domingo, 31 de enero de 2016

Día 623: El amor es una piedra

      Tanto te tardaste en aparecer y a mí poco me importó. Dicen que el amor de la vida solo llega una vez. Dicen. A mí no me funcionó eso del amor. Prefiero otras cosas más terrenales. Como las drogas. O el humor. O los abortos. Me dijeron más de una vez aborto de la naturaleza, ¿cómo debería sentirme? ¿Mal? No, me río, porque de eso  nacemos, de una gran broma pergeñada por el imbécil más grande de todos los imbéciles, si es que existe. Si es que no estamos librados a un caos ligeramente ordenado. 
      Anoche dormí bien. Y la otra noche también. Y la otra noche de la otra noche también. ¿Por qué debería dormir mal? Tengo la mente tranquila, no me hace falta esas cosas que todo el mundo anhela como si fuese un caso de vida o muerte. Vivo y es suficiente. Sé que a algunas personas ese simple hecho de respirar y tener un corazón que bombea sangre a diferentes partes del cuerpo no les alcanza. Yo tengo suficiente con eso, así que puedo cagarme en el amor. Así, tranquilo. El amor puede pasar por la vereda de enfrente, que ni voy a darme la vuelta a saludarlo. 
      Lo conocí, sí, lo probé, si. Y es verdad, no está hecho para mí. El amor requiere un sacrificio para el cuál no estoy hecho. Tengo otros niveles de compromiso. Con las cosas, por ejemplo. Compromiso a beber. Compromiso hedonista. Compromiso con el no compromiso. Araño los cincuenta y nadie me hizo cambiar de idea. No es cuestión de edad, ni boludeces del sentir. Es lo que pasa. A veces pasa, a veces no. Y a mí me pasa esto, tan lógico como que dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis, y así.
      Pocos entienden acerca de la felicidad verdadera. La felicidad es dejar pasar el mundo. Dejar que te atropelle con todas sus fuerzas, y quedarte sentado, ser un espectador de lujo. La televisión vende el humo de ser temerario, arrogante, de ser un soldado de la causa más noble de espíritu. Mentiras. Todas mentiras. No se lucha por ser feliz. Se lucha por dejar de serlo. Cada paso hacia la felicidad los aleja. Más y más. Pobres ignorantes. Soy tan feliz como lo puede ser una piedra. La piedra no busca ser feliz. La piedra es, y se contenta con serlo. ¿Por qué yo debería actuar de diferente modo? Si estamos hechos de los mismos átomos.  Los mismos putos átomos. Esa clase de compromiso, o similitud, si quieren llamarlo.
      El amor. Amar. Qué tanto. El amor es una piedra. Yo soy una piedra. Todos lo somos. Nos preocupamos tanto en lo que debemos ser y nos olvidamos de ser. No hay guías. No hay atajos. Solo ser. Una huella. Una piedra. Y el resto, que quien sea se haga cargo.

sábado, 30 de enero de 2016

Día 622: Escena del crimen

      El tipo, un impertinente, tenía los ojos tatuados en las tetas de la mujer sentada enfrente suyo. Todavía quedaba una hora para ser atendido por el doctor. Revistas para leer no había. Tampoco importaba mucho, para el caso, él era un analfabeto de los buenos. Solo sabía leer el mensaje de las tetas. Y estas le decían de forma clara y concisa: "mírame y regocíjate"
      La mujer, que no advertía las miradas furtivas o se hacía la zonza, estaba perdida en su celular, tecleando cada centímetro de la pantalla con el pánico de una neurótica obsesiva. El hombre decidió romper el hielo, aunque sea un iceberg, y tomó el asiento más próximo a la mujer:

      - Es larga la espera, ¿eh?

      La mujer hizo como que no escuchaba. Seguía absorta en su celular. Al cabo de un minuto respondió:

      - Si. Me estaba mirando. No soy boluda. 

      - Yo tampoco. - dijo el hombre y soltó una risita nerviosa.

      No hablaron como por quince minutos. El tipo pensó que se iba a morir ahí mismo. Tengo casi 75 años, mucho no me falta. Pobre, debe pensar que soy un viejo verde. El hombre aclaró la garganta y dijo:

      - No soy un viejo verde.

      - Yo tampoco. - dijo la mujer e imitó la risita nerviosa del hombre.

      - Usted me está jodiendo.

      - No, para nada, soy muy respetuosa de la gente mayor.

      - Más mayor será su madre, yegua.

      El hombre se silenció. Entendió el exabrupto. No volvieron a hablar. La mujer volvió a su celular. Movía la cabeza, como molesta por la interrupción. Pasó una hora, dos. El hombre preocupado volvió a dirigirle la palabra a la mujer:

      - Disculpe lo de hace un rato. El doctor se está tardando mucho, ¿no cree?

      Era cierto. La mujer asintió y no dijo más. Como si existiese una especie de conexión telepática entre ellos, el viejo y la mujer entraron al consultorio sin golpear. Allí estaba el doctor, tan muerto como un cadáver. Ambos entendieron por qué se tardaba tanto. Ahora se iba a tardar más aún. El viejo miró a los ojos por primera vez a la mujer y dijo:

      - No soy un viejo verde.

      - Yo tampoco.


viernes, 29 de enero de 2016

Día 621: Embarazo no viable

      Visto desde un marco demasiado múltiple la cosa debía morir. De hecho no existía un mundo posible en el que la supervivencia estuviese asegurada. Es el sacrificio, por un fin mayor, se dijo a su mismo Faulkner antes de encender la palanca. No podía negarlo, se había encariñado con el monstruo. 
      Sufrió la pérdida a extremos del llanto más impúdico. La tristeza fue reemplazada muy pronto por lo inesperado. Faulkner presentaba señales de embarazo. Él, hombre, embarazado. Nadie podría explicarlo. Ni el origen ni el desenlace. 
      Todos en el laboratorio permanecieron consternados ante la noticia. Las primeras ecografías arrojaron algo de luz al misterio. El monstruo se había reproducido y ahora Faulkner sería una orgullosa mamá viuda. 
      El doctor, luego de colocar el transductor en su lugar, hizo un breve diagnóstico. El embarazo presenta señales similares a la parasitosis. El huésped, así lo llamó, actúa a la manera de un quiste. Un tumor, para ser más preciso. El pseudofeto comprometía gran parte de su aparato digestivo. Faulkner tendría dos opciones, abortar o morir.
      A Faulkner se le llenaron los ojos de lágrimas. De ningún modo voy a permitir que muera una criatura. Un monstruo antropófago, agregó el doctor. De todos modos, quiero tener a mi hijo. Voy a ser una gran mamá.
      Y lo fue, claro que lo fue. La cosa no tardó en taladrar el cuerpo de Faulkner. Se los comió a todos en el laboratorio.  Como postre tomó el cadáver de su ahora difunta madre. Es una pena saber que un cadáver descuidado dejó la puerta abierta.

jueves, 28 de enero de 2016

Día 620: Magia zombie

       Hasta que perdió el brazo la cosa vino bien. No era un mal zombie, de hecho había tenía ya un año de vida desde su conversión. Un zombie promedio no superaba los tres meses antes de caer en alguna trampa o bala plantada por los humanos. 
       Como ex miembro de la humanidad estaba muy consciente de ellos a pesar de no poder hacer mucho al respecto. Su enfermedad era similar a un Parkinson, pero más desquiciado. Su cerebro pensaba, por cierto, pero su cuerpo actuaba de modo aleatorio. Y después estaban las funciones básicas, las inalterables, que ni el cuerpo ni la mente podían esquivar. Comer. Caminar. Morder. Comer. 
       Al menos la falta de sueño era algo positivo para un zombie. Nadie quería dormirse y pasar a mejor vida. De hecho él, junto a su comunidad, eran muy agradecidos a Dios por esta retorcida segunda oportunidad que les daba para caminar un poco más sobre la Tierra. 
       Claro que nunca estaban exentos de caer en la tragedia. Su cuerpo no podía ganar autonomía si tenían a un humano ex familiar cerca suyo. Trescientos metros o más era una distancia sana como para tener a salvo a sus familiares, al menos de sus propios dientes. Más cerca, la cosa podía cambiar, y mucho. Bien lo sabía Catalina, que cometió el error de acercarse demasiado a su hijo. Lo rebanó como si fuese un pan de manteca. 
       Por dos semanas o más un par de lágrimas le corrieron por su cuerpo deforme. Nada que pueda percatarse un simple humano. Igual la vida no era tan mala. Bastante como para que los días pasen y ejerzan parte de su magia.

miércoles, 27 de enero de 2016

Día 619: Detengan la juventud

      Un día me propuse crecer. Tiré por la ventana los atavíos de la infancia y le grité a vaya uno saber quién: "miren, ya soy adulto" 
       De ahí en más me dediqué a bombardear cada base de mis pasadas seguridades. Esos lazos que creía en mi ignota juventud como indestructibles. Adiós juguetes, chau juegos de niños. Basta de dibujos animados. Y cosas por el estilo, uno nunca se siente tan adulto hasta que no tira todo por la borda y se enorgullece o vuelve loco por ello.
       Aprendí a vivir en las tempestades del mundo porque eso fue lo que nos enseñaron. No existe la magia. Asesinaron a Papa Noel. Detuvieron al ratón Pérez por consumo de estupefacientes. Seamos serios por favor.
       También deportemos a la risa, por si acaso. Ustedes no tienen que aprender, ya son viejos y estarán por morir pronto. Los muy jóvenes tampoco les preocupa ésto, todavía tienen sus juguetes y sus papa noeles. A mí me importa, que estoy en el medio de todo, como un terrorista inoportuno a la espera de explotar su bomba.
       Debí preverlo. Esa constipación emocional me invade y poco puedo hacer para evadirla. Podría buscarlo en la wikipedia, alguna solución. Algo en la red que no me detecte cáncer o estupidez. Si tuviera que hacerle caso a cada sueño. La vida sería más corta de lo esperado.  

martes, 26 de enero de 2016

Día 618: Vox

      El mago se acercó al niño y le contó cómo funcionaba el truco. Humedeció los labios. Pronunció la palabra con un dejo de grave solemnidad. Satán. El diablo. Lucifer. La ayuda del demonio. El pequeño trató en vano de controlar la vejiga. Un chorro brotaba de las piernas.      Es curioso, nadie cuestionó la muerte del niño. Todos pensaron que fue un accidente. Una de esas enfermedades raras que cada tanto aparecen y te hacen pelota. Esa fue la explicación oficial. No se volvió a hablar del caso. En tanto el mago siguió trabajando sin ser molestado por la policía.
      A menudo la gente moría a su alrededor. Esos secretos entre voces donde esa palabra volvía a aparecer. Satán. El diablo. Lucifer. Y la calma del cuerpo o muerte, para los amigos. Nadie decía nada, porque la muerte parecía lo más natural del mundo. Ningún arma. Nada de grandes hoyos en el cerebro. Un cuerpo impóluto y muerto cuyo organismo cesa su función. 
      Ese era el truco. La palabra mágica. Un abracadabra mortuorio. Ese hombre estaba movido por el espejo. La criatura se asomaba, sentada en su hombro izquierdo y susurrrraba un mantra initeligible. Su cometido era agotar la paciencia del mago. Tarde. Temprano. Algún día. A la larga el convencimiento llega. Es como un velo oscuro que de pronto se ilumina, con todas sus verdades rugosas a la intemperie.
      ¿Cuánto tiempo más podría resistirlo? Ser culpable de unas cuantas muertes no era nada cuando uno es soldado de causas mayores. Poco quedaba del recuerdo de ese pequeño que cayó muerto a su lado como una ardilla con problemas respiratorios. Nada que llame al remordimiento. Allá arriba estaba en pugna cosas como el destino de la humanidad. Y si, tal vez estaría loco. Pero les llevaría un tiempo demostrarlo. Para ese entonces, seguro va a estar preparado.

lunes, 25 de enero de 2016

Día 617: Teogonía posmoderna

     La noción del buen viajero lo demuestra, quien llega al ocaso es capaz de todo. Ese viejo hombre teñido de espanto que busca un descanso para su espalda estropeada por el decurso de los años. Así pudo haber despertado, consumido, con su cuerpo en otra dimensión.
     El viajero de múltiples universos tiene que comprender, las leyes de la física no siempre aplican. A veces existen saltos que revierten las tendencias más aplicadas. Así ocurrió con ese cuerpo que empezó a desfallecer en su vejez. 
     A cada paso morían las células del antiguo sistema, dejaban su lugar a nuevos nutrientes, desconocidos, sustancias capaces de reformar el paradigma humano y reconvertirlo.
     Joven, inexperto, el cuerpo se entregaba a las reformas con ahínco. Sería capaz de un último viaje, por su salud y la de todos los que precedieron esta aventura interminable. Observaría el cataclismo con cierto gusto. El ánimo de un fantasma que invita a la delincuencia.
     Después el multiverso enseña sus incontables lecciones al viajero desprevenido. Que existe un punto en la galaxia donde la energía puede ser destruida. Que un átomo puede generar otro átomo, sin ayuda ni mayores contemplaciones. Que el estudio del pensamiento y todo lo que nos rodea, carne, hueso, articulaciones, no son más que retazos de un lenguaje corrupto dentro de un libro gigante escrito con el culo de un viejo dios beodo e inconsciente.

domingo, 24 de enero de 2016

Día 616: Cima

     Era solo un vicio para despuntar el vicio. Escalar montañas podía ser tan adictivo como una línea de cocaína. O peor, quién sabe. Allá en la altura, con la falta de oxígeno, se piensa poco. Vaya uno a saber qué fue la idea que se le vino a Mahoma como para hacerse todo ese viaje.
     Arriba del mundo podría tomarse la libertad de escupirlos a todos. A cada uno de ellos. Incluso niños y perros. Los muy asquerosos hijos de puta. Con poco oxígeno viene el odio. Pero también llega la paz. Tranquila. Nívea. Una paz esculpida sobre el organismo del tiempo.
     Igual pronto tendrá que bajar. La obligación de la realidad llama, con su 21 % de oxígeno en atmósfera. Con las pulsaciones controladas. No muchas inspiraciones, ni tantas espiraciones.
     La puta realidad. La comandante del secuestro llamado vida. A veces bajar es un imposible. Arriba. Arriba se puede todo.

sábado, 23 de enero de 2016

Día 615: La mordidita

      Debajo de esas calzas tenía escondido un orto como para veinte. La piba estaba para el asesinato, no hay discusión. ¿Pero que podía mirar ella en él? Un viejo verde, nada más. Es verdad que aún con setenta y dos años podía mantener una erección por un tiempo considerable, ¿pero cómo estás explicárselo a una chica de no mas de veinticinco años?
      De repente el milagro. La piba se acerca. Sabe contonear bien ese culo que la creación le dio. Se sienta al lado del viejo y susurra: "me parece que vos me querés coger" el hombre se hace el desentendido, pero la lascivia que brota de su entrepierna no puede decir lo contrario. Me declaro culpable, su señoría, dice el viejo con sorna.
      La cabalgata duró una hora reloj. La piba gemía y gemía. Por primera vez en su larga carrera sexual no pudo esconder los orgasmos que saltan de su cuerpo como una ametralladora de sentidos. El viejo se ocupaba de la tarea con diligencia. Una sola gota de sudor colgaba de su sien. Se hacía cada vez más larga. Casi hasta descender hasta la garganta.
      La piba acabó tres, cuatro veces. En un momento perdió la cuenta. También los estribos de su voz. Gritaba en el más absoluto ardid de placer. El viejo conocía el oficio mejor que nadie. Dónde tocar y cómo. En un momento, el mejor de la velada, el miocardio dio claras señales de huelga. Quedó tan duro como la cama. El infarto, así como la mejor cogida de su vida, había sido un éxito.

viernes, 22 de enero de 2016

Día 614: Keep talking

      El asunto tuvo un origen espurio. De acuerdo a lo que sostenían los antiguos griegos, el alma es aquello que moviliza al cuerpo. Energía vital. En otras ocasiones, más cercano a la edad media, se pensó en una glándula. Luego se cambió de idea y se propuso un origen inmaterial, más cercano a los inicios de la filosofía misma. Bueno, estaban todos equivocados. El alma no existe. Al menos no como esa cosa que todos imaginamos que tenemos adentro.
      A decir verdad, el origen, como se sospechó en algún momento, está asociado a una fuente extraterreste. Nebulianos, para ser precisos. Un viejo préstamo, tal como atestigua un contable nebuliano. Un documental que narra la historia de las civilizaciones nacidas a lo largo de la galaxia de la nube de Magallanes nos explica que los nebulianos solo piensan en negocios. Son grises, miden menos de un metro, ojos hundidos y un mentón prominente. Y son unos burócratas empedernidos. Duermen, viven y nacen para el comercio.
      Desde un pequeño juego hasta una venta de planetas, todo para el nebuliano tiene su  trasfondo económico. Dicen que una madre nebuliana indemnizó a su bebé recién nacido por un atraso en el pago de la cuota alimentaria. De ahí viene el dicho: Cuando hay negocios de por medio, con un nebuliano no se jode. Y la experiencia lo demuestra.
      Así es como los caminos de la Tierra y los nebulianos se cruzaron, más de una vez. Alguna que otra de manera solapada, a veces de forma más evidente. Fue lo que ocurrió con el alma. El trato que tuvieron los nebulianos con nuestros antepasados fue el de otorgar algo significativo a nuestra existencia a cambio de ciertos recursos naturales preciados por ellos. En ese entonces los hombres aun no se habían decidido a salir de las cavernas. Hacía mucho calor. El sol iluminaba más, era más joven. 
      Los hombres de las cavernas poco se hicieron entender, querían una cosa que les sirviera para levantar la cosa. Los nebulianos entendieron que les hacía falta un chip dentro del cerebro. Un chip invisible. Algo que los haga menos estúpidos. Así fue como aprendieron a hablar. A cambio los nebulianos se llevaron consigo la mitad de los recursos naturales de la tierra de ese entonces.  

jueves, 21 de enero de 2016

Día 613: Portalitis

     Anoche tuvo un sueño de los más extraño. Se preguntó si no fue por tomar mucha Coca cola. Es que todo parecía tan real. Los monstruos. El oboe. La sensación de un ano desgarrándose. Luego la noche y las estrellas, que se caían de punta, sin seguir un orden. Luego se despertó hecho un mar de sudor. Su mujer roncaba como una buena máquina de cortar pasto echada a perder.
     Tuvo esa sensación de culo roto toda la mañana. Desvirgado por un oboe, eso sí que sería un buen titular para algún diario amarillo. A veces los sueños parecen muy reales, pero este es como que pasó de verdad. Llegaría a la oficina y se revisaría bien, a ver si encuentra algo. Ahí estaba, incrustado, un precioso oboe de doce mil euros.
     Un ruido feo inundó la habitación, fueron los guantes de látex que aprisionaban las manos del proctólogo. Introdujo el dedo anular muy despacio, hasta chocar con la madera del instrumento. Esto va a doler, pensó. Esto va a doler, dijo el médico adivinando sus pensamientos. Muy de a poco salió. Por una cuestión extraordinaria no necesitó una cirugía mayor. Solo unos cuantos puntos de sutura y su culo estaba listo para salir una vez más a la calle.
     El proctólogo se felicitó a sí mismo por la extracción exitosa y advirtió algo, pero se detuvo. El paciente le preguntó si podía volver a ocurrir. No estoy seguro, fue la respuesta. Es un caso extraño. ¿Está seguro que no tiene problemas de memoria? ¿Considera que sus actividades sexuales son normales? ¿Tiene enemigos? Y preguntas de ese tipo relacionadas a la posibilidad de que alguien pueda meterte un oboe en el culo. No sé, pero puede. Ese fue el veredicto final, pero puede.
     Puede ser. Puede salir. Puede que no. Puede. El acto inconcluso del médico lo llenó de terrores. Y todo habría sido una experiencia feliz, hasta que empezó a sentir el peso de un trombón colgándole de la nariz. Acá debe haber algo sobrenatural, reflexionó.
     Su reacción fue de lo más normal. Creía en todas esas cosas que le mostraban los documentales: aliens, conspiraciones, fantasmas, gnomos y otras yerbas alucinógenas. No tardó en contactarse con un parapsicólogo, para su suerte, uno de los más serios del mercado. El experto le explicó que lo que ocurría allá debajo es un caso de portalitis.
     La portalitis es una enfermedad paranormal que se relaciona con el crecimiento insospechado de la energía psíquica de un sujeto, lo que hace que sea capaz de desarrollar portales interdimensionales a lo largo de los orificios dentro de su cuerpo. Si, eso debe ser, afirmó, sin muchos ánimos. ¿Cómo curarlo?
     Es sencillo, respondió el parapsicólogo, La portalitis siempre trabaja desde dos extremos. Un conductor. Un receptor. Usted recibe. Falta encontrar el emisor. Y se tapa la puerta y listo.
     El otro extremo del portal no tardó en aparecer. La noticia sí salió en un diario amarillo. El artículo narraba la inusual desaparición de instrumentos musicales en una sala de concierto. De acuerdo al director de orquesta, en lo que va del mes llevamos perdidos tres flautas, dos oboes, un fagot y cinco violines.
     El violín dolió. Para el resto el culo se acostumbró. En poco tiempo lograron tapar la puerta. Aunque desde ese entonces comenzó a sentir un vacío que ya nada pudo llenar.

miércoles, 20 de enero de 2016

Día 612: Libro sin hojas

      El tiempo me ha dejado sin palabras. Así como el agua horada la piedra. En silencio. Con pocas oraciones que expliquen aquello que se nos fue y no vuelve más. Allá lejos quedó la puntillosa verborrea de la adolescencia. Un templo vacío se erigió en su lugar. Un sentir dislocado. Fuera de termino.
      Nada que pueda discernirse de aquello que pueda suceder. Los recuerdos, el mañana, ahora, sumidos en un vendaval de fotos sin etiquetas. No vamos a despertar sin saberlo, si es sueño o realidad o si tal vez sea algo diferente, una bendita novedad que venga a alterar esta monotonía ancestral de los días.      Me gusta desperdiciar la vida con un poco de placer del viejo. De mi escuela quedan pocos. Hágase, ármese usted mismo. No dejen lugar a las dudas, proceda sin hacer preguntas. Sea algo para alguien o alguien para algo. Sin juzgar. Sea. Porque soy lo digo aunque estas ropas ya no puedan vestir mi desnudez.

martes, 19 de enero de 2016

Día 611: Oda neoliberalista

      Cuando en el 92 Boca salió campeón medio mundo salió a festejar. Ya Menem y su equipo empezaba a hacer de las suyas. Un paraíso fiscal daba inicio gracias a las bondades del dólar. Mientras tanto, las personas, aquellas que podían celebrar, empezaron a tirar sus cohetes dentro de las vaginas de las mujeres. Y así fue como ese año nacieron tantos.
      El pequeño boom demográfico fue solapado por la muerte de algunas celebridades. Como Piazzolla, John Cage o la mamá de la Josefa. Salvo por lo del campeonato de Boca, 1992 fue un año triste. Un año triste y par. Fue mi abuela que una vez dijo, que los números pares fueron creados por el demonio. Y le creo. Vaya si le creo.
      Ese 1992 fue cuando perdí mi trabajo. También fue ese 1992 que conocí al amor de mi vida, conocida mejor en los barrios como la "hija de puta que me cagó la vida"
      Bueno, no todo fue malo, aun Nirvana tocaban y seguían componiendo música. Yo creo que también hacía algo con la música, pero no recuerdo bien. Nos drogábamos tanto. Y fueron buenos momentos, a pesar de toda la debacle y todo lo que vino después. El inevitable recuerdo posterior a la desintoxicación que nos significó hacernos grandes y más pelotudos.
      La mayoría de los pibes de la banda nos rajamos del barrio. La mitad, creo, con prontuarios y varias causas abiertas. A mi me tocó la mejor parte. Cumplí una sentencia chica y me sacaron al toque de la cárcel. Me porté bien desde entonces. Cuanto pintó vicio, lo hice tranquilo.
      Después empecé a leer y cultivar un poco el seso. Cada tanto me metía a alguna que otra clase de la universidad así aprendía algo. No me importaba qué. Cualquier cosa. Los libros se volvieron mi nueva droga. En ese entonces mis códigos de barrio mutaron en una cosa inabarcable. Filosofía mutante. Vino en tetra y Descartes. Fue por esos años que se me ocurrió volver a juntarme con los pibes.
      La mitad estaba casado, la otra mitad, muertos, en cana o fuera del país. Solo quedamos mi espíritu rebelde y el Gonza. Un ídolo el Gonza. Si tuviera que contar su historia, no me alcanza esta página, seguro.
      Con el flaco montamos un negocio. El sabía cocinar, a mi se me daba bien atender a la gente. Vendimos choris a la salida de los boliches. Creo que fuimos uno de los primeros que tuvimos esa idea. Los primeros en transar con los milicos. Los primeros, en todo. Y la juntamos con pala ancha.
      El Gonza, ahora retirado del negocio, siempre fue vivo. Me decía, flaco, vos comprá dólar e invertí, comprá dólar e invertí, cuando te quieras acordar, vamos a estar del otro lado del vidrio polarizado. No nos van a tocar ni mierda. Y así fue. Nos volvimos muy ricos. Demasiado. A veces me da nostalgia sentir el vidrio empañado. Me pregunto qué habrá del otro lado. Luego recuerdo el frío, el calor, los mosquitos, las personas y 1992, y se me termina de pasar.

lunes, 18 de enero de 2016

Día 610: La rueda gira

      No padecimos esa gripe que los mató a todo. Por suerte. Nos mantuvimos fuera del radar de la plaga por mucho tiempo. Salimos de un bunker enterrado a reclamar los restos de un planeta hecho mierda. Nadie dijo nada. Estaban todos muertos. Había mucho, pero mucho para pedir prestado. Casas, teléfonos, comida, televisores de ochenta pulgada, perros, y cosas así.
      De mi contingente éramos doce personas, todas sanas. Cinco mujeres y siete hombres. Ningún niño. Todos adultos. A decir verdad ninguno tenía una pareja estable, y no sé cuántos de nosotros realmente tendrá capacidad para reproducirse. Es que nadie lo dice así de forma abierta, pero algún día va a llegar esa pregunta incómoda. Esa duda lacerante. ¿Somos solo nosotros?
      Nada más inquieta que saber la verdad. Si así fuese, nos veríamos en la penosa tarea de perpetuar la especie, si así lo deseáramos. En caso de que existan otros grupos, el panorama sería aún más complejo. Quizás algunos intenten forzar a nuestras mujeres, o tal vez intenten convencerlas por las buenas. O por ahí deciden reproducirse entre ellos.
      En todo caso no sé las respuestas a esos interrogantes porque todavía no hablamos nada. Nos decimos cosa estúpidas entre nosotros, chistes como para aligerar la carga de esta soledad cósmica. Después, el resto del día, lo pasamos en silencio. Mientras comemos, dormimos, caminamos, nadie habla. Es como una especie de gran respecto hacia el gran cadáver de la humanidad.
      No creo que falte la hora de que empecemos a actuar como unos enfermos depravados. Seguro vamos a empezar a mirarnos con recelo. Y cuando llegue ese momento nos vamos a comer entre nosotros. Alguno asesinará al otro. Llegado el caso también accederíamos a violar a nuestros amigos. Vaya uno a saber, tal vez eso podría ser un nuevo principio, una nueva oportunidad para los seres humanos.

domingo, 17 de enero de 2016

Día 609: Rehabilitación

      Anochecía y el cielo estaba cargado de electricidad. Pronto caerían unos cuantos rayos por varios lugares. Eso nadie lo dudaba. La naturaleza perra. Mientras tanto, un empleado de la municipalidad terminaba de juntar las últimas hojas arrancadas por el Otoño. El hombre decía por lo bajo: "debo controlarme, debo controlarme" Por supuesto se refería a la bebida. A esa hora le gustaría estar más que borracho.
      Eso ya no correspondía. El empleado tiene que caminar unas cuadras hacia su casa. La lluvia empieza a nacer. Antes la vida era fácil. Llueve y me protejo. El bar de la esquina, que recibe a todos en su seno. El hogar de los desamparados y los pollitos mojados por las tormentas post estivales. Sería fácil entrar, pedir una grappa y tomarla hasta que ver el vaso sin líquido. Sería fácil. 
      Pero no, había adoptado el camino difícil. El de la confrontación. Su mujer le había asestado dos cross y un gancho. Se descubrió tarde en la lona. Borracho, alcohólico. Vas a perder a tu familia. No te va a quedar ni el perro. Mojarte es lo de menos. El camino difícil. El rodeo eterno hacia el hogar. El hogar verdadero.
      Tenía la garganta reseca. Así debe ser la sed cuando se está en el desierto. Claro a que las personas normales se le antoja un vaso con agua. No debo mirarlo, se dijo. Autocontrol, respiro. La puerta del bar tenía una boca de diablo que llamaba al hombre. Le acariciaba el oído, le decía cosas cariñosas, como una mujer excitada al borde del orgasmo. Tentación acuciante. Autocontrol. 
      Una vez que los pasos lo acercaban a su casa el rictus se relajaba. Ya pasó. Libertad condicional. Su mujer le tendría preparado el café, su droga sucedánea. Charlarían un rato y luego irían a la cama para mirar un poco de televisión. Con suerte harían el amor durante cinco, diez minutos. Y ella prepararía la cena. Luego se sentaría a la mesa y observaría a la ventana. Las gotas caen, gordas, irregulares sobre el vidrio. Su mirada está extraviada. Quiere mirar más lejos de lo que le permiten los ojos. Sabe que detrás de la tormenta va a encontrarlo. Esa sombra chinesca, que lo llama, lo llama, y no lo deja de llamar. 

sábado, 16 de enero de 2016

Día 608: Operación retorno

      Cuando terminó la opereta el saldo de muertos superó al de los vivos. Un escuadrón de policías irrumpió en las instalaciones del banco para rescatar a un solo rehén a punto de morir. El resto ya lo había hecho hace tiempo. Una ráfaga de balas había agujereado sus cuerpos.
      Los de la morgue tuvieron trabajo como para una semana. Los noticieros otro tanto. La pregunta que se hacían todos, ¿Quién es Hans Coniglio? Ex científico, borracho empedernido, vagabundo, ex padre, ex hijo.
      El hombre se encontraba a la deriva. Sin mayores recuerdos que una llave entre sus manos. Vaya uno a saber qué carajos abriría. Coniglio la guardo entre sus nalgas, por si acaso. En realidad más profundo. Tendría que resistir una inspección de cavidades. Con un poco de fuerza adecuada la llave no asomaría de su ano.
      Y lo bien que hizo. La llave no solo le servía para abrir su celda, sino que también envenenó a los guardias y le sirvió de GPS. En el mapa desplegado se encontraba un punto azul. A unos quinientos, seiscientos metros de distancia.
      Coniglio caminó las calles con cautela, de hecho ahora era un prófugo buscado por la ley. La casa de afuera no decía nada. De adentro menos. El hall de entrada no tenía mayores decoraciones. Una televisión de veintinueve pulgadas y un VHS con la indicación de "mirame"
      Allá estaban todas sus memorias perdidas, guardadas por si acaso. Pronto el pasado alcanzaría al presente y Coniglio dejaría de ser un desconocido para si mismo. Una revelación. El sentido de la vida. El doctor Coniglio volvía al ruedo. Una vez más.

viernes, 15 de enero de 2016

Día 607: Humo sobre la tierra

      Pensar que acá cago Gillan, wow loco, wow, dijo el guitarrista. La banda sabía que algo épico se avecinaba una vez que las puertas del casino de Montreaux se abrieron a sus pies. Una pequeña placa conmemorativa tenía la fecha del incendio épico que dio origen a Smoke on the water. La banda de Frank Zappa ofició de huésped de un tarado con bengala que incendió todo el lugar. El humo sobrevoló el lago Lemán. Allá estaban, ellos, los ídolos del conurbano, parados sobre un cerámico de la historia del rock and roll.
      El encargado solicitó, amable, los datos de cada uno de los integrantes de la banda para chequear las reservas. El baterista, que jugueteaba compulsivamente con sus palillos le increpó, en argentino: "mirá papá, acá venimos a grabar, danos una habitación barata, llevamos nosotros los equipos" luego miró al resto de sus compañeros con una sonrisa cómplice de "lo estoy haciendo bárbaro".
      No entiendo español, dijo el encargado. Speak english? No te entiendo un culo pa, habiteishon, ¿capish? El intento de charla prosiguió unos cuantos minutos. En eso cayó el supervisor, que si hablaba un poco de español. Le explicó a la banda que el hotel no tiene vacantes hasta enero. Que las reservas deben hacerse con al menos seis meses de antelación. A lo sumo puede tomarle una seña de cien euros para una semana de Febrero.
      ¿Este gil qué come? Saltó el guitarrista. Necesitamos una habitación por una noche nomás. Es por la inspiración del lugar, chabón. Queremos hacer algo grande como Purple, vieja.
      El supervisor, que poco entendía de ciertos localismos del español, explicó con paciencia que ninguna reserva puede hacerse menor a la semana. Son las reglas de gerencia.
¿Podemos pasar al baño? ¿Los cinco? Grabamos un cacho y listo. La situación se volvía incómoda. Unos gestos furtivos entre el supervisor y su encargado dieron pie al procedimiento para estos casos. En cinco minutos la famosa banda de rock del conurbano estaba rodeada de diez guardias de seguridad del tamaño de un jugador de rugby inflado de esteroides. 
      Se nos acabó la suerte, viejita, suspiró para sus adentros el bajista. ¿Un último vals? Preguntó el cantante. Un ultimo vals. A lo titanic. Desenfundaron instrumentos y tocaron. Tocaron el rock del alma. La mejor canción de la historia. Nunca mas la grabaron. Todos los miembros de la banda terminaron en el hospital, con grandes golpes en la cabeza y con un solo recuerdo de haber tomado un cierto avión a Europa.

jueves, 14 de enero de 2016

Día 606: El amor es un aro prendido fuego

      Ojalá podamos discernir lo que nos queda debajo de las carnes magras de tanto esperar. Ese culo dibujado sobre el asiento. Una moto que se escapa hacia el abismo. Un Evel Knievel de la desesperanza. Montado. Un rostro que deja de temer. Lo que supone un salto. Un movimiento de piernas.
      Ágil no se detiene. Ágil agita los brazos y el resto del contorno de su persona. Y cuántas tempestades juntos, bajo el mismo techo. No se detiene. Hiere como ese cuchillo de carnicero, desafilado. Avanza en el improperio. La puteada lisa y llana. 
      Dejás el muerto en la lluvia para que los gusanos jueguen. Hay que decirle al forense que murió de amor. Hacer que te crea. La ciencia del imprevisto. Cuando uno y uno dejan de ser dos. Y hay que equivocarse fiero en el camino para seguir avanzando a pesar de las bombas molotov. A pesar de lo que digan. A pesar del mismo pesar. 
      Tiempo fuera piden. Para el cuerpo en vuelo. Caído. Desmembrado. Inocente. La mala pasada no se volverá a repetir. Una mala jugada. Un traspie. La moto nada sola. Agua hundida acorazada. Ese valor del intrépido. De lo poco que vamos siendo a pesar de todo. A pesar de nosotros.

miércoles, 13 de enero de 2016

Día 605: Autoservicio

      Fantasmas atrapados en un disco de 78 revoluciones, eso eran. La música de los muertos inundaba el local a medida que se llenaba.
      Dos parroquianos discutían abiertamente ciertas teorías respecto a la eutanasia. ¿Homicidio asistido o suicidio involuntario? Detrás de esa clase de preguntas alquitranaban sus cerebros. El alcohol empezaba a hacer efecto. Uno de ellos habló en una lengua desconocida. El diablo se metió en la botella, pensó su contrincante.
      Son los fantasmas. Las voces grabadas de las personas que abandonaron el plano de nuestra existencia. Música de muertos que contagia e invita a la locura prematura. Todos en el bar empezaron a enloquecer. Bailaron una danza quebrantahuesos. Salvo esta persona. Agradeció al diablo su sordera. Sólo tenía que bajar el volumen del aparato colocado sobre su oído sano y adiós mundo.
      Adiós disco de los muertos. Adios locura. Adiós a las personas que dicen cultivar su ego en el sótano. Adiós a sí mismo. El parroquiano bebía de a grandes sorbos su cerveza. Pronto tendría que servirse otra él mismo. El dueño del bar se retorcía en el piso. Como en esos rituales umbanda en el que las personas adoptan poses extrañas. Boludeces.
      El mundo necesita calmarse, pensó. Rebajar un cambio a la marcha. Pronto estaría muerto, es cierto. Cuestión de meses. Años. Segundos. Es tan inevitable como el meteorito que hizo papilla a los dinosaurios. Él mismo era un dinosaurio en su mundo. Un sordo amateur. El disco emitía sus fantasmas, ajeno al desastre provocado. Una melodía atona. Esa voz. El cantante muerto. Un grabado eterno. El parroquiano se sirvió otra cerveza. Cuánta sed.

martes, 12 de enero de 2016

Día 604: Escape

      - ¿Para qué jugarse por esa basura? El hombre de los millones. Ese que puede comprar tu vida entera con tan solo un suspiro. Esa persona estaba en peligro y mejor dejarlo morir.
      Luego de un extenso debate cedí. La culpa, dicen. Por eso lo maté. Para que no sufriera más. Ganas de hacerlo no me faltaron. Mentiría si dijera que no me produjo placer sentir como la sangre se le  escurría entre las piernas. Fui a la femoral, conciso y seguro. Quedó seco en menos de dos minutos. Luego me atraparon y me llevaron a la comisaría. Me trataron de asesino. Usted, abogado, tiene que demostrar lo contrario. Estábamos perdidos, lo sabe. Sin alternativas. No fui un héroe. Tampoco quise serlo. Pero cuando una necesidad se antepone al placer, uno debe pensarlo dos veces. Algo de eso tiene que haber en alguno de sus libritos de leyes.

      - Entiendo su postura, Reyes. Pero salvo que aleguemos falta de cordura temporaria me temo que su caso es un rotundo culpable. Me pidió sinceridad y acá la tiene. El tipo tiene conexiones. Familiares preocupados. Gente de mucha guita. Le podría sacar de cinco a diez años de cárcel y sería negocio. Créame.

      El recluso se rascaba la nuca, de forma compulsiva. Entendía poco a su abogado. Pero culpable y cárcel sí entraba en su vocabulario. No repetiría lo de Caseros. Quería estar lejos del cemento.

      - En todo caso puedo escapar. Usted me puede ayudar.

      El recluso movía los ojos con nerviosismo. Saldría volando si pudiera. Una solución mágica. Eso es. Una solución mágica. El abogado volvió a repetir lo dicho la semana pasada:

      - Reyes, no puedo y lo sabe. Empeoraríamos todo. Lo van a atrapar. Afuera hay gente viva. Incluso pueden matarlo. ¿No tiene miedo?

      - El miedo es un traje que me queda bien, señor. Usted desconoce los límites de la vida. Estar jugado todo el tiempo. Quemar llantas por acá y por allá, como si nada valiese un carajo. No lo sabe. No tiente a la suerte.

      El recluso vio que ya había dicho demasiado. Con cuidado dejó que la aguja se clavara en el brazo. Cayó de la silla al instante. Los guardias entraron y tomaron su pulso. El hombre estaba más que muerto. El plan funcionó a la perfección.

lunes, 11 de enero de 2016

Día 603: Reptil

      No dejes que la paranoia de este mundo te haga estallar, me dijo. Es curioso, porque segundos después un misil aire-tierra voló en cientos de pedazos el cuerpo de mi compañero de guerra. En realidad no recuerdo si terminó la frase o si yo la completé con mi mente. Esa parte se me hace borrosa. Se imaginarán. Tuve que correr como un condenado para salvar mi mierda de vida.
      Corrí durante kilómetros como un maratonista consumado. A mis espaldas sentía las balas que trataban de alcanzar mi preciado no-cadáver. Llegué a las inmediaciones de un campo, ocurrió que salté la tranquera de una. Si me hubieran visto habrían pensado que era todo un deportista. Nada más cerca de eso. Tres atados de cigarrillos al día y una botella de whisky al día pueden  atestiguar lo contrario. Aún así salté esa tranquera como si no midiera un metro cuarenta de alto. Busqué refugio donde pude. Encontré un establo y me metí en una pila de mierda.
      No sé cuanto tiempo habré estado metido ahí dentro. Para mí fue una eternidad. Aunque seguro no debe haber sido más de dos minutos. Me quedé hasta que el ruido de las ametralladoras pareció alejarse. Entre tanto me entretuve con imágenes mentales de películas. Recordaba Pelotón y también Apocalypsis now. También se me vino a la cabeza ese personaje de Schwarzenegger que se embarra todo para no ser percibido por un extraterrestre mata todo. Algo parecido conmigo, pero con caca. Un cerdo que se encontraba dentro del establo me miró por unos segundos y creo que se alejó asqueado. Lo entiendo, juro que lo entiendo.
      Y adentrado en la casa maldita toda la puta paranoia del mundo se desató sobre mí. El lugar era un bunker de una guerra futura. Ninguno de los militares allá convocados podía observarme. Y, por más extraño que parezca, a ninguno le llegó mi fragancia a mierda. Estuve ahí como veinte minutos, un fantasma, mientras cinco personas de alto rango militar decidían el porvenir de sus naciones.
      Escuché con atención lo que decían, pero poco logré entender. Era una torre de Babel. Y yo que nunca fui muy hábil con los idiomas. Noté caras de preocupación. Un gran mapa, y alguien que movía piezas. Algunas con forma de bomba, otra con forma de personas. Incluso naves desconocidas para mí. De todos modos lo más asombroso fue cuando uno de los generales presentó un gran mapa.
Era mi cuerpo. Esas porquerías estaban dentro mio. Y yo pude ver lo que pasaba. Me autoengullí, por decirlo de algún modo. Una puesta en abismo ontológica. Me pregunté cuántas veces podría tragarme a mi mismo sin desaparecer. Dejé de hacerme esa pregunta porque sonaba idiota. Y porque al fin y a cabo, estamos en guerra.

domingo, 10 de enero de 2016

Día 602: Lance Armstrong

El sueño de una pelusa es poder encontrar su abrigo. Es que el ombligo le parece poca cosa. Esa pelusa busca ampliar su horizonte. Quiere ser ciclista. Ganar el Tour de France. Sin drogas, por supuesto.
Pero siempre existe un alma miserable que te pincha las ilusiones. Ese bastardo que te dice: "sos una pelusa, no podés hacer eso, te faltan piernas" y uno podría responderle, a vos te falta ética y sin embargo sos abogado. O cosas así. No importa, nadie debe detener esa montaña que cada vez se parece más a un muro.
Así que la pelusa sorda estrena. Por los días y por las noches. No logra desarrollar piernas, pero al menos logra mover el pedal de la bicicleta, un poco. Quizás dentro de un año logre avanzar un metro.
Ha dejado atrás su naturaleza de acompañante de la mugre, polvo y tierra. Podría ser una plaga que invada el planeta. Pero no. Prefiere la fama, la gloria, quiere participar de los juegos Olímpicos. No los especiales. Los normales.
La pelusa sueña con su nuevo abrigo. La eternidad de los mortales. Quiere salir en las revistas. Ser trending topic en Twitter. Llenar el mundo de noticias acerca de su nombre. Quién sabe, tal vez hasta le crezcan piernas en el camino. Por ahí encontrar un amor, casarse, tener pelusitas. Nadie puede dejar de soñar, aunque sea un poco.

sábado, 9 de enero de 2016

Día 601: El hombre equivocado

      Podría haberse preocupado en romper el hechizo, pero esta noche lo dejó pasar. El perro hacía su trabajo. El universo estaba mantenido a raya, o al menos eso le gustaba creer antes de que Morfeo tapara de arena su cabeza.      Despertó con la salida del sol. Sintió algo de frío en los huesos por lo que decidió encender el fuego.
      Desayuno de campeones, dijo, mientras vertía un chorro del líquido de su petaca sobre una sartén negra del uso. Un desperdiciado momento en la fuga. Fugitivo se toma el tiempo para desayunar y es atrapado mientras trataba de digerir una sartenada de porotos rehogados en whisky. Algo así iban a decir los titulares si no se apuraba.
       Es la vida de mierda de todo lo que algún día el hombre creyó injusto. Lo perseguían desde hace meses, es cierto. Era un criminal, también es cierto. Pero nunca de los crímenes que le atribuían. Podría haberse llamado a sí mismo el hombre equivocado. El que nació en un tiempo equivocado, el que se paró en un lugar equivocado. Y cosas así. 
      No es que tenga pensamientos muy moralistas que digamos. A veces el asesinato es un acto justificado. Sobre todo si se actúa en defensa propia. Pero él no había matado a nadie. Esa mujer fue degollada por otra persona. Las personas, por cierto, son extrañas. Sin ir más lejos hace un año atrás era uno de ellos, un tipo común sin grandes aspiraciones, un patriarca de familia. Dos hijos, una mujer con cierta belleza, si se quiere. ¿Desde cuándo lo suyo era la fuga? Podría haberse entregado, es cierto. Incluso habrían descubierto su inocencia, también es cierto. ¿Qué le llevaba a mover los pies como un condenado? ¿Tendría un grado de culpa hasta ahora desconocido para él? Debería descubrirlo en el camino. 
      Por suerte el perro servía de ayuda. Esa porquería con pelos lo viene siguiendo desde su casa. Calculó unos quinientos kilómetros. Todavía no había llegado a la frontera de la provincia. Tengo tiempo para quedarme tranquilo, son unos cuantos kilómetros más. Esta noche llego, seguro.
      El sol cayó sobre el horizonte mucho más rápido de lo esperado. Las estrellas iluminaban el camino junto a una luna gorda de tanta luz solar. La tranquilidad poco a poco se fue desdibujando. El paisaje solitario por el que caminaba, silencioso, empezaba a ganar en sonidos, primero distantes, luego cada vez más cercano. ¿Serían las voces? No, no se podía engañar. Los patrulleros, se acercaban. Ruido de sirenas, inconfundible. Final de la ruta. Debería sucumbir a sus convicciones, vaya uno a saber cuáles eran. El hombre equivocado acarició a su perro y dejó que la hoja del cuchillo se deslizara por el cuello del animal. Pronto iba a comprobar su inocencia. El momento había llegado.

viernes, 8 de enero de 2016

Día 600: Seis años sin accidentes

      Los recuerdos venían, a través la humedad, en forma de agua evaporada. Sería una mañana calurosa, tal como lo indicaba el pronóstico del tiempo. Uno de los abuelos farfulló una frase sin sentido antes de que la enfermera se acercara con el desayuno y su medicamento en una bandeja rota.
      El geriátrico despedía un halo de muerte por doquier. Las paredes negras de tantos hongos lo sabían. El edificio tenía las horas contadas. Esa mañana, en particular cálida, nadie sospechó que lo peor estaba por venir.
      La idea, como siempre, vino de Richard. Todas las malas ideas eran de su autoría. El tipo pareciera que se esforzara en crearlas. Es un Zeus venido a menos, solía comentar jocoso un viejo profesor. Richard era el supervisor del turno de mañana. Su trabajo era tratar de que no se muera ningún anciano. Para eso le pagaban los familiares gordas mensualidades. Y hacía bien su labor. Seis años. Esa es la cuenta que llevaba. Seis años sin accidentes.
      Y de seis años atrás venía el recuerdo, como si fuese hoy. Tan fresco en su memoria. Pobre viejo, una insuficiencia cardíaca. Tenía el reloj con poca batería. El hombre jugaba al truco de a cuatro. Su cabeza quedó colgada del cuello. Frente a todos. Quedó frito. Terminal. Richard aún se culpaba por su muerte. Podría haber hecho algo para estirarlo. Seguro. Aumentarle la dosis, algo. Ese viejito le representaba dos mil dólares mensuales. Dos mil dólares menos. Con ese dinero podría haber arreglado el ventilador del salón, seguro. Ese día con altas temperaturas le habría venido bien un poco de ventilación extra.
      Richard sufría mucho el calor, tanto como sus huéspedes. Resoplaba mientras inspeccionaba que todo estuviera en orden. Hasta los cuarenta nunca había tenido problemas de peso. Ahora le sobraba por todas partes. Me voy a morir acá, hoy, pensó.
      Y con el calor llegaban sus ideas alocadas. Paseos en la plaza. Jornadas de gimnasia aeróbica. Exhibiciones de teatro montadas por los mismos ancianos. A los viejos no le gustaba una mierda tanto movimiento. Ellos querían sentarse a mirar televisión y en lo posible morirse sin darse cuenta. A eso aspiraba la mayoría. A Richard eso le importaba un carajo. Quería personas sanas para mantener la economía del lugar y de su billetera. 
      Esa mañana de humedad asesina llegó con una nueva idea devastadora. Richard anunció con bombos y platillos el cronograma del día. Repetía cada viernes lo mismo. Eran sus viernes de "creación". Hoy le tocaba el turno al arte. Arte dramática le llamó. Unos cuantos payasos fueron entrando al salón. Cada uno de ellos tenía unas grandes valijas de colores. 
      No se sabe si esos payasos tuvieron la mejor actuación de su vida, o quizás la peor. Su aspecto de reclusos no ayudaba. Nadie se lo vino venir. Cuando el susto le llegó al primer viejo, pasó inadvertido. Para cuando el segundo viejo se ahogó con el desayuno, ya era demasiado tarde. Sin vuelta atrás, todos en la sala empezaron a morirse, como lemmings en una orquesta, estuvieron todos de acuerdo.
      Richard no dio crédito a lo que ocurría. Se preguntó si alguien envenenó el agua. ¿Cianuro tal vez? No, eso es una idea nazi de película. Un espectáculo shakespereano. No quedó uno solo en pie. Quince viejos en total. Treinta mil dólares a la basura. Richard observó a los payasos sin decir palabra. Acarició el cable del teléfono y emitió un largo suspiro. Sería una mañana calurosa.

jueves, 7 de enero de 2016

Día 599: Descanso

      Fresco como una lechuga. Nadie malograría su mañana. Salvo esos estúpidos radares. Estaban por todas partes, la comida, los sueños, la calle, en las palabras de mamá. Nada se escapaba a su visión periférica. Estaría mejor debajo de una tumba, pensó. Pero eso sería igual a morir. Nadie quiere eso, salvo que se esté enfermo.
      Enfermo. Enfermo. A veces dudaba de la cordura que podía llegar a esgrimir las veces que salía y entraba al paredón. La tarjetita lo distinguía de los locos. Ya no la necesitaba, porque todos en el pabellón lo conocían. El doctor Stein y su rigurosa calvicie. Aún así, luego de diez años de trabajo ininterrumpido en el ala psiquiátrica B, Stein nunca olvidaba su tarjetita. 
      Es para recordar quien soy. Por si lo olvido. Sé que algún día caminaré entre ellos, como un igual. Esos pensamientos lo atoraban cada vez más. Es el contacto, el maldito contacto. Necesito unas vacaciones para asfixiar la transferencia. Unas vacaciones, largas. 
      El doctor Stein coordinó con la junta directiva las fechas. Estaría fuera del país a partir de Febrero y volvería al trabajo a mediados de Mayo. Tres meses y medio, lo que correspondía si se sumaban todas las vacaciones que le debían y la carpeta por estress. 
      El psiquiatra tomó el crucero junto a su mujer el 2 de febrero. Un viaje de treinta días por todo el Mediterráneo. Una joya inolvidable, así se lo vendieron de la agencia de turismo. Y les creyó, los muy bastardos. Lo último que necesitaba ver era agua. Con razón Coleridge escribió ese poema. Con razón los gatos les tienen tanto temor. El agua es lo peor que nos puede pasar como humanidad.
      Stein trató de serenarse. Después de todo, las vacaciones era un regalo postergado que le debía a Alicia casí desde sus primeros aniversarios de casados. Los hijos, el trabajo y los nietos después fueron postergando la fecha definitiva. Al final llegó el día cercano al ocaso de su carrera, ¿y de su vida? ¿Moriría arriba de ese bote como los tarados del Titanic? Necesitaba un trago urgente. 
      El bar del crucero servía una amplia variedad de cervezas y tragos tropicales. Extraño, estamos en invierno y en Europa. Deberían tener vodka, tal vez grappa. O un vino espumante. Stein pidió un martini dry, pero sin aceituna. Se señaló el estómago, como indicando que le caía mal. El barman ignoró las señas y colocó una aceituna del tamaño de un meteorito. 
      Jugó con el escarbadiente entre las manos hasta que lo arrojó al piso. Un oficial de a bordo le indicó que estaba prohibido arrojar comida al piso. Stein hizo un gesto obsceno señalándose la entrepierna. La conversación empezó a encenderse. Para ese entonces, el hombre estaba tan borracho como lo podría estar un marinero tras cinco años en altamar. 
      La discusión se convirtió en gritos de cavernícolas. Stein trató de neurótico compulsivo al oficial de a bordo. El oficial respondió en italiano. Parecían malas palabras. Escupió el piso y lo señalaba compulsivamente.
      Stein, cansado del bochorno, se retiró a la baranda. Encontró a su mujer. Lo había escuchado todo. Sus manos se entrelazaron. Ella sonreía. Recuerdos. Se sentía tan enamorada. Como el primer día. Stein era un nervio caminando. ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué tengo que hacer? Alicia permanecía tranquila. Nada podía alterar su calma. Nadar, le dijo. Tenés que nadar hasta relajarte. Alicia acarició la cabeza de Stein y le dio un beso maternal.
      Stein asintió. Los anteojos cayeron al piso. Luego se despojó de la remera y la malla. Stein estaba como vino al mundo. Un viejo arrugado. Nada parecido a un bebé. Ensayó su mejor postura de nadador consumado y se tiró al mar. Y nadó. Nadó. Nadó. Hasta que las fuerzas lo abandonaron. Y así se relajó.

miércoles, 6 de enero de 2016

Día 598: Ofrenda

      Le pidió que se agache. Por una milésima de segundo no fue atravesado al medio por una jabalina que caía del espacio. Con que los marcianos están celebrando sus olimpíadas, pensó. Eso no es gracioso. No, para nada. ¿Qué ocurriría cuando empiecen las competiciones de lanzamiento de martillo o de disco? La Tierra sería un recinto de las porquerías deportivas extraterrestres. No, así no. Esto es la guerra.
      El presidente del mundo tenía bien en claro sus funciones, aunque gran parte de ellas sean nominales. Mantener el orden del planeta. Eso es, mantener el orden del planeta. Él mantendría el orden de su planeta. Iría a golpear puertas a Marte. Ensayaría su mejor cara de hombre agresivo y enojado. Haría ciertas concesiones, desde luego, pero luego sería como una leona en celo. Acá nadie jode con mi planeta. 
      El verdadero poder lo tenían las corporaciones, sobre todo aquellas que manejaban las energías no renovables. La mayoría de los magnates actuales eran antiguos dueños de yacimientos petrolíferos que movieron sus millones a las represas hidroeléctricas, los molinos de vientos y cosas así. El petróleo había dejado de existir. Mejor dicho, los últimos barriles de oro negro fueron robados por los nebulianos, esa raza deleznable de burócratas piratas interespaciales.
      El presidente del mundo, así enojado como estaba, debería golpear primero la puerta de las grandes corporaciones y pedir permiso a los verdaderos dueños del mundo para hacer su pantomima. Desde ya no le iba a negar ese favor. Se lo debían. Al fin y a cabo, él era la cara visible de toda esta mierda.
      Los marcianos, que se encontraban en un período de olimpiadas, le prestaron poca atención al terrícola de los disturbios. Su raza tenía millones de años de existencia. Habían caído en Marte hace pocos años. Eran considerados una especie de beduinos del espacio. Poco le importaban los presidentes del mundo, para ellos esa autoridad no valía un centavo.
      Tenemos problemas de gravedad, confesaron los marcianos. El planeta retiene cada vez menos. Los objetos vuelan y salen disparados de Marte. Necesitamos una dosis de agujero negro. Usted ya sabe donde conseguirlo. 
      Ah, una misión secreta, pensó el presidente del mundo. Me gustan las misiones secretas. Se sentía como un niño al que le encomendaban una tarea de adulto. Emocionado hasta el culo. En realidad el presidente del mundo nunca había dejado de ser un niño, a pesar de su barba y sus canas. 
      Así fue como sin quererlo el presidente del mundo mandó al tacho su carrera diplomática por vender a un precio irrisorio (gratis) el mayor secreto de Estado de la Tierra, a cambio de una minucia económica (nada). Un agujero negro de dos centímetros de diámetro fue enviado con moño y dedicatoria a los marcianos. Esa fue la pequeña contribución del presidente del mundo a la colonización marciana de la Tierra.

martes, 5 de enero de 2016

Día 597: Moscú

      El hombre se resistió al arresto. Repetía como un disco rayado ¡Moscú, Moscú! Como si allá lejos le hubieran hecho cosas malas. Vaya uno a saber. Lo tuvieron que neutralizar entre cuatro. Un quinto policía llegó a darle un bastonazo en la cabeza.
      El interrogatorio fue el de rutina. Las respuestas, con diferentes gamas de intensidades, iban desde un Moscú pequeño, hasta un Moscú casi gritado. Los oficiales, impacientes, se resistieron las ganas de cagarlo a palos al rusito. Así lo llamaron, rusito.
      Al rusito lo tuvieron cuarenta años en cana. Cuarenta años pasó ese hombre sin documentos en la cárcel, sin decir una sola palabra. Claro, si no se cuentan las cantidades de veces que mencionó a Moscú. Eso totalizaría un aproximado de cinco millones de palabras. Todas iguales. Moscú.
      Desde la unión soviética, primero y Rusia, después, nadie pero nadie reclamó a ese hombre varado en Argentina. Qué carajo, el tipo ni siquiera tenía pinta de ruso. Solo decía Moscú, así como un pájaro podía decir pio pio pí. O una vaca mu, o un gato miau. O un rusito Moscú.
      Una mente perspicaz podría preguntarse por qué al rusito no lo mandaron derecho al loquero. Bueno, ganas a la policía no le faltaba. Pero no se podía, el hombre había aparecido en el medio de una escena del crimen, manchado de sangre. Sus huellas aparecían a lo largo de todo el cadáver. Si el hombre no era culpable, al menos les debía una buena explicación. Una que hable de otras cosas, aparte de Moscú.
      Para el año 2026 lo soltaron al pobre rusito. Nunca un solo quilombo en la cárcel. De hecho se lo veía tranquilo, contenido. Lo tuvieron que echar por poco, ya que no quería abandonar su celda. Lloriqueaba y se sobaba los mocos al ritmo de un Moscú tétrico y apagado. Las noticias no tardaron en llegar. Un meteorito, fulminante, del tamaño de la luna, había caído en Rusia. Claro, en el centro de Moscú, que ya no existía, por cierto.
      El rusito, con la noticia fresca y casi en libertad, o mejor dicho, echado a patadas, tomó aire y gritó: "SE LOS DIJE, SE LOS DIJE" y repitió lo mismo hasta que la atmósfera de la Tierra dejó de ser apta para la vida humana.

lunes, 4 de enero de 2016

Día 596: La pasión (oculta) de Jesucristo

      Si había algo más que le gustará más que juntarse con amigos, denunciar a los judíos o resucitar al tercer día eso era apostarle a los caballos. Pocas personas, más allá de su círculo íntimo, conocían esta adicción al juego por parte de Jesucristo. Para mal de peores, era un pésimo apostador. Sus deudas crecían para arriba. No tenía ni para comer. Hasta vestía harapos.
      Un día, urgenciado por un pronto ingreso de denarios para satisfacer su necesidad de juego, inventó el club de los apóstoles, que era ni más ni menos que sus mas afables acreedores, todos reunidos bajo el mismo techo.
      El truco era sencillo. Convencería a todos de que era el salvador de la humanidad. Muy fácil. Tenía carisma. Tenía oratoria. Y una gran capacidad para pedir prestado denarios. Para una causa noble, claro. Montaría junto a sus apóstoles una sociedad de beneficencia y las sobras irían a parar a las benditas carreras. Benditos caballos.
      El plan de Jesucristo funcionó a la perfección. En toda Judea hablaban de los apóstoles de Jesús. Bien jugado, bien jugado, se decía para sus adentros el nacido en Belén. La fama no tardó en subírsele a la cabeza. Aprovecharía así un fin de semana para "predicar" en Jerusalem. Allá se apostaba fuerte, en una sola carrera podría recuperar lo perdido en los últimos años.
      La visita del club de los apóstoles llegó a oídos de los saduceos. Caifás decidió que debería convocar a Jesucristo. Caifás también tenía la misma afición de Jesucristo, aunque a él le iba mejor, y por cierto, no le debía a nadie.
      Jesucristo le explicó a Caifás los motivos de su visita relámpago. Unas prédicas por acá, otras por allá, nada del otro mundo. Pararían con su grupo en el hotel de Getsemaní.
      Lo que ocurrió durante ese fin de semana se encuentra muy bien documentado. Los antiguos llamaron a ese evento el Getsemanigate. Según ciertas fuentes una persona desde dentro del edificio informó al imperio romano acerca de la realización de actividades extrañas en el jardín.
      A Jesucristo lo encarcelaron. El juicio duró poco. Lo obligaron a pagar todas sus deudas a los acreedores. El pedido de quiebra por parte de Jesucristo fue negado. El jurado condenó a Jesucristo a la cruz, la pena máxima para los apostadores de caballos. Y esa es toda la historia.

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