hombre no solo pedía comida, también necesitaba agua, y dinero. Y dinero. Y dinero. Mucho dinero. Vaya uno a saber para qué. No hacía más que contar pasto. Ni tiempo para hacer un depósito.
Amo esto que hago, me solía decir. Lo amo tanto. Un amante del pasto. Por veinte días y veinte noches el contador de pastos fue parte de mi vida. No lo amé tanto como el hombre y su trabajo, pero a veces las sensaciones son confusas. Creo que la edad y ciertos hábitos alimenticios le jugaron una mala pasada. El corazón dejó de bombear en la cuenta treinta y cinco millones novecientos treinta y dos mil setecientos ochenta y seis pasto. Quedó tendido sobre mi patio entre todo el césped que alguna vez fue parte de su vida. No cobraba caro. Preferí dejarlo ahí, al cuerpo, ya saben, el lugar indicado. 

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