lunes, 4 de enero de 2016

Día 596: La pasión (oculta) de Jesucristo

      Si había algo más que le gustará más que juntarse con amigos, denunciar a los judíos o resucitar al tercer día eso era apostarle a los caballos. Pocas personas, más allá de su círculo íntimo, conocían esta adicción al juego por parte de Jesucristo. Para mal de peores, era un pésimo apostador. Sus deudas crecían para arriba. No tenía ni para comer. Hasta vestía harapos.
      Un día, urgenciado por un pronto ingreso de denarios para satisfacer su necesidad de juego, inventó el club de los apóstoles, que era ni más ni menos que sus mas afables acreedores, todos reunidos bajo el mismo techo.
      El truco era sencillo. Convencería a todos de que era el salvador de la humanidad. Muy fácil. Tenía carisma. Tenía oratoria. Y una gran capacidad para pedir prestado denarios. Para una causa noble, claro. Montaría junto a sus apóstoles una sociedad de beneficencia y las sobras irían a parar a las benditas carreras. Benditos caballos.
      El plan de Jesucristo funcionó a la perfección. En toda Judea hablaban de los apóstoles de Jesús. Bien jugado, bien jugado, se decía para sus adentros el nacido en Belén. La fama no tardó en subírsele a la cabeza. Aprovecharía así un fin de semana para "predicar" en Jerusalem. Allá se apostaba fuerte, en una sola carrera podría recuperar lo perdido en los últimos años.
      La visita del club de los apóstoles llegó a oídos de los saduceos. Caifás decidió que debería convocar a Jesucristo. Caifás también tenía la misma afición de Jesucristo, aunque a él le iba mejor, y por cierto, no le debía a nadie.
      Jesucristo le explicó a Caifás los motivos de su visita relámpago. Unas prédicas por acá, otras por allá, nada del otro mundo. Pararían con su grupo en el hotel de Getsemaní.
      Lo que ocurrió durante ese fin de semana se encuentra muy bien documentado. Los antiguos llamaron a ese evento el Getsemanigate. Según ciertas fuentes una persona desde dentro del edificio informó al imperio romano acerca de la realización de actividades extrañas en el jardín.
      A Jesucristo lo encarcelaron. El juicio duró poco. Lo obligaron a pagar todas sus deudas a los acreedores. El pedido de quiebra por parte de Jesucristo fue negado. El jurado condenó a Jesucristo a la cruz, la pena máxima para los apostadores de caballos. Y esa es toda la historia.

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