miércoles, 6 de enero de 2016

Día 598: Ofrenda

      Le pidió que se agache. Por una milésima de segundo no fue atravesado al medio por una jabalina que caía del espacio. Con que los marcianos están celebrando sus olimpíadas, pensó. Eso no es gracioso. No, para nada. ¿Qué ocurriría cuando empiecen las competiciones de lanzamiento de martillo o de disco? La Tierra sería un recinto de las porquerías deportivas extraterrestres. No, así no. Esto es la guerra.
      El presidente del mundo tenía bien en claro sus funciones, aunque gran parte de ellas sean nominales. Mantener el orden del planeta. Eso es, mantener el orden del planeta. Él mantendría el orden de su planeta. Iría a golpear puertas a Marte. Ensayaría su mejor cara de hombre agresivo y enojado. Haría ciertas concesiones, desde luego, pero luego sería como una leona en celo. Acá nadie jode con mi planeta. 
      El verdadero poder lo tenían las corporaciones, sobre todo aquellas que manejaban las energías no renovables. La mayoría de los magnates actuales eran antiguos dueños de yacimientos petrolíferos que movieron sus millones a las represas hidroeléctricas, los molinos de vientos y cosas así. El petróleo había dejado de existir. Mejor dicho, los últimos barriles de oro negro fueron robados por los nebulianos, esa raza deleznable de burócratas piratas interespaciales.
      El presidente del mundo, así enojado como estaba, debería golpear primero la puerta de las grandes corporaciones y pedir permiso a los verdaderos dueños del mundo para hacer su pantomima. Desde ya no le iba a negar ese favor. Se lo debían. Al fin y a cabo, él era la cara visible de toda esta mierda.
      Los marcianos, que se encontraban en un período de olimpiadas, le prestaron poca atención al terrícola de los disturbios. Su raza tenía millones de años de existencia. Habían caído en Marte hace pocos años. Eran considerados una especie de beduinos del espacio. Poco le importaban los presidentes del mundo, para ellos esa autoridad no valía un centavo.
      Tenemos problemas de gravedad, confesaron los marcianos. El planeta retiene cada vez menos. Los objetos vuelan y salen disparados de Marte. Necesitamos una dosis de agujero negro. Usted ya sabe donde conseguirlo. 
      Ah, una misión secreta, pensó el presidente del mundo. Me gustan las misiones secretas. Se sentía como un niño al que le encomendaban una tarea de adulto. Emocionado hasta el culo. En realidad el presidente del mundo nunca había dejado de ser un niño, a pesar de su barba y sus canas. 
      Así fue como sin quererlo el presidente del mundo mandó al tacho su carrera diplomática por vender a un precio irrisorio (gratis) el mayor secreto de Estado de la Tierra, a cambio de una minucia económica (nada). Un agujero negro de dos centímetros de diámetro fue enviado con moño y dedicatoria a los marcianos. Esa fue la pequeña contribución del presidente del mundo a la colonización marciana de la Tierra.

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